– Otra cosa no, pero polvo tiene un rato la dichosa casa… – la idea de vivir en aquel lugar no entusiasmaba al joven.

– ¿Sabes algo que no tiene? – preguntó la chica mirándolo seriamente –. Alquiler.

– La semana que viene empiezo en la nueva empresa. Además, nuestros ahorros nos dan varios meses de margen pudiendo vivir en algún edificio del centro que…

Automáticamente las palabras se fueron volviendo un leve murmullo ininteligible para ella, no había nada que pudiera hacerla cambiar de decisión, ya no tanto por el aspecto económico, sino más bien por el sentimental, es como si le debiera algo a aquel sitio, o quizá a su antigua dueña.

– …pero sabes que, aún así, me sacrificaré por ti ya que, a pesar de todo, lo realmente importante para mí es que estemos juntos, sea donde sea.

– ¿Ves? – le decía mientras sonreía amorosamente y rodeaba su cuello en un dulce abrazo –. Cuando te lo propones puedes llegar a ser tan encantador.

Tras la muerte de su tía, sin descendencia alguna, la propiedad de la vivienda le había correspondido a Cher quien, en contra de las recomendaciones de sus padres, había decidido no venderla, trasladando su domicilio a aquel tranquilo barrio, alejado del tan molesto ajetreo del centro de la ciudad.

Sus recuerdos sobre la extraña mujer que le había cedido la casa eran prácticamente nulos, y es que tan solo recordaba haberla visto en una ocasión, cuando aún era niña. Acudieron a visitarla para que pudiera conocer a su pequeña sobrina, tan parecida a ella según su madre, que bien podría ser su propia hija, y aunque el encuentro no empezó del todo mal, aquella nerviosa mujer empezó a alterarse más y más, hasta el punto de llegar a coger fuertemente el tierno brazo de Cher.

– Piensas que el mundo es bonito, pero hay cosas tan feas que te harían llorar sin parar – graznó mientras dejaba marcados sus dedos en la suave piel de la cría –. ¡Cuando crezcas tú también lo verás! ¡Tú también sufrirás!

Por mucho que insistió a sus progenitores, estos no accedieron a que volviera a ver a su tía nunca más, alegando que, con el paso de los años, su «enfermedad» se había agravado, volviéndola más paranoica si cabe. Sea como fuere, la imagen de la mujer, desquiciada por sus propios pensamientos, permanecía en su mente incluso ahora, muchos años después, mientras se afanaba por desembalar todas las cajas que le iban subiendo los operarios de la empresa de mudanzas, mientras trataba de hacer de aquella casa un lugar habitable de nuevo.

Se trataba de una construcción que, a pesar de su relativa antigüedad, conservaba la firmeza y solidez de una estructura realizada con materiales de calidad, dotada de unos cimientos que habían observado inmutable y silenciosamente el paso de los años en aquel lugar, el transcurrir de tantas vidas. También permanecía en su interior el mobiliario íntegro de la vivienda, cubierto por sábanas que protegieran la madera de la carcoma y la abundante suciedad.

– Mira – le llamó Merton la atención –. Encontré esto al comprobar los cajones de la vieja cómoda, oculto en un falso fondo de uno de ellos.

– Déjame ver.

– Tiene pinta de ser una especie de diario.

Parecía estar fabricado en piel, con preciosos arabescos dorados a lo largo de toda la superficie. Lo abrió con sumo cuidado, pudiendo comprobar que, efectivamente, se trataba del lugar donde su tía había recogido pensamientos, miedos, deseos y reflexiones a lo largo de su tortuosa vida. Casi sintió como un agradable olor a gardenia la embargaba, una fragancia que le resultaba misteriosamente familiar, casi parecía transportarla a otro tiempo, a otra vida.

– Ya tendré tiempo de ponerme al día con tía Diane – sentenció cerrando bruscamente el diario y pensando que era algo que prefería hacer estando sola –. Ahora es tiempo de intentar poner algo de orden en este caos.

Resultó un trabajo mucho más duro de lo que en un principio imaginaban. Innumerables estancias, y todas ellas bastante grandes que les hicieron decidir ir habitación por habitación, dándole prioridad a aquellas más necesarias en el día a día. Aún así, y durante los tres primeros dias, solamente lograron tener listos uno de los baños, la cocina y la habitación de matrimonio, siguiendo todas las demás cubiertas por el polvo y con el mobiliario tapado.

– No te mates con esto – se disculpó el hombre –. Es muchísimo trabajo, y tampoco tenemos prisa. Piensa de nuevo en…

– De verdad que prefiero hacerlo yo Mert. Tú lo has dicho, esta suciedad estará esperando pacientemente que vuelvas de tus congresos laborales.

– Te encanta joderme ¿verdad? – bromeó él.

A pesar de que sus padres se ofrecieron para ayudarla durante la ausencia de su novio, Cher decidió continuar ella sola, ya que sabía que, aunque sin mala intención, tratarían otra vez de convencerla para vender la casa, y tenía firmemente decidido instalarse allí, era como si notara que algo la unía a aquel lugar de manera un tanto extraña.

Se afanó en ir limpiando las pequeñas habitaciones de la primera planta a conciencia, la mayoría de ellas cerradas durante quién sabe cuántos años al no haber sido casi utilizadas, lo que provocaba que estuvieran aún más sucias si cabe. Tenía la sensación de que casi no avanzaba en su tarea, además los espejos que habían encargado para rellenar los vacíos huecos del baño y del dormitorio seguían sin llegar, y ya estaba cansada de tener que peinarse mientras se miraba en la cámara del móvil. Por si fuera poco, las llaves de la puerta que daba al sótano continuaban desaparecidas, pero prefería no tener que dañar la bonita puerta, así que decidió tener paciencia por si finamente daba con ellas en algún olvidado rincón del edificio.

Su única compañía durante aquellas noches, ya en la cama, era la de aquel extraño diario, en el que iba descubriendo poco a poco el oscuro cambio que parecía haber experimentado tía Diane durante sus años en aquella casa.

«4 de junio. Esta casa es tan especial… Es una pena que Mike tenga que estar fuera, pero estoy segura de que, cuando pueda estar unos días aquí conmigo, también se percatará de ello.»

«10 de julio. Me entristece muchísimo no poder tener a mi marido conmigo, pero el trabajo es lo primero, y las nuevas responsabilidades que provocan que esté más tiempo de viaje significan también que confían plenamente en su labor y que, al parecer, se podrían estar planteando gratificarle con un ascenso. De algún modo que no puedo explicar, aquí me siento acompañada aún estando sola…»

Finalmente llegaron los espejos del baño y del dormitorio, las habitaciones de la primera planta estaban casi listas, y la mayoría de los muebles de éstas se encontraban en buen estado; incluso probó a abrir la enorme cerradura de la puerta que daba al sótano valiéndose de un tenedor y un pequeño alambre, tal como había visto hacer a un tipo en un vídeo de internet, aunque con mucho peor resultado, ya que no logró abrirla tras casi media hora intentándolo.

Le fastidiaba en parte tener que estar ocupándose ella sola de todo al haber prorrogado dos semanas más la estancia de Merton debido a la enfermedad de otro de los ponentes. Sabia que no era culpa suya, pero le apetecía que compartieran el descubrimiento del nuevo hogar, que se empaparan juntos de aquella interesante atmósfera que ella notaba allí. Al menos tenía la «compañía» de su tia…

«28 de julio. Hoy vino una amiga a visitarme… pero no le abrí la puerta. No me apetecía, en realidad no tengo ganas de que venga nadie, tan solo Mike. Prefiero disfrutar de este increíble lugar en soledad, a veces incluso me sorprendo hablando sola en las distintas estancias, pero noto que se me escucha, se me entiende… Suena muy extraño, pero la verdad es que no me importa, porque es sumamente agradable, casi mágico.»

«7 de septiembre. No quise creerlo, pero finalmente fue cierto, tal como la casa me había dicho. He encontrado una nota en el suelo, alguien la había deslizado por debajo de la puerta de entrada; en ella Mike decía que su corazón pertenecía ahora a otra mujer y que, para compensar su falta, renunciaba por completo a la vivienda, cediéndomela a mí. ¡Noto que muero de pena! Posiblemente se lo haya comunicado también a mi familia, que ha intentado hablar conmigo, pero les he gritado que se marcharan, ni siquiera les he dejado pasar. Tan solo quiero estar sola con mi dolor, con mi casa, con las presencias…»

Fue incapaz de contener las lágrimas al terminar de leer aquello, la mente de aquella desgraciada mujer se había visto severamente dañada por tan crueles acontecimientos, haciendo que malinterpretara aquella bonita conexión con el edificio que ella misma también sentía ahora.

Tuvo entonces la extraña sensación, mientras estaba echada sobre la cama, de que algo se movía en una esquina de la estancia, justo donde se encontraba el espejo. Se puso en guardia de manera instintiva, dirigiendo su mirada en todas direcciones, tratando de encontrar que era lo que había conseguido turbarla.

– ¡Hey! – medio gritó intentando mostrar entereza ante una posible amenaza… pero no había nada ni nadie allí.

Sobre su cabeza revoloteaba lo leído en el diario, ni siquiera mientras proseguía con su interminable tarea, ahora en las dos pequeñas habitaciones del ático, conseguía despegarse la historia de encima. Incluso le hizo reflexionar, o quizá incluso temer, sobre ella misma, sobre su vida, sobre si, en el fondo, no era más que una ilusa.

«22 de septiembre. La vida me sonrió al traerme aquí, este lugar es un remanso de paz en medio de la maldad de este mundo. Nunca más pienso salir afuera, me quedaré con ellos que me cuidan, no me mienten, ni me dejan sola; son mi verdadera familia y, aunque aún sigo temiendo sus reflejos, su frío y su odio, los prefiero a la crueldad e insensibilidad humanas.»

El abrupto modo en que su tía había escrito aquella última confesión en el diario, que tras esa fecha solo presentaba el hueco dejado por un par de páginas arrancadas, la intranquilizó aún más de lo que ya había estado durante los últimos días.

Y es que siempre que salía a la calle, sentía un leve pero molesto dolor de cabeza; se trataba de una casualidad sin mayor importancia, pero que había provocado que decidiera pedir la compra usando el servicio telefónico de su supermercado habitual. Además, algo le estaba sucediendo a su teléfono, resultando casi imposible mantener una conversación sin que se cortara repentinamente la comunicación o sin que las voces se distorsionaran de manera ostensible.

Pero lo peor de todo eran aquellas sensaciones que se habían ido adueñando de Cher poco a poco. En primer lugar, esa conexión que sentía con el lugar, que hacía que no tuviera la impresión de estar sola, había mutado en cierto modo, sintiéndose ahora observada, acechada, y siendo esto mucho más notable en el baño y en su propia habitación. También por otra parte, la duda no paraba de corroerla acerca de su relación con Mert, haciendo que se preguntara si también le parecería a su tía en el aspecto amoroso, torturándose al pensar si su novio la estaría engañando de algún modo.

Tan fuerte había calado esa obsesión en la chica que decidió incluso llamar al joven y terminar con él, sin que éste diera crédito a lo que, la dulce persona con la que llevaba más de diez años, le estaba gritando ahora por teléfono.

– ¡Eres la cosa más horrible que jamás haya conocido!

– Cher, no entiendo nada de esto. ¿Qué es lo que te ha sucedido? ¿A qué se debe esta reacción?

– Siempre ha estado ahí, y yo sin saberlo, hasta que ellos me lo han dicho. ¿Cómo pude estar tan ciega?

– ¿Decir qué? ¿Quiénes son ellos?

– No te molestes en volver, no quiero verte. Ni a ti ni a nadie – terminó la chica bruscamente la conversación.

Se negaba a salir para nada, permaneciendo en el interior de aquellas vacías habitaciones, aunque había mas allí de lo que nadie pudiera sentir, ella lo sabía, y se sentía tremendamente afortunada por ello. Notaba caricias en su rostro, susurros que reafirmaban su decisión de desconectarse del mundo, de las personas, incluso extraños olores… pero nunca los veía, al menos no directamente.

Y pensar que todos habían tomado por loca a tía Diane, ahora ella la comprendía, había entendido que los locos eran el resto, tan simples que no eran dignos de poder vivir aquello. Fue en el dormitorio donde pudo verla de nuevo, al despertar en mitad de la noche, de alguna forma habló con una de las presencias, aquella que oía más habitualmente, y que le resultaba extrañamente familiar. De forma instintiva observó el enorme espejo de pie, en el que se reflejaba parte de la enorme estancia, entre ella la cama de matrimonio, sobre la que se encontraba tumbada, y justo al lado de la mesita de noche, mirándola seriamente, la efigie de una mujer mayor, vestida por entero de negro, y con un rostro antinaturalmente pálido, el rostro de su difunta tía.

Era a través de los espejos la única vía que tenía para verlos, aunque siempre estaban allí. Recordó lo que leyó en el diario, y pensó que el paso del tiempo acabaría con el profundo terror que le inspiraban, al notarlos, al verlos, convencida de que su sitio estaba allí con ellos, el único lugar donde estaría realmente segura. Pero los días pasaban y aquella terrorífica sensación no desaparecía; notaba a esas presencias hostiles, violentas y oscuras, cada vez más, y, por curioso que le resultara, especialmente lo sentía en aquello que tiempo antes había sido parte de su familia.

Al decidir un día darse un baño por la noche, estando sumergida en el agua caliente que llenaba la bañera y mientras trataba de relajarse física y mentalmente, la profunda sensación de que no estaba sola la agobió de tal modo que hizo que abriera los ojos y, al mirar el cristal del espejo encima del lavabo, observó el desagradable y blanquecino rostro de un hombre, con sombrero y un negro bigote, y su mirada llena de odio, odio hacia ella, odio hacia la vida que poseía.

Terriblemente asustada, terminó por salir de la bañera apresuradamente y arrojar uno de sus frascos de perfume que acabó impactando en el espejo, rajándolo en múltiples pedazos y, en el interior de cada uno de ellos, un abominable rostro que la atravesaba con ojos vacíos de emociones. Con sus propias manos, y llevada por la desesperación y el miedo que aquella situación le provocaba, golpeó incesantemente el cristal hasta que éste acabó destrozado en el suelo, sin darle importancia alguna a los dolorosos cortes que logró al hacerlo.

Pensó entonces que se volvería loca, al escuchar las voces, ahora tan potentes en el interior de su cabeza, enojadas por lo que había hecho, amenazándola y asustándola con maliciosas palabras, asegurándole que no la dejarían nunca en paz. Pero sabía perfectamente que es lo que temían, de modo que se puso el albornoz y se dirigió directamente al dormitorio y, una vez allí, desenchufó una de las pequeñas lamparas que flanqueaban la cama y, valiéndose de ella, echó abajo el espejo, golpe tras golpe, sin descanso, mientras escuchaba los tétricos lamentos de aquellas almas con las que había compartido techo y penurias durante aquellas largas semanas.

Ni siquiera pensó en vestirse, sabía que era el momento de salir de aquella maldita casa, quizá no tuviera otra oportunidad de hacerlo, de algún modo aquellas presencias conseguían mantenerla fijada al edificio, con engaños y miedos, y ahora las notaba débiles, era su oportunidad.

Bajó la escalera a tal velocidad que, llegando al final, tropezó rodando por los últimos escalones. Ni siquiera eso la detuvo, llegando a la puerta de entrada magullada y con infinidad de arañazos a lo largo de sus brazos, pero con una sonrisa, sabedora de que aquella pesadilla en la que había estado secuestrada tocaba a su fin.

– ¡No habéis podido conmigo hijos de puta! ¿Me oís? – proclamaba con ira mientras abría la puerta –. No me haréis lo mismo que hicisteis a mi tía…

Sin embargo, cuando acabó de tirar del pesado portón, quedó perpleja y desconsolada, no sabía muy bien como tomarse aquello: en lugar del pequeño camino que debía dirigirla a la calle atravesando el jardín, en el umbral de la puerta pudo contemplar una especie de espejo que lo ocupaba todo, pero su superficie no parecía sólida, sino más bien acuosa, mutable, daba la impresión de estar observando algo que no podía ser real.

Esto último fue lo que la llevó a pensar que debía tratarse de una ilusión, el último truco de tan oscuras almas para mantenerla encerrada allí, bebiéndose su vitalidad día tras día. Reunió valor y atravesó aquella helada película con los ojos cerrados, volviendo a su mundo, aquel del que jamas debió salir…

Al abrir los ojos sintió ganas de llorar. No estaba en el jardín, ni en la calle, ni siquiera en un sitio similar… se encontraba justo frente a unas escaleras que bajaban hacia una oscura estancia y, a su espalda, una puerta antigua cerrada, una cuya llave no había aparecido, la misma que ella trató de abrir sin éxito alguno.

Entre sollozos bajó los peldaños, lentamente, como el condenado a muerte avanza hacia la silla eléctrica, sabiendo que su destino está ya escrito y que nada puede hacer por evitarlo. Al llegar al sótano comprobó que era bastante más grande de lo que hubiera imaginado, y estaba lleno por decenas y decenas de muebles tapados por sábanas, igual que lo habían estado en otras habitaciones de la casa al llegar ella.

Más por inercia que por otra razón, se dirigió al más cercano a su posición, retirando suavemente la sábana que lo cubría, y dejando así al descubierto un enorme espejo de casi dos metros de altura, alojado en un macizo marco de madera.

– Esto no puede estar pasando… – fueron las últimas palabra que salieron de su boca antes de que, casi al unísono, todos los demás trapos que tapaban el enigmático mobiliario de aquel lugar, cayeran al suelo, mostrando un considerable número de espejos, de diversas dimensiones y estilos.

Cher se sentó en el suelo y se abrazó las rodillas cuando pudo ver como, del interior de ellos, comenzaban a salir esas almas malditas, perversas y repletas de una maldad sin fin, traspasando el umbral, deseosos de cobrarse una merecida venganza contra aquella chica que ahora les pertenecía.

Cuando Merton, un par de horas escasas después de aterrizar, consiguió finalmente echar la puerta de la vivienda abajo, tras no obtener respuesta alguna de su novia y preocupado por aquella última charla telefónica, encontró el interior de la misma tal cual la había dejado semanas antes. Le extrañó comprobar como Cher no había avanzado nada en todo aquel tiempo cuando, se suponía, que estaba dedicada plenamente a esa labor.

Sin duda algo debía pasarle a la chica, y él estaba dispuesto a ofrecerle la ayuda que necesitara, por eso estaba allí, por eso había adelantado su marcha de los congresos, excusándose con sus jefes por ello, pero firme en su decisión. Pero ella parecía haber desaparecido, la buscó por todas las habitaciones, llamó a sus familia, preguntó a los vecinos, pero nadie había tenido noticias de la joven durante aquellas últimas semanas, tan extrañas y confusas.

Permaneció hasta bien entrada la madrugada, con la esperanza de que volviera, de que le hubiera ocurrido algún imprevisto… pero fue en vano. Abatido, el chico enfiló el camino hacia la calle cuando se percató de que la puerta del sótano, aquella cuyas llaves parecían perdidas, estaba abierta ahora de par en par, casi como invitándolo a bajar. ¿Quién sabe si pudiera haber allí alguna pista sobre el paradero de su novia?

Descendió los empinados escalones a toda prisa, llegando a un sótano que hubiera estado completamente vacío de no ser por un mueble tapado por una tela blanca en mitad de la estancia, que Mert se encargó de retirar, descubriendo un espejo casi de su misma altura, y extrañamente bien conservado, casi tanto que podría pasar por uno nuevo.

Observó durante unos largos segundos su triste rostro en el cristal y se volvió, subiendo las escaleras en las que encontró una página de papel arrancada, en la que pudo leer…

«2 de octubre. Me han engañado, estas negras criaturas me odian por ser lo que soy, odian todo lo humano. Sus mentiras han calado tan hondo en mí que ahora, por más que lo intento, no puedo despegarme de esta casa, soy parte de ella, de su maldición. Se que esperan el día de mi muerte para que forme parte de ese dolor, tal como hacen ellos, y lo tengo asumido… pero espero que nadie más tenga que compartir tan amargo destino…»

Sin comprender muy bien el significado de aquellas misteriosas palabras, y sin ganas tampoco de pensar demasiado en ello después del dolor que le suponía no saber donde se encontraba Cher, no se percató de que, justo tras él, desde el espejo que poco antes había destapado, una bella mujer, aunque pálida y de rostro desencajado, miraba como se alejaba de ella para siempre, dejándola solamente acompañada por grotescas presencias que no dejarían de torturarla durante toda la eternidad…