Solo ese continuo zumbido de las cámaras frigoríficas y el sonido producido por las suelas de sus botas negras al caminar sobre las baldosas interrumpían el habitual silencio. Otros compañeros solían poner algo de música o la radio, aseguraban que les servía de compañía, haciéndoles más cómodo el tiempo que tenían que permanecer allí solos mientras acababan su jornada, pero la verdad es que ella no había sentido ninguna necesidad de hacerlo, prefería esa sensación de soledad, que le ayudaba a sentirse tranquila y relajada.

– Por lo que veo en el historial este es tu primer destino…

– Así es – contestó Ivy –. Accedí a través de las últimas pruebas convocadas y…

– ¿Te consideras una persona impresionable, nerviosa o asustadiza? – aquel tipo no mostró el más mínimo pudor en cortarla.

– Obviamente, no hubiera escogido esta ocupación si lo fuera.

A pesar de la desagradable mirada con la que el hombre respondió a la chica, empezó a trabajar en la pequeña morgue una semana después de aquella entrevista.

No es que hubiera tenido siempre claro a qué dedicarse, pero sí que estaba segura, ya desde sus años de instituto, que prefería un trabajo que pudiera realizar por su cuenta o, al menos, en el que tuviera la menor compañía posible. Y es que, con el paso del tiempo, se había ido encerrando más en sí misma, sin casi contacto con nadie, fruto de una coraza que había creado a su alrededor ya a lo largo de una adolescencia especialmente difícil, siendo la «chica rara gordita que vestía de negro» y a la que tan fácil era ridiculizar.

Cuando se topó con aquella convocatoria de plazas como auxiliar forense lo tuvo bastante claro, comenzando a prepararse a conciencia para conseguir uno de los puestos en juego.

– Bueno, algo es seguro, – le decía su abuela tras telefonearla para pedirle opinión – los muertos te van a decepcionar menos que los vivos niña.

Y no se equivocaba, ya que su adaptación al nuevo trabajo fue increíblemente rápida y natural. En realidad sus cometidos eran bastante simples: debía asistir en lo que necesitara al forense de turno durante sus intervenciones y, posteriormente, dedicarse a limpiar y dejar la sala lista para la siguiente autopsia.

Trabajaba en turnos de ocho horas, cuatro días por semana, y alternando entre mañana, tarde y noche. Además, los auxiliares tenían la posibilidad de intercambiar libremente los turnos que le habían correspondido y, por suerte para Ivy, nunca faltaba quien quisiera canjear las horas de madrugada por otras menos intempestivas. A ella poco le importaba cubrir esos turnos, ya que tampoco es que le resultaran muy diferentes unos de otros; en realidad, una vez allí metida, daba bastante igual que fuera brillase un sol de justicia o descargara una potente tormenta de madrugada, y todo ello sin contar que se llevaba un dinero extra por la nocturnidad de esas horas que, además, solían ser de poco o ningún trabajo.

– Te debo una tía, de verdad – le agradecía una chica de tez pecosa y simpática con la que ya había intercambiado turnos anteriormente.

– No me debes una mierda, lo hago porque también a mi me interesa – prefería ser seca y directa en las contadas ocasiones en las que interactuaba con compañeros de trabajo, no estaba interesada en traspasar con nadie la línea de lo estrictamente laboral.

Ya no era una cría como para que le afectara como tiempo atrás, pero era consciente de que, esa supuesta amabilidad que todos le mostraban a la cara, se transformaba en miradas de recelo, cuando no en afilados comentarios pronunciados en voz baja. Lástima que tuviera tan buen oído.

Tras pasar su credencial por el lector que abría la puerta de acceso y entrar a la morgue, pudo comprobar que, aquella noche, no sería tan tranquila como de costumbre. Sobre una de las dos mesas de autopsia observó como habían depositado un cuerpo, tapado por completo con un sábana, y encima de ésta una nota que rezaba: «DEJAR AQUÍ, DOCTOR JONES 04:00».

Le caía bien aquel tío, las tres o cuatro veces que habían coincidido pudo comprobar que se trataba de un buen profesional y, sobre todo, silencioso, de esas personas que prefieren mantener la boca cerrada a decir cualquier tontería en un vano intento de hacerse el simpático. Aún así le fastidió saber que no podría pasar todo el turno comiendo frutos secos y leyendo como de costumbre, pero acababan de dar las doce de la noche, aún quedaba un buen rato hasta que el forense se presentara allí para abrir el cuerpo.

– Por ahora nadie nos molestará amiguito – ironizó mirando en dirección al cadáver, y percatándose entonces de aquellas dos pequeñas protuberancias bajo la sábana, justo a la altura del pecho –. Perdón… amiguita.

Se acomodó sobre el pequeño sillón, habilitado en una esquina de la habitación, en el cual los auxiliares podían pasar, de una manera más confortable, las tediosas horas de espera. Según comentaban los más veteranos, hace unos años se trataba tan solo de una incómoda silla y una pequeña y destartalada mesa, similar a las que solían utilizarse en las aulas más antiguas de la universidad, pero la presión del sindicato provocó que se decidiera renovar aquel espacio.

Le pareció que hacía algo más de frío, o quien sabe si es que se estaba resfriando; aquel invierno los virus parecían estar atacando como si no hubiese un mañana. Sacó de su bolso el libro y una pequeña bolsa de cacahuetes, y se dejó arrastrar nuevamente por la enigmática poesía de aquel exiliado genio ucraniano con la que tan identificada se sentía.

No sabría decir muy bien porqué, pero el caso es que no podía dejar de mirar por el rabillo del ojo en dirección al otro extremo de la sala, donde descansaba el cuerpo sobre la mesa de autopsias. Aquella maldita curiosidad insana suya…

Tampoco es que le resultara del todo extraña la sensación, la había sentido en otras ocasiones, esa especie de deseo irrefrenable por destapar el cadáver, contemplar su palidez, sus facciones, la mágica quietud de lo que, poco antes, aún albergaba la vida, eso sí: siempre y cuando se tratara de mujeres. Sabía que notar aquello no era del todo normal, pero tampoco es que le preocupara demasiado, además no creía que provocara daño alguno al saciar su tan oscuro morbo, ese que escondía en lo más recóndito de sus íntimas pasiones.

Decididamente dejó el poemario sobre el sillón, y comenzó a caminar lentamente en dirección a la mesa. Un agradable escalofrío le recorría el cuello, y aquella extraña sensación en la boca del estómago provocó que escapara una risita nerviosa de su boca.

– Es increíble… – comentó para sus adentros tras tirar un poco de la tela y dejar al descubierto el rostro de una joven, con los ojos cerrados, que no aparentaba más de treinta años –. Ni siquiera la muerte ha sido capaz de privarte de tu belleza.

Su delicado rostro parecía dibujado, casi irreal, asombrosamente simétrico y, a juicio de Ivy, con una dulzura que era especialmente evidente en sus labios, en aquella sonrisa inmutable que despertó en la chica el anhelo de seguir descubriendo los misterios del cuerpo tendido frente a ella.

Su mano, algo temblorosa por el nerviosismo que aquella situación le despertaba, agarró de nuevo la sábana y la desplazó más hacia abajo, mostrando casi al completo el cuerpo desnudo de la mujer. Notaba como los latidos de su corazón eran cada vez más intensos y rápidos, su respiración se volvía algo pesada, y el vello de su cuerpo se erizaba irremediablemente al contemplar la preciosa figura ante sus ojos.

La proporcionalidad de cada parte de su anatomía parecía casi perfecta, sus brazos, el torso, un estilizado cuello, sin ninguna marca natural o artificial que emborronara tan majestuosa visión. Al observarla más atentamente, Ivy comprobó que resultaba levemente voluptuosa, pero aquello, lejos de parecerle algo negativo, confirmó la atracción, casi libidinosa, que la difunta le provocaba.

Unos sensuales pechos, firmes y redondeados, una cintura estrecha y de agradable perfil, unas piernas que parecían casi infinitas, con tersos muslos que terminaban en su más preciada intimidad, tan pulcramente cuidada…

Por momentos, la chica experimentaba como una creciente excitación se iba abriendo camino a través de su cuerpo, de su mente, dejando todo lo demás de lado, como si no existiera o, como si existiendo, resultara banal en comparación a tan ardiente sentimiento.

Posó su mano sobre aquel frío y suave abdomen, dejándola justo al lado del pequeño y coqueto ombligo, e intentó acompasar un poco su respiración, tranquilizarse e intentar convencerse a sí misma de que, por extraño que pudiera parecer, no estaba haciendo nada malo. Pero más allá de que lo fuera o no, lo que tenía totalmente claro era que no iba a detenerse, en realidad es que ya no hubiera podido hacerlo, una fuerte inercia parecía obligarla a terminar aquello que acababa de iniciar.

Pausada y delicadamente fue deslizando sus dedos hacia abajo, empapándose de la esencia de aquella piel, intensificando su placer interno cuando… sintió como una mano la agarraba fuertemente por el brazo.

– ¡Joder! – su líbido se apagó automáticamente mientras se giraba de forma casi refleja.

La difunta continuaba tumbada, inmóvil sobre la mesa de autopsias como no podía ser de otra manera, pero su brazo se hallaba incorporado y la mano asía con firmeza el antebrazo de Ivy. Siempre se había comportado como una persona cabal, burlándose de aquellos compañeros que aún se seguían asustando al observar los comunes movimientos post mortem de algunos de los cuerpos durante sus solitarios turnos, pero bien era cierto que nunca había visto nada ni parecido a lo de aquella mujer.

Sacudiendo la cabeza sarcásticamente intentó liberarse de aquellos dedos inertes, aunque sin lograrlo, cuando de repente, el cadáver de la joven se incorporó, como si dispusiera de un resorte, quedando sentada sobre la metálica superficie, y dejando a Ivy sin respiración, al borde del desmayo.

Con la mirada fija en su cara, que ahora se le antojaba mucho más tétrica que bella, comprobó como se abrían los párpados dejando ver un par de ojos lechosos, vacíos de sentimiento o sensación alguna, escalofriantes, que observaban impertérritos a la aterrorizada chica.

Ni siquiera cuando con la otra mano apresó su cuello para acercarla más a ella, fue capaz de comprender exactamente lo que allí estaba sucediendo, tan solo se abandonó a aquel negro, profundo y desgarrador miedo que le provocaba tan dantesca situación, y al dolor que le causaba su «difunta amiga» al sujetarla cada vez más y más fuertemente.

Lo último que captaron sus ojos fue esa boca abriéndose, impregnando el aire con un hedor nauseabundo, vomitivo, y unos dientes negros y podridos que se acercaban a ella con la intención de desgarrar su piel, de devorar su vida…

– ¿Has oído lo que están diciendo por la tele? – a pesar de que escuchaba el sonido de la misma no le estaba prestando demasiada atención –. Ya te dije que con tantas mierdas a las que nos exponen algún día sucedería algo realmente chungo…

No hizo demasiado caso a lo que dijo a continuación su compañero de piso, intentando enterarse de la noticia que parecía copar todos los canales.

– Por el momento se desconocen las causas, aunque las autoridades sanitarias no ven motivos para la alarma y recomiendan que se guarde la calma hasta lograr más información referente al repentino brote – informaba una voz mientras en la pantalla aparecían imágenes del hospital estatal –. Repetimos: ya son al menos cuatro las personas afectadas por lo que, al parecer, se trata de una virulenta infección de rabia en la zona de…