Como venía sucediendo durante las cuatro últimas noches, todos pudieron escuchar las explosiones ocasionadas por los bombarderos al soltar su devastadora carga sobre la cercana ciudad, donde se refugiaban los escasos efectivos que aún mantenía aquel frente revolucionario.

Resulta curioso a la clase de espantos que puede acostumbrarse una persona, y más que en el ruido provocado por los bombardeos, Devon pensaba en las sangrientas atrocidades que se había visto obligado a contemplar a lo largo de los meses que duraba ya aquella maldita guerra, tenía la impresión de que nunca iba a terminar.

– ¿Por qué no hacen un favor a todos y se rinden de una vez? – no era Nick el único en pensar de ese modo.

– Es su país, su casa… ¿Te entregarías tú? – le replicó el sargento con cierta tristeza en su voz.

– Llegado a este punto, sabiendo como saben que no podrán cambiar nada, no sabría decirle señor.

Por supuesto que no darían su brazo a torcer. Se trataba de un pueblo orgulloso, habían habitado aquellas tierras desde tiempos casi inmemoriales, sintiéndolas tan suyas como su mismo cuerpo, una extensión de su propia existencia e identidad. No cabía duda de que, si se quería acabar con aquel violento conflicto, debían tomar aquella ciudad, enclave estratégico durante toda la guerra y, ahora, único reducto de la maltrecha milicia local.

– ¿Habéis vuelto a ver esas cosas?

Devon no quiso responder a la pregunta de su compañero de trinchera, como si no hablar de ello fuera una buena manera de olvidar lo que todos habían contemplado, un buen modo de hacerlo desaparecer.

Nadie sabía lo que eran exactamente, pero no parecían de este mundo. Se sentían atraídas por el calor del enfrentamiento, por ese odio irracional hacia el enemigo; aunque lo que en realidad venían a buscar eran los numerosos cuerpos sin vida que yacían sobre el campo de batalla.

Empezó como una leyenda, la típica historia que circula entre las tropas y ayuda a que éstas no bajen la guardia, especialmente durante las horas nocturnas; pero con el paso de los días, cada vez más gente aseguraba haber contemplado aquellas sombras deslizándose en dirección a los cadáveres, salidas quién sabe de dónde.

Él mismo no daba crédito a las habladurías, llevaba ya algunos años en el ejército y, por desgracia, aquella no era su primera guerra. Conocía en profundidad los efectos que un conflicto bélico podía tener en la mente de quienes eran mentalmente más vulnerables, aquellos que no estaban del todo preparados para vivir aquellos terrores en primera persona. Sin ir más lejos, medio año atrás, habían licenciado a uno de sus mejores amigos por neurosis tras reiteradas crisis de pánico al volver del frente.

– Existen tío, por mi madre que existen. Yo no estoy loco.

– ¿Ah no? Pues a mí me parece la típica frase que soltaría un tarado – respondía seriamente Devon mientras miraba a un atemorizado novato.

Pero cuando aquella noche pudo observar como la avanzadilla de tres hombres, lanzada con la intención de chequear la línea de defensa enemiga, fallaba en su misión al toparse con una trampa explosiva que acabó con ellos en el acto, y justo después, sus mutilados cuerpos eran rodeados por aquella especie de sombras, siniestras, silenciosas, que no parecían siquiera formar parte de la realidad, su incredulidad desapareció al instante.

No sería esa la última vez que sintiera su cuerpo estremecerse al observar como las incorpóreas presencias se llevaban a otro compañero caído, o bien a algún enemigo, ya que aquellas cosas, al contrario que ellos, no parecían discriminar por bando, raza o ideología: los consideraban a todos presas. Actuaban de manera rápida, apareciendo de la nada y causando el pavor entre los presentes, que veían como arrastraban a aquellos que, poco antes, también habían estado inmersos en la lucha, a sus iguales, a sus hermanos.

– Por todos los…

– Parece un desertor – se oyó desde la trinchera mientras muchas cabezas se asomaban para comprobar que sucedía.

Al parecer esas apariciones aterrorizaban al otro lado de la línea de fuego tanto o más que en sus propias filas. Un hombre atravesaba el campo de batalla con los brazos en alto y repitiendo sin parar unas palabras que Devon no acertaba a interpretar, y si tenía el coraje, por no decir la inconsciencia, de cruzar de aquella manera, es que debía sentirse realmente asustado.

Un innecesario disparo, quién sabe si proveniente de enemigos o de aliados, impactó en su estómago, hiriéndolo de gravedad y casi evitando que, de algún modo, pudiera explicar que le había hecho tomar tan desesperada decisión.

– ¡Ghūl shaytaan! ¡Ghūl shaytaan! – acertó dificultosamente a decir mientras su boca se llenaba de sangre segundos antes de que lo trasladaran hasta el hospital de campaña para intentar salvar su vida –. ¡Llevan… oscuridad a nos… y a vos! ¡Comen… los muertos!

Casi nadie prestó atención a sus palabras, sin embargo no era la primera vez que él escuchaba hablar de ese tipo de espíritu o demonio necrófago, de oscuras intenciones y muy arraigado en antiguas creencias pertenecientes al mundo árabe.

Años atrás, durante su primera misión, habían sido destinados como ayuda internacional tras un conflicto territorial que había destrozado gran parte de las edificaciones de una zona no demasiado lejana a la que ahora ocupaban. Su llegada había sido la única buena noticia para aquella gente, que en unas semanas había perdido casi todo, pero que aún así tenía el coraje de seguir adelante, de continuar sonriendo a la adversidad.

Aprendió a comprender mucho mejor la verdadera naturaleza del ser humano a lo largo de aquellas semanas, como las guerras no acaban al cesar los disparos, sino que, desgraciadamente, sus efectos se prolongan mucho más a lo largo del tiempo. Sin embargo también tuvo la oportunidad de descubrir cosas de muy distinta naturaleza, hasta entonces desconocidas para él.

Al atardecer, Khalil se acercaba a los barracones provisionales donde descansaban los soldados y mandos, para ofrecerles té y dulces en agradecimiento por su trabajo. Aunque la mayoría prefería acabar el día con unas cervezas y algo de rock, nunca faltaba tampoco quien quisiera calentarse cerca del fuego mientras bebía una deliciosa infusión y escuchaba las múltiples historias que el anciano solía relatar.

– Siempre nos cuentas bonitas historias pero, a estas horas, se echa de menos algo más aterrador – sugería uno de los chicos sentados alrededor de la fogata.

– ¿Terror? Uuuhhh… Terror nuestro está dentro de la cultura, no solo cuentos que gusta escuchar, sino verdades que creemos nosotros todos…

Mientras hablaba, todos guardaban un respetuoso silencio, no perdiendo detalle del extraño relato que su amigo les tenía preparado.

– Cuando solo un niño era, padre mío contó esto mismo que ahora comparto aquí. Él decía mí que, donde manos no llegan, donde ojos no ven, otro mundo existe, con almas como en el nuestro, pero diferente forma, otras intenciones, y sin mucha luz. No todo es malo en mundo oscuro, pero tampoco todo es bueno; existen criaturas extrañas que luz quieren, luz nuestra, de nuestro mundo, y a veces, si poderosas son, pueden «cruzar» hasta aquí, con nos, e intentan llevar parte de luminoso mundo.

El crepitar de las llamas y el ligero sonido del viento soplando a través de las áridas llanuras que los rodeaban no hacían sino potenciar la atmósfera que Khalil había logrado instaurar con su historia.

– Y de entre negativas criaturas de ese mundo, unas hay muy peores, dañinas, oler pueden maldad, en formas diferentes, y siguen rastro que les trae a mundo nuestro como sombras, sin cuerpo. Gustan de la muerte, por eso quieren cadáveres, que llevan a lugar ninguno sabe, y difícil que sacien su hambre.

– Y… ¿qué nombre tienen esas sombras?

– Ghūl – la respuesta del anciano fue débil, como si estuviera realmente asustado –. Ghūl shaytaan…

Tan impresionado había quedado con la historia que, a pesar de no recordarla por completo, sí que permanecían grabados en su memoria los detalles más importantes de la misma, detalles que ahora se habían vuelto tremendamente reales.

Pero las hostilidades parecían hacer cesado… al menos por el momento. Llevaban ya varios días con poco movimiento en las afueras de la ciudad, sin lanzamiento de proyectiles y con solo el ocasional sonido de algún que otro disparo. Sus mandos también habían decidido interrumpir los bombardeos sobre la ciudad, esperando algún gesto de rendición por parte de los rebeldes, que evitara un mayor derramamiento de sangre y diera por zanjada aquella guerra de una vez por todas.

Ese gesto no llegó, ni tampoco una respuesta posterior a los intentos de conexión por radio en los que se les instaba a deponer las armas y entregarse, asegurándoles que recibirían un trato justo al hacerlo. De este modo, se decidió que las tropas tomarían la ciudad aquella misma noche, valiéndose de la oscuridad y de su muy superior número para someter a las escasas fuerzas enemigas que aún quedaran dentro.

Tomaron posiciones silenciosamente, cubriendo la totalidad de entradas y, una vez dispuestos, se dio la orden de empezar el asalto simultáneamente por todos los frentes, intentando cogerlos por sorpresa y evitando una respuesta coordinada que pudiera causarles más bajas.

– Estamos dentro. Repito, estamos dentro – informaba el sargento de mi unidad al mando.

– ¿Situación?

– Esto está vacío, no hay ni un alma por aquí…

– Mantengan posición y esperen órdenes.

Al parecer no eran los únicos sorprendidos, ya que el resto de unidades que habían accedido a la ciudad tampoco lograban divisar dentro revolucionarios ni civiles. ¿Dónde había podido ir aquella gente? Quizá hubieran logrado escapar de algún modo sin ser vistos, pero no se le ocurría cómo.

Mientras aguardaban nuevas instrucciones, Devon seguía dándole vueltas a aquel misterio, y ya había descartado por completo la estúpida teoría de una evasión masiva cuando empezó a verlas, por todos lados, y cada vez en mayor número, consiguiendo que fueran ahora ellos los que se encontraban en clara inferioridad.

Aquellas malditas cosas intentaban rodearlos, acercándose poco a poco, mientras trazaban círculos concéntricos a su alrededor, cada vez más pequeños, provocando que el pánico estallara entre las tropas al comprobar que, al parecer, ya no eran cuerpos sin vida lo que buscaban las sombras.

Paralizado por el miedo, y atrapado entre varias de aquellas presencias, que se encontraban ya a un escaso metro de él, Devon logró recordar otra de las frases que Khalil pronunció durante aquel lejano atardecer.

– Y es lo peor que, si oscuros espíritus pasan mucho tiempo en mundo nuestro, saciando necesidades suyas, ya no querrán regresar y, cuando muertos no haya… entonces a por los vivos irán.

De todos los rincones de la ciudad llegaban los gritos de los soldados, mientras eran arrastrados a quién sabe que tenebroso lugar por aquellos entes, hambrientos de su odio, de su maldad, alimentándose de sus guerras. Y no parecía que nada fuera capaz de apaciguarlos ya…