Estaba harto de aquellos imbéciles, no había minuto en el que dejaran de ridiculizarlo y, por si fuera poco, siempre le cargaban con la parte más desagradable del trabajo.

– Míralo de esta manera – le comentaba John, su encargado, con una falsa sonrisa –. Has sido el último en ingresar a la compañía, todos debimos pasar por lo mismo.

– ¡Jacob, muchacho! – rugía uno de sus compañeros casi sin poder sofocar la risa –. Piensa que ya queda un día menos para que entre otro capullo al «agujero» y ocupe tu privilegiada posición.

A pesar de que el nombre de la empresa era «Malise Inc.» todos los trabajadores la llamaban así: «el agujero», debido a que, gran parte de su jornada de trabajo transcurría bajo tierra. Su principal cometido era el mantenimiento y saneamiento de lugares inaccesibles o peligrosos y, no teniendo ningún competidor en la ciudad, siempre conseguía la adjudicación de la limpieza del alcantarillado por parte de los órganos competentes.

La nómina era abonada religiosamente el primer día de cada mes y el trabajo, aunque bastante desagradable en ocasiones, no era ni de lejos el peor que el chico se había visto obligado a realizar para poder comer y pagar el alquiler. Era por todo eso que, al escuchar las bromas de los otros trabajadores, se mordía el labio consciente de que no podía permitirse una mala contestación que diera lugar a que lo despidieran, y volver así a la incertidumbre de encontrarse sin trabajo.

– Parece que ya han colgado en el tablón los turnos de vacaciones para la Navidad – poco después de que aquella voz anunciara la noticia se formó un pequeño revuelo en la central.

– Sé de uno que no tendrá que ver vuestros gordos y peludos traseros hasta bien entrado enero – reía Monty, al que todos llamaban «el rata», alejándose del gastado tablero de corcho donde se colgaban las notificaciones.

– Sssshhh… Ese es el pobre desgraciado del que os hablaba – compartía otro en voz baja con los que le rodeaban mientras Jacob se cruzaba con ellos de camino al tablón.

No fue hasta que vio su nombre en el cuadrante cuando entendió todas aquellas miradas de soslayo y las risitas malintencionadas. Le había correspondido la guardia del día veinticinco de diciembre.

– No te desanimes chico, al menos no tendrás que soportar esos condenados villancicos durante ese día – John parecía más contento por su desgracia que por haberse librado él de trabajar en una fecha tan señalada.

El contrato de servicios firmado por la empresa la obligaba a que, desde las ocho de la mañana y hasta las diez de la noche de cada día, debía haber personal cualificado disponible en caso de emergencia grave. De esa manera, la administración de la compañía se ocupaba de decidir que pareja de operarios debía quedarse cada domingo o festivo, siguiendo criterios supuestamente igualitarios que no discriminaran a ningún trabajador, y obviando que la duración de aquella jornada superaba con creces la establecida como máxima en el estatuto de trabajadores.

Pero todos sabían que la realidad era muy distinta, y los nuevos siempre cargaban con las guardias en las que nadie quería quedarse al cuidado del subsuelo urbano. El chico había hecho planes para el día de Navidad, se supone que sería el primer año en el que su novia y él almorzarían con los padres de la chica por lo que, al incordio de verse obligado a trabajar aquel día, se le juntaba el de tener que rehusar aquella invitación, sabiendo muy bien que el padre no estaba muy a favor de la relación entre ambos jóvenes y usaría cualquier posible falta suya para intentar hacer cambiar a su hija de parecer.

Su compañero de penurias no sería otro que Owen Smear, un tipo enfermizo y cascarrabias con quién nadie quería compartir ni un segundo de su tiempo. Si bien solo llevaba tres meses trabajando allí, ya estaba enterado de que aquel viejo era un auténtico avaro, carente de escrúpulos cuando se trataba de conseguir algo de dinero extra, siempre que eso no le hiciera tener que esforzarse demasiado.

Automáticamente decidió que no cancelaría el almuerzo navideño, sino que compraría una botella de vino y un par de paquetes de cigarrillos para intentar que Owen accediera a pasar aquella jornada de guardia solo y le guardara el secreto.

En realidad, salvo la molestia que suponía no poder estar en casa en día de descanso, hacer la guardia era el trabajo más cómodo que se podía realizar. Uno se dedicaba simplemente a esperar en la centralita de la empresa, para ir viendo como pasaba el tiempo hasta que llegaba la hora de irse a casa, porque nunca ocurría algo tan grave como para que no se pudiera esperar al siguiente día hábil para arreglarlo. De no ser porque el dueño de la compañía solía llamar unas cuantas veces a lo largo de esas jornadas, a fin de comprobar que hubiera alguien allí, incluso habría pensado en largarse sin más, ahorrándose así la bebida y el tabaco con los que pretendía sobornar a su compañero.

A las ocho en punto de la mañana del día veinticinco bajó del bus urbano con una discreta bolsa en la mano que contenía los presentes para Owen y pasó la tarjeta que le daba acceso a las instalaciones, pero todo su plan se vino abajo cuando, al llegar a la centralita, pudo leer la nota que aquel estúpido viejo le había dejado escrita en papel higiénico bajo el anticuado teléfono.

«Ola amiguito, e benido a primera hora y me e puezto mu malo ¿sabes? Qedate con lo que trage para compartir contijo y nos bemos luego cuando vuelba para fichar la salida»

En el otro extremo de la mesa pudo observar como aquel miserable había dejado un par de latas de la cerveza más mala que uno pudiera encontrar en el mercado y cuatro cigarros sueltos. Resignado supo que, finalmente, debería pasar allí el día y que tendría que inventar alguna excusa creíble para excusarse con Sarah y sus padres.

– Hola peque, ¿estabas despierta? – saludaba a su novia un par de horas después.

– Bueno, supongo que ya sí que lo estoy.

– Veras… ha surgido un problema en el trabajo y…

– ¿Cómo? – casi podía imaginar su cara irritada al otro lado de la línea.

– Pues que no me queda otro remedio que quedarme trabajando hoy, ya sabes que soy el último en…

– A veces pienso que quizá mi padre esté en lo cierto – fueron las últimas palabras que escuchó antes de que ella cortara la llamada bruscamente.

Las horas pasaban lentamente en aquel triste día de Navidad; pidió que le llevaran comida de una hamburguesería cercana y usó el vino para intentar alegrar un poco tan lamentable situación. Recibió un par de llamadas de su jefe en las que tapó la ausencia de su compañero y, a punto de dar las nueve y media, el teléfono volvió a sonar, aunque en esta ocasión no se trataba del «gran hombre».

– Malise Inc., control y mantenimiento de la red de alcantarillado, ¿en qué puedo ayudarle?

– Mire, tenemos los desagües de todo mi edificio taponados – contestaba la voz de un hombre visiblemente nervioso –. Necesitamos urgentemente una solución.

– Entiendo. Y dice que le pasa en todos los desagües de su vivienda ¿no?

– No, le he dicho que pasa en las veintiocho viviendas del condenado edificio.

– Ya veo. Intentaré poner una nota para que mañana los compañeros…

– ¿Mañana? – aquel tipo parecía ahora a punto de estallar –. Se lo voy a explicar más gráficamente: ¡nos está saliendo la mierda por el retrete en pleno día de Navidad! ¿Pretende que se nos inunde esto? ¿Cómo demonios vamos a pasar así la noche?

Jacob no sabía muy bien como actuar, en realidad no le habían preparado para responder a una situación así ya que «nunca pasaba nada grave durante las guardias».

– Dígame su nombre para poder denunciarlo a usted y a su empresa.

– No se preocupe, un operario ya está en camino para intentar solucionarlo todo – acertó a decir el muchacho maldiciendo al destino por no haber retrasado media hora más aquella dichosa incidencia.

Ni siquiera había traído el mono y el calzado de trabajo de casa, pensando que no pasaría allí el resto del día, así que no le quedaría otra que coger las llaves de la furgoneta y acercarse a la dirección indicada con su ropa de calle.

En el mapa de los pasajes pudo comprobar que la conexión a la red del edificio en cuestión se correspondía con la galería CE-71 y, aunque en un primer momento no le dijo nada en especial aquella nomenclatura, mientras conducía por aquellas calles, tan ampliamente iluminadas con adornos navideños, recordó porqué había acabado llamando su atención.

Todos cuchicheaban acerca de una galería que estaba maldita. Nadie quería ni tan siquiera acercarse a esa zona dado que, en diversas ocasiones, habían acontecido accidentes y, los trabajadores, contaban extrañas historias acerca del lugar.

– Mira chico, ¿sabes quién es Dan «el sonrisas» no? – le explicaba un día su encargado –. Ya te digo yo que el tío tenía muchos defectos, pero ser miedoso no era uno de ellos. Pues bien, el día que su compañero lo sacó a rastras de las aguas negras de la CE-71 tras una comprobación rutinaria, y vio esa grotesca expresión dibujada en su cara, y la mueca de terror en sus labios que ya no le abandonaría durante el resto de su vida, dijo que estaba completamente ido, incapaz de hablar o moverse, como si hubiera perdido todo control de sí mismo.

– Pero, ¿qué sucedió allí abajo?

– Quién sabe. El Dan de antes lo habría podido explicar, pero después de aquello ya sabes como quedó de la azotea; el jefe se apiadó de él y lo puso a limpiar los servicios y taquillas en la central, aunque sabe como todos que lo que hace es restregar la roña más que limpiar –. John se detuvo en su relato como si le costara proseguir –. Lo que sí es seguro es que algo muy jodido debió ver allí abajo para que quedara así; además, el otro trabajador juró escuchar un alarido inhumano cuando salían por el portón al corredor general que le heló la sangre al instante, haciendo que se apresurara a cerrar el acceso. Aún así renunció al empleo poco tiempo después.

Hasta ese día no había dado demasiada importancia a aquella historia pensando que, como en tantas otras ocasiones, no se trataba sino de una forma más de cachondearse del novato y echarse unas carcajadas a su costa. Pero ahora, a pocos minutos de llegar a la boca de alcantarilla por la que debería bajar en dirección a ese sitio, la duda empezaba a corroerle seriamente.

No tuvo problema alguno para aparcar ya que, aunque la zona estaba relativamente cerca del centro, se había convertido en un barrio un tanto deprimido, cuyos servicios se encontraban en bastante mal estado, no habiéndose renovado ninguno en bastantes años.

– ¡Haga el favor de arreglar eso hombre! – desde una ventana un tipo gordo y con pésimos modales, que probablemente fuera el mismo que había telefoneado, le increpaba a gritos.

Se puso los guantes y tomó un casco con linterna y las llaves maestras que abrían las bocas de alcantarilla y los portones que conectaban las distintas galerías, también cogió un gancho y un recipiente con algo de sosa cáustica, presumiendo que quizá se tratara de una obturación en la bajante de aguas residuales y esperando que con aquello bastara para desatascar y solucionar así el incidente.

Al descender por la escalera desde la boca de alcantarilla hasta el corredor principal pudo comprobar que, como en la superficie, tampoco allí habían renovado a lo largo de las últimas décadas. Nunca antes, durante sus meses de trabajo en «el agujero», había estado en una galería tan rudimentaria como aquella; la iluminación era prácticamente inexistente y el hedor que se respiraba sofocante, casi repulsivo.

– Feliz Navidad capullo… – se dijo a sí mismo tras encender la linterna del casco y comenzar a avanzar en busca del portón de acceso a la subgalería que buscaba.

Tardó poco en localizar la oxidada hoja en la que se intuía un algo descascarillado CE-71 escrito en rojo. La llave entró a la primera pero no parecía querer girar por más que lo intentaba una y otra vez.

No estaba nada cómodo allí, y recordar el relato de lo ocurrido al «sonrisas» no ayudaba a tranquilizarlo. Cada vez más ansioso, trató de zarandear la puerta mientras forzaba algo más la llave a ver si así conseguía que aquella maldita puerta se abriera y, finalmente, con un sonido ronco la gruesa hoja metálica cedió.

Aquella galería hacía que la anterior pareciera la calle más iluminada de París. Estaba dominada por una total negrura y una pestilencia insoportable; la inmundicia se acumulaba por doquier y el ambiente era tan tétrico y depresivo que hizo que a Jacob se le erizara el vello de todo el cuerpo.

Los múltiples ruidos que le rodeaban lo mantenían alerta a pesar de saber que eran producidos por el agua circulando por las viejas tuberías que allí desembocaban y también por las pequeñas alimañas que habitaban en aquel oscuro hoyo, alimentándose de la infinidad de desechos que, más arriba, las personas producimos.

Decidió no perder ni un segundo más de lo necesario allí abajo: localizaría el punto por el que conectaban los desagües del edificio y aplicaría la sosa para intentar liberar el conducto. Comprobó entonces como, a diferencia de lo que ocurría en galerías más modernas, en aquella las desembocaduras de las tuberías estaban más abajo, de forma que debería meterse en ese pequeño «río» de aguas fecales que discurría por mitad de la misma para poder llevar a cabo su trabajo.

Tuvo que tirar de coraje para hacerlo, ya que tanto su cuerpo como su mente le instaban a abandonar aquel nefasto lugar y volver a la superficie de inmediato; pero no podía perder su empleo, debía al menos intentar arreglar el problema antes de salir de allí.

Lentamente fue metiéndose en la negra corriente de agua hasta que le cubrió hasta las rodillas, ensuciándole las botas y los pantalones, aunque ese era ahora el menor de sus problemas. Mientras avanzaba percibía como aquellos sonidos se hacían más inquietantes y sus piernas comenzaban a temblar a cada paso que daba, sin dejar de mirar a un lado y a otro, iluminando levemente el lóbrego túnel bajo el que se encontraba con la delgada línea de luz que emanaba de su linterna.

Las sombras producidas parecían poseer vida propia, casi como si pudieran observarlo mientras trataba de despejar aquella atorada tubería de casi medio metro de diámetro, usando sus propias manos, ya que de poco le serviría la sosa cáustica después de comprobar la enorme cantidad de escoria que allí dentro se había acumulado. Tras un par de minutos que le parecieron horas, topó con algo tan grande y sólido que le resultó imposible de retirar solo con la ayuda de sus brazos, rellenaba todo el orificio y Jacob no encontraba la forma de poder agarrarlo para tirar de él hacia fuera.

Sin dudarlo cogió el gancho y lo clavó con energía en aquel bulto que sin duda era el verdadero causante de que el edificio no desaguara como debería. Con toda su fuerza tiró entonces de la barra de acero a la que estaba unido el garfio y notó como aquella pesada mole iba cediendo poco a poco, hasta que acabó saliendo por completo del interior de la tubería seguida por la enorme cantidad de agua que había quedado estancada dentro, y que brotó de una manera tan violenta que consiguió derribarlo al impactar contra su pecho.

Cuando pudo reincorporarse casi no tuvo tiempo de alegrarse por un trabajo bien hecho, ya que un ruido agudo y continuo captó al instante su atención, y se hacía más y más audible, muy rápidamente…

– ¡Nooooo! ¡Joder!

Una multitud de ratas salió a toda prisa por la abertura y Jacob no pudo hacer otra cosa que recular un par de pasos y adoptar instintivamente una especie de posición fetal, protegiéndose de las posibles mordeduras de aquellos asquerosos animales de la mejor manera posible.

Sin embargo no hubo ningún mordisco, ni un solo arañazo siquiera, aquellos bichos parecían tan solo interesados en alejarse de allí cuanto antes, al igual que él desde el primer momento en que puso un pie en aquel tenebroso lugar. Era como si escaparan como si… huyeran de algo.

Casi no se había incorporado del todo cuando un potente y molesto zumbido empezó a brotar de la tubería, como si algo tratara de desplazarse por ella, rozándose contra la fría y dura superficie mientras luchaba por llegar a él. Quería correr pero el miedo y la incertidumbre lo mantenían allí clavado, con la mirada fija en aquel negro vacío, mientras aquello parecía avanzar en su dirección… De repente vio el repentino fulgor de dos enormes e intimidantes ojos rojos que le observaban y un monstruoso y gutural alarido lo arrancó de su trance, obligándolo a intentar salir del agua sin más dilación.

Su mano se aferraba al borde de piedra cuando sintió un intenso dolor en su pierna izquierda, pero se obligó a no mirar atrás, saliendo del agua a rastras, reptando de mala manera para poder alcanzar el portón de hierro que le llevaría al pasillo principal.

Lo que intuyó que podía ser una enorme zarpa desgarró su espalda a solo unos metros del acceso por el que había entrado a aquel infernal rincón de la red de alcantarillado solo un rato antes, y entonces supo que no saldría de allí con vida y, a pesar del tremendo pánico que sentía, consiguió apoyarse contra la pared y girarse para poder observar aquello que había ahuyentado a las ratas, que había acabado con la cordura de Dan «el sonrisas», que le había arrancado de cuajo una pierna, y que estaba a punto de devorarlo como quién sabe a cuántos otros a lo largo de los años…

Pero poco pudo ver, ya que aquel demonio infecto, de piel escamosa y largas extremidades, no le dio tiempo ni para que lo mirara cuando clavó velozmente aquellas dos líneas de monstruosos dientes que llenaban su boca en la cara de Jacob, acabando con su miedo y su agonía mientras, unos cuantos metros más arriba, un grupo de vecinos festejaban que los sumideros de sus viviendas por fin volvían a funcionar correctamente…