Resulta tan hipnótico observar el batir de las olas, contemplar el supremo poder de la naturaleza mientras las fuertes y heladas ráfagas de viento dotan de un ondulante movimiento a esa gran masa de agua salada, como un pulso transportado con celeridad por su superficie, cruzando océanos, hasta que acaba por apagarse en la plana orilla de alguna playa solitaria, como por ejemplo aquélla…

Wesley permanecía de pie, sobre la arena, con su cabello agitado por el aire y sumido en amargos pensamientos sobre su vida, sobre su falta de inquietudes; le preocupaba desde hacía tiempo esa carencia de motivaciones, sin objetivos claros ni nada que consiguiera reportarle el más mínimo placer o interés.

Llevaba tanto tiempo ya sintiendo ese gran vacío en su interior, notando como tener una vida ordenada y que, aparentemente, debería ser plena de felicidad tanto a nivel personal como profesional, no evitaba esa eterna sensación de desarraigo respecto a todo lo que le rodeaba, resultándole imposible encontrar solución alguna a un problema que no podía, ni quería, compartir con nadie.

Las minúsculas gotas, casi invisibles, humedecían levemente la cara del hombre, a la vez que en su cabeza se empezaba a materializar un extraño pensamiento, carente de toda lógica, una solución imposible a su desencanto: el irrefrenable deseo de dejarse engullir por ese mar embravecido, en aquel mismo instante, permitir que lo abrazara haciendo que, lentamente, fuera cayendo en ese sueño eterno que lo alejaría de su triste apatía por lo terrenal.

Ni siquiera se molestó en deshacerse de su ropa y zapatos, poco importaba aquello ya, simplemente se dirigió hacía el rompeolas de manera sosegada, dejando marcadas las huellas de sus pasos en la apelmazada arena y, cuando se encontraba a escasos metros de su destino, aceleró el ritmo para zambullirse en el interior de una gigantesca ola instantes antes de que ésta rompiera, desapareciendo por completo, como si nunca hubiera estado allí.

Curiosamente no sintió ningún frío al sumergirse. Era consciente de la baja temperatura del agua pero, sin embargo, eso no parecía afectarle en nada, tan solo era información, sin más. El fuerte sonido del oleaje, que tan alto se escuchaba en la superficie, se había transformado ahora en un leve rumor, como si se tratara de un débil eco lejano, un mantra de la madre tierra para ayudarle a abandonarse a los elementos, casi sedándolo en ese camino que él mismo había optado por recorrer.

Continuó durante un par de minutos propulsándose con sus brazos y piernas, adentrándose aún más mientras sentía que una gran paz lo embargaba al hacerlo. Después, se limitó a quedarse completamente quieto, cayendo lentamente hasta el fondo, con los ojos abiertos y esperando que, a no mucho tardar, la falta de oxígeno empezara a tener incidencia en su cuerpo. Pero parecía poseer una extraordinaria capacidad, que hasta entonces desconocía, para aguantar la respiración bajo el agua…

Pequeños peces nadaban en derredor cuando su cuerpo acabó tendido en el lecho marino, relajado, paciente, aunque también ya notablemente extrañado al no sentir ninguna sensación de ahogo. Lo que veía, lo que escuchaba, la extraña sensación de calma… todo hacía que se sintiera, en cierto modo, fuera del mundo al que, hasta ahora, había pertenecido, iniciando un viaje sin retorno a lo desconocido.

De repente, sintió algo que no esperaba, recorriendo su cuerpo la sensación de estar experimentando algo que escapaba a su voluntad, incluso a su comprensión. Algún tipo de fuerza, cuyo origen no podía determinar, le arrastraba con violencia, adentrándolo más y más en el interior oceánico, arrastrándolo a una velocidad endiablada que imposibilitaba totalmente el poder realizar ninguna maniobra debido a la tremenda potencia del movimiento que soportaba.

A pesar de que pudo abrir los ojos, era tan rápido su desplazamiento que no le permitía observar nada de lo que le rodeaba, tan solo fue capaz de vislumbrar que seguía estando a una distancia prudencial de la superficie, y así siguió durante lo que le pareció un interminable lapso de tiempo. Finalmente, fuera lo que fuera aquello que lo había conducido hasta allí, se detuvo, quedando suspendido en mitad de la nada, rodeado por tan ingente cantidad de agua y, por primera vez en muchos años, tremendamente sorprendido, casi diría que asustado.

Se sintió ridículamente insignificante, bloqueado sin saber qué hacer, y arrepentido de su temeridad, ahora que ya era inútil reflexionar sobre sus decisiones. Un tremendo ruido llamó su atención, tan grave y abrumador que parecía llegar desde todos los lugares, hasta que, al final, pudo distinguir a su derecha una enorme sombra que se acercaba a su posición.

Fue pasados unos segundos cuando identificó que, en efecto, el origen del colosal sonido era una enorme ballena, de quizá más de quince metros de longitud, aproximándose a él desde un lado, sin pinta de que fuera a detenerse. Paralizado por el terror, esperando un ineludible impacto con la grisácea piel del animal, de nuevo sintió como algo «tiraba» de su cuerpo, mas en este caso atrayéndolo hasta el fondo.

Sin embargo se trataba de un descenso lento, aunque suficiente para evitar el choque con tan mastodóntico mamífero, cuya silueta iba menguando mientras él la observaba ahora desde abajo, hundiéndose progresivamente en la negrura que se abría a sus pies.

Miraba expectante el abismo que poco a poco lo iba envolviendo, y pensaba que, si al parecer no iba a ser la falta de oxígeno lo que acabara con su vida, probablemente si lo fuera la creciente presión que iría soportando conforme bajara. Pero… ¿y si ya estuviera muerto?

Quizá aquello no se trataba sino del tan temido paso hacia el otro lado, a lo mejor se trataba de la oscuridad, y no de la luz como hasta entonces había pensado, la que le diera a uno la bienvenida a tan diferente y temido lugar. Aunque algo en su interior le impedía aceptar aquella teoría; ese asfixiante miedo que había sentido, y que aún seguía sintiendo, el nerviosismo, la sensación de sentirse desprotegido, pero a la vez tan lúcido y plenamente consciente de lo que sucedía…

¿Y si fuera un sueño? O tal vez el delirio de una mente enloquecida creyendo real una alucinación tan sumamente excéntrica… Pero el caso es que seguía sumergiéndose en las desconocidas profundidades de un océano que ahora notaba hostil, salvaje e inhóspito.

Comprobaba como, progresivamente, se iba alejando de la tenue luminosidad que se filtraba desde la superficie, y que pronto solo sería un recuerdo, pero, sin embargo, sus ojos parecían adaptarse de una forma bastante natural a las tenebrosas condiciones de aquel abismo sobrecogedor, pudiendo visualizar sin dificultad todo lo que le rodeaba.

Durante largo rato se vio rodeado por un banco de pequeños jureles plateados, parecían protegerle en su extraño viaje, provocando en parte que se mimetizara con ellos. Fuera de su nueva «familia» pudo observar como otros peces de mayor tamaño nadaban de un lado para otro, formando parte de un bonito paisaje, tan lleno de vida y diversidad que le hizo esbozar una sonrisa. La presión seguía sin hacer mella en él, siendo su única preocupación ahora un grupo de tiburones que rondaban bastante cerca, aunque, en principio, no parecían demasiado interesados en hincarle el diente a aquel inusitado visitante.

Poco a poco, las distintas criaturas fueron quedando en el camino, incluso su legión de «fieles guardaespaldas» fue dispersándose, quedando solo, en mitad de tan desconcertante inmensidad. Se sintió pequeño, tanto o más que una gota de agua, mientras continuaba descendiendo, tan aterrado como no recordaba haberlo estado nunca, y además sin criatura alguna cerca, como si ningún animal más quisiera acompañarle al lugar donde se dirigía.

Por suerte o desgracia, ese abandono que sentía poco antes, desapareció cuando comenzó a descubrir distintos seres que lo observaban con curiosidad mientras se seguía hundiendo impotente, casi como si supieran que no pertenecía a aquel sitio. Todos ellos poseían una apariencia demoníaca, como si estuvieran sacados de la peor pesadilla de un demente.

Los más numerosos eran una especie de peces transparentes, de alrededor de dos metros de longitud y totalmente transparentes, pudiendo ver sus pintorescos órganos mientras escuchaba el desagradable y chirriante sonido que producían. Pero lo que más aterraba a Wesley eran aquellos ojos, decenas y decenas de pares de ojos que le miraban, tan parecidos a los suyos, tan parecidos ¡a unos ojos humanos!

Nada de todo aquello era natural. También flotaban por todas partes enormes medusas, tan grandes que no hubiera sido capaz de rodearlas con sus brazos; nunca había visto ninguna ni tan siquiera parecida, no solo por su tamaño, sino por la forma en la que se iluminaban, creando en sus gelatinosos cuerpos efectos casi hipnóticos, con llamativos y diversos colores, casi como si no se tratara de un ser vivo en realidad.

Casi se alegró al descubrir que cuatro o cinco tiburones rondaban por allí en busca de alguna presa, aunque, al verlos algo más de cerca, pudo comprobar que su cabeza poco tenía en común con los escualos que él siempre había conocido. Y es que aquellos monstruos poseían unas mandíbulas increíblemente desproporcionadas para su tamaño que, además, eran capaces de desencajar y proyectar un par de metros hacia delante, como pudo comprobar cuando uno de ellos atacaba a un voluminoso ejemplar de los peces translúcidos.

Conforme ganaba profundidad, aquellos diablos del abismo se volvían más extraños y terroríficos si cabe, muchos de ellos con colmillos casi vampíricos, tan alargados que les resultaba imposible poder cerrar sus bocas. Otros con gruesas y raras aletas, semejantes, en algunos casos, a extremidades más propias de animales de la superficie.

Se preguntaba cuando acabaría aquel aterrador descenso al infinito, aquella terrible tortura. Fue entonces cuando un atronador sonido, como una especie de remolino o burbujeo, pareció ahuyentar a todas las aberraciones que aún le rodeaban mientras descendía. En pocos segundos se encontraba otra vez en la más absoluta soledad, aunque no del todo, ya que notaba que «algo» parecía acecharlo, vigilándolo sin que él pudiera contemplar nada en cambio.

Mirando en todas direcciones, dominado por un creciente nerviosismo, no lograba divisar a la criatura que debía estar provocando aquel creciente ruido, a pesar de intuir que estaba cada vez más cerca de su posición. Sin embargo si pudo distinguir bajo sus pies, justo en la dirección en la que se movía, una serie de burbujas aún algo lejanas y, dentro de las mismas, algo resplandeciente y con cierto movimiento.

Sin saber explicar muy bien el porqué, sintió un ferviente deseo de llegar a aquellos orbes suspendidos en mitad de la nada. La impaciencia lo embargaba, anticipando de algún modo alguna clase de peligro que lo rondaba, pero sin ser capaz de localizarlo, además la velocidad a la que se aproximaba al que bien pudiera ser el final de tan atípica aventura, se le antojaba del todo insuficiente.

Su pulso se aceleró entonces de manera casi refleja, cuando contempló como, lo que en principio era tan solo un pequeño punto de color rojo, se iba haciendo más grande, hasta que logró reconocer la imponente figura de un calamar que se aproximaba a toda velocidad hacia él. Había escuchado hablar de una especie poco habitual de cefalópodos, cuyas dimensiones llegaban a ser bastante superiores a las de otras familias, pero aquella cosa debía medir más de veinte metros sin ninguna duda.

Mantuvo sus largos tentáculos unidos mientras se propulsaba velozmente y, solo cuando estaba a escasa distancia de Wesley, los desplegó, preparándose para atrapar aquella curiosa presa que, paralizada y temblorosa, no paraba de preguntarse como cojones había llegado a aquella inverosímil situación que, horas antes, cuando aún se encontraba en la playa, hubiera tachado de imposible.

Instintivamente extendió sus brazos al frente, en un vano intento de protegerse del ataque de aquel coloso, cuando un escalofriante chillido taladró sus oídos. Al levantar la vista de nuevo, tuvo que esperar unos segundos para saciar su curiosidad, ya que el agua se había teñido parcialmente de negro, ocultándole por el momento la brutal escena que pocos segundos después se le desvelaría…

Entre los restos de la tinta liberada por el calamar como desesperada maniobra de evasión, un titánico cachalote, que casi lo doblaba en envergadura, hundía profundamente sus afilados dientes en la piel del alargado adversario, a la vez que lo arrastraba fuera de aquella oscura mancha, en dirección a un lugar más tranquilo donde poder disfrutar de tan suculenta presa.

Por su parte el cuerpo de Wesley dijo basta, incapaz de resistir más aquellas intensas emociones que llevaban sucediéndose casi desde que se metió en el agua.

– Parece que ya despierta – indicaba una voz con sosiego.

– Guardemos la calma, mejor ir poco a poco…

El hombre sentía ahora todo el frío que no había notado cuando estaba en el agua, una leve sensación de ahogo e incluso dolor de cabeza. Se incorporó un poco, quedando sentado en lo que parecía una especie de césped, pero más blando y también bastante húmedo.

Al mirar alrededor, y a pesar de la escasa luz del lugar, pudo distinguir a varias personas alrededor de él, observándolo, como si esperaran que se restableciera por completo. Aunque no sabía decir el motivo exacto, sentía algo diferente en ellos, algo que no era del todo normal.

– ¿Dónde… dónde estoy?

– Estás a salvo – espetó un hombre de blanca barba y con la piel extrañamente agrietada.

– Yo hice una estúpidez… Pero después vi cosas… imposibles. No me vais a creer…

– Quién sabe… Quizá seas tú el que no creas todo lo que te vamos a contar.

Confundido por la respuesta recibida, Wesley observó mejor a aquellas gentes, con los ojos ya más acostumbrados aquella penumbra, y fue cuando pudo comprobar como su piel estaba cubierta completamente por escamas y, entre los dedos de sus manos, se distinguían perfectamente unas delgadas membranas.

Aún asimilando a marchas forzadas su reciente descubrimiento, alzó la vista, siendo consciente de que, al final, había logrado su objetivo, ya que se encontraba en el interior de una de aquellas esferas iluminadas que había visto antes de desmayarse, observando como, fuera de la misma, podía contemplar algunas de las fantásticas criaturas con las que ya se había cruzado, y otras muchas de una rareza similar o incluso superior.

La siguiente pregunta resultaba obvia: ¿qué demonios era ese lugar?