Ya casi había abandonado toda esperanza, los pronósticos de los médicos eran claros y, por si fuera poco, ninguno de los tratamientos farmacológicos que le habían aplicado lograba solucionar los profundos daños que, al parecer, había provocado en su corazón el fallo cardíaco sufrido unos meses atrás. Tampoco la cirugía, tan satisfactoria en otros casos, era una opción viable según le indicaban los doctores.

Él, que había sido siempre tan activo a nivel físico, llevando una vida sin excesos de ningún tipo y, sin embargo, aquel día, mientras miraba la televisión relajadamente tras el almuerzo, empezó a sentirse mal, como se le cogía un pellizco en la zona media del pecho que se iba haciendo más y más severo, impidiendo que pudiera hablar, o incluso respirar.

– Me… ahogo… Macy… – acertó a duras penas a gruñirle a su mujer que, asustada pero decidida, llamó al hospital, pidiendo también ayuda a los vecinos.

Fue gracias a esa rápida respuesta que, afortunadamente y a pesar de la gravedad del ataque, se le pudo mantener con vida. Les informaron de que, con toda probabilidad, serían necesarias medidas auxiliares para evitar otro fallo y procurar un correcto funcionamiento del órgano, y les explicaron que, en el caso de que éstas fallaran, la última opción sería la de un trasplante.

– Estoy dispuesto a cualquier cosa que me digan – no había duda alguna en la voz de Tony –. Mi vida ya ha estado en sus manos y aquí sigo, mi confianza en ustedes es plena.

– Lo sabemos, y nos gratifica que así sea señor Prescott. Pero el protocolo de actuación aconseja intervenciones menos invasivas tras estos fallos cardíacos y, solo si resulta presumiblemente insuficientes, se recomiendan medidas más contundentes.

– Entonces… ¿medicinas?

– O quizá deberá pasar por quirófano para «reparar» su corazón – respondió el cardiólogo levantando las cejas –. Puede que ambas cosas incluso, pero eso no podemos saberlo ahora. Comprendo que tendrá muchas preguntas, pero solo el paso del tiempo nos irá diciendo que es lo mejor para su caso.

Bien era cierto que la incertidumbre era grande, el miedo a un nuevo ataque le acompañaba como una negra sombra de la que no se podía deshacer. Debió transformar por completo su estilo de vida, dejando de trabajar indefinidamente y evitando actividades que pudieran acelerarlo de algún modo; se sentía tan inútil, sin poder hacer nada, era una sensación enormemente desagradable, de impotencia y frustración. Pero, aún así, cumplió con las prescripciones del equipo médico al pie de la letra.

A pesar de todo, y después de una de las múltiples revisiones a las que se veía obligado a acudir, le informaron de que el plan diseñado para su dolencia no estaba dando los resultados deseados y, tras deliberarse su caso por un comité de expertos del hospital, se había tomado la decisión de ponerlo en lista, a la espera de un posible donante con un corazón sano que reemplazara el suyo.

– Cariño, quizá sea lo mejor, lo que necesitas realmente para volver a ser el mismo que eras antes – le animaba su sonriente esposa al percatarse de sus dudas al recibir la noticia.

Y es que, por extraño que pudiera resultar, ahora no estaba demasiado por la labor de someterse a tal operación. Confiaba completamente en los doctores, no iban por ahí los tiros, estaba dispuesto a confiar en su buen criterio pero… algo dentro de sí mismo hacía que rechazara la idea del trasplante.

Finalmente apareció un órgano sano y disponible por lo que, al poco de recibir la llamada que le urgía a acudir de inmediato al hospital, se presentó dispuesto a «nacer de nuevo». Tras muchas horas de duro trabajo de los cirujanos, y ya finalizados los efectos de los anestésicos, el jefe de cardiología, con visible buen humor y optimismo, se acercó a la habitación en la que Tony se reponía rodeado de sus más cercanos.

– Señor Prescott… La intervención ha sido difícil, encontrándonos con distintos problemas, ¡casi parecía como si no quisiera usted el corazón! – bromeaba el hombre –. Pero todo ha ido bien, deberá permanecer en observación durante unos días y, después, de vuelta a casa.

La semana y media que debió estar en planta se le hizo un poco cuesta arriba, aunque la verdad es que no se sentía nada mal, un poco raro tan solo, se trataba de una leve sensación probablemente provocada por la tan complicada intervención que su cuerpo había tenido que soportar, pero no notaba dolor o molestias graves.

Sus analíticas eran correctas y nada pudieron observar los médicos que desaconsejara darle el alta; tan solo debería presentarse cada cierto tiempo para nuevos controles, sobre todo durante el primer año tras la operación, cuando era más probable que se presentara alguna anomalía en el funcionamiento del nuevo corazón. No echaría de menos para nada aquella habitación de la tercera planta en la que había estado todo ese tiempo y, lo único que le entristecía un poco, era el hecho de no haber podido localizar a la familia del donante, ya que tenía la intención de mostrarles su agradecimiento por tan altruista gesto pero, al parecer, la legislación sobre trasplantes impedía que se pudieran dar a conocer tales datos.

Ya en casa los días iban transcurriendo y Tony seguía manteniendo aquella extraña sensación, un poco incómodo incluso, pero no quería preocupar a Macy con sus tonterías y optó por guardar silencio, esperando, con el tiempo, dejar de sentirse así, e intentando retomar sus más tranquilas aficiones, a la espera de que los médicos le permitieran volver a realizar actividades más físicas.

– ¡No sé que coño me pasa! – espetó de manera desagradable mientras trataba, sin ningún éxito, de plasmar algo en su cuaderno de dibujo –. Parece que mis manos se han rebelado contra mí.

– ¿Podría ser que sigues nervioso? Te noto malhumorado, y ese vocabulario…

– ¿Me tomas por gilipollas Macy? Me gustaría saber como te sentirías tú de haber pasado todo lo que he pasado yo – escupió las palabras con tal maldad que hizo que la mujer se retirara entre lágrimas al escucharlo.

Intentó relajarse con otra de sus grandes pasiones: la lectura, pero le resultaba dificultoso avanzar en la trama, cada página parecía más un sufrimiento que un disfrute para él, lo que le hacía sentirse bastante violento. Era extrañamente consciente de que actuaba de modo poco habitual, y resultaba lógico que su esposa estuviera preocupada, o más bien asustada incluso; hasta el gato, que siempre había sido desmesuradamente cariñoso con él desde que lo llevaran a casa, se mostraba ahora distante y receloso cuando se acercaba a acariciarlo.

Le molestaba cualquier sonido, cualquier comentario, no soportaba ni su propia presencia, y cada vez aquello parecía ir a más. En la consulta de seguimiento expuso su nueva situación al médico, esperando que éste pudiera proporcionarle alguna explicación, algún tipo de solución a aquellos desagradables efectos secundarios.

– La verdad es que, esto que me comenta, no suele ser corriente tras un trasplante. Eso no quiere decir que sea nada especialmente preocupante tampoco, el estrés derivado de…

– ¿Estrés? ¿Ese es su jodido diagnóstico a lo que me está sucediendo?

– Cariño, quizá… – intentó calmarlo Macy.

– ¡Cállate! No has valido nunca para nada y ahora pretendes darme lecciones de qué hacer o qué no hacer.

– Anthony, intente relajarse por favor – le suplicaba el doctor con cierta incredulidad ante la desmedida reacción del hombre –. No podemos aplicar según que fármacos, pero le prescribiré unos tranquilizantes que, a buen seguro, lograrán que se sienta usted mejor.

– ¡Genial! Solucionaremos esto con paracetamol – sarcásticamente dio por finalizada la reunión, saliendo de la consulta mientras su mujer se disculpaba y recogía la receta facilitada por el cardiólogo.

Las pastillas no lograron ayudar, y el carácter de Tony se tornaba cada vez más violento e impredecible, además de que le había dado por beber sin medida, algo que no ayudaba a remediar sus malos modos. Por las mañanas, al mirarse al espejo del baño no se reconocía, era su rostro el que veía mas, en el fondo, notaba que se trataba de un extraño el que le observaba, regodeándose y disfrutando del mal que se generaba a su alrededor.

Malhumorado, se abrió otra lata de cerveza y se sentó en el sofá del salón, con los pies sobre la mesa y escupiendo de forma asquerosa en el suelo de madera, poco parecía quedar de la persona afable y sosegada que siempre había sido. Notó un roce en su pierna entonces, y vio el grisáceo pelaje del gato que, al saberse observado por él, intentó acelerar el paso y alejarse de su lado, sin lograrlo antes de que lo agarrara rápidamente por el rabo y comenzara a golpearlo contra la pared, una y otra vez, con tremenda fuerza.

– ¡Juguemos un poco! ¡Siempre te ha gustado hacerlo chico! – gritaba, riendo a la vez de manera grotesca y demencial.

Solo tras observar el inerte amasijo de carne y pelo que descansaba inmóvil en el suelo, después de la tan salvaje paliza que le había propinado, fue plenamente consciente de que estaba próximo a perder por completo el control de sí mismo, si es que no lo había perdido ya. Lo más lógico sería pensar en alguna clase de trastorno mental, pero conocía la verdad, de algún modo sabía lo que le estaba pasando: era aquel corazón.

Lo dominaba, apagando su voluntad por momentos, haciendo que su decisión fuera cada vez menos importante, adueñándose de su cuerpo, de su mente. Incluso creía escucharlo a veces, le relataba divertido sus planes, sus retorcidos anhelos, compartiendo todas las macabras locuras que pretendía que llevaran a cabo juntos, porque estaban juntos en aquello, ya siempre lo estarían.

Necesitaba saber a quién había pertenecido, qué persona había podido portar tan pesada carga antes que él. Le vino de repente a la cabeza un tipo del barrio, la típica persona capaz de todo a cambio de determinada cantidad, y, sin pensarlo un segundo, sacó de la pequeña caja fuerte que tenían tras uno de los cuadros del pasillo el dinero que guardaban para alguna posible emergencia, y es que en realidad no podía imaginar en aquel momento nada más urgente e importante, quizá en la comprensión de todo aquello pudiera hallar una posible solución a aquel mal.

Tardó poco en llegar a la desvencijada puerta de la casa donde residía aquel individuo, se trataba de un viejo adosado de lúgubre aspecto, rodeado de un pequeño jardín que llevaría ya años sin que nadie se preocupara lo más mínimo en arreglarlo. Llamó firmemente a la puerta, golpeando con sus nudillos sobre la madera, y notando como alguien, desde el interior, le observaba sin decir una palabra.

– Sé que estás ahí, así que abre de una puta vez.

– Mire amigo, creo que se ha equivocado – comenzó a decir una repulsiva voz al otro lado pero, tras observar a través de la mirilla como Tony sacaba un fajo de billetes para que pudiera verlo, descorrió el cerrojo dejándole pasar al interior del inmueble.

Aquel indeseable aceptó bastante menos de lo que hubiera pensado en un principio, quién sabe si debido a la incapacidad de leer su necesidad o a la tremenda brusquedad que Tony demostró durante su breve charla. Fuese como fuese, le dio un anticipo y las indicaciones del trabajo a realizar, quedando en que contactaría por teléfono cuando tuviera alguna información contrastada acerca del donante.

De vuelta a su casa tuvo que controlarse sobremanera para no dejarse llevar por los susurros, dentro de su cabeza, instándolo a insultar, a golpear, incluso a matar. Sentía un intenso dolor dentro de la cabeza, justo detrás de sus ojos, como si lo estuviera castigando por intentar eludir sus violentos deseos, tratando de que quedaran encerrados, al menos hasta que pudiera llegar a su piso, debiendo terminar su recorrido a la carrera por temor a no poder aguantar lo suficiente.

Entró jadeante, empapado en sudor y, cuando escuchó a Macy en la cocina, la miró fijamente, de una manera que consiguió que la mujer quedara petrificada, sin casi saber que decirle a aquel loco frente a ella que, tiempo atrás, había sido su marido, aquel demente que, ahora, no conseguía reconocer.

– ¿Có… Cómo te encuentras Tony? Estaba un poco… preocupada por ti.

– Relájate querida – le dijo mientras sonreía de manera exagerada y abría un cajón, cogiendo un cuchillo del mismo –. Seb ya está en casa.

– ¿Seb? ¿Qui… Quién es Seb?

Sin responder, el hombre caminó hacia su esposa, lentamente, paso a paso, con la hoja apuntando al cuerpo de la mujer, que no pestañeaba mirando como estaba cada vez más cerca de ella, esperando lo inevitable.

– ¡Lárgate de aquí! ¡Veteeeeeeeeeeeee! – gritó Tony en un último intento de salvar la vida de su esposa.

Tras un primer momento de duda, ella corrió hacia la puerta, saliendo a toda prisa y sin mirar atrás, alejándose de algo que la entristecía y aterrorizaba a partes iguales, una transformación que ni siquiera se acercaba a comprender.

En el interior, la ira del hombre se iba desbordando mientras volcaba los muebles de la vivienda, pateando sillas y paredes, totalmente fuera de sí. Las voces en su mente, y el latido de aquel maldito corazón, cada vez más alto, enloqueciéndolo, sacándolo de la ecuación, como si solo fuera un espectador privilegiado de tan retorcido proceso.

Debió caer desmayado después de tanto esfuerzo, ya que despertó horas después, cuando estaba anocheciendo. Notaba su cuerpo cansado y dolorido, probablemente del desastre que había provocado antes, pero al parecer eso que habitaba ahora dentro de él, se encontraba ahora ausente, quién sabe por cuánto tiempo.

Mientras caminaba en medio del caos en el que se había convertido el piso, echó mano de su móvil instintivamente, comprobando como había un mensaje del tipo al que había pagado para que indagara sobre el origen de su corazón. Le explicaba en el mismo que no le había resultado difícil conseguir la información sobornando a según que personas del hospital, y que, además, resultaba que su donante era alguien «famoso». Casi obvió el último párrafo, donde le recordaba que aún debía pagarle la parte restante si quería los originales de la documentación, cuya copia aportaba anexa al final del mensaje.

El primero de los archivos adjuntos no era sino una ficha del hospital, perteneciente al área de donaciones y trasplantes; en uno de los recuadros superiores se veía escrita la palabra «corazón», justo al lado de la fecha, que coincidía exactamente con la de su trasplante. Justo al final del documento un nombre: «Sebastian Walker».

– Sebastian… Seb…

Lo más extraño de todo es que nada de aquello parecía sorprenderle, era como, si de alguna manera, ya lo hubiera sabido, como si fuera parte de su misma historia.

El segundo de los archivos era un simple enlace a una página web donde hablaban de un asesino en serio, que se autodenominaba «el poeta del calendario», un tipo que había sido detenido cuando ya contaba con once asesinatos a sus espaldas. Su modus operandi, según se podía leer, era dejar una nota con un pareado escrito junto a cada una de sus víctimas, con la peculiaridad de que utilizaba el nombre de cada uno de los meses del año en cada muerte, además de usar la propia sangre de la víctima como tinta para plasmarlo en una nota que dejaba en la misma escena del crimen.

Tembloroso, con una sensación de urgencia creciente, y comenzando a escuchar de nuevo esos murmullos en su interior, se apresuró a abrir el tercer y último archivo, descubriendo un artículo de periódico en el que se informaba del suicidio de Sebastian Walker, el Poeta del Calendario, también justo en el mismo día en el que le habían practicado el trasplante. La columna continuaba diciendo que el sádico no había podido completar lo que él mismo llamaba su «magnum opus», al haber sido once los asesinatos que le fueron atribuidos, y habiendo sido encontrado ahorcado en su celda, donde cumplía su cadena perpetua, tan solo tres meses después de su detención.

Tanto risa como llanto afloraban a la vez mientras Tony acababa de leer las palabras con las que, según un preso del mismo pabellón, Walker puso punto y final a su vida antes de colgarse.

«Lo que no he podido acabar en vida, lo terminaré desde el otro lado, desde el infierno».

No perdió ni un segundo, a pesar de que las voces estaban de nuevo allí, y el corazón empezaba a latir descompasadamente, como si quisiera salir literalmente de su pecho. Cerró la puerta del piso con llave partiendo ésta dentro de la cerradura, metiéndose después en el dormitorio y repitiendo la misma maniobra allí, intentando así asegurarse de que aquel hijo de puta no pudiera matar a nadie más, encerrándolo allí para que diciembre nunca llegara para él.

– ¡Te he ganado! ¿Me oyes pedazo de mierda? ¡Te gané!

Entonces se abandonó completamente, no le importó que aquello, fuera lo que fuera, tomará el control, de poco le valdría ahora. Pero las voces reían tan fuertemente, algo no iba bien allí, de modo que recordó, o más bien le hicieron recordar algo.

Observó su pecho, completamente rajado por varios lugares; se trataba de heridas frescas, que no podían llevar allí más de unas horas. Después, su vista se dirigió a la pequeña mesita de noche, junto a la cama, sobre la cual reposaba una nota de papel, con una serie de palabras escritas en tonos escarlatas…

«En diciembre es dichoso,

aún aquí en el infierno,

el poeta que obtiene,

su duodécimo cuerpo»

Aunque fuera solo al final, Tony pudo comprenderlo todo, y contemplar así el desenlace de esa obra, de esa historia en la que no era el protagonista, sino solo el último de los figurantes. Ni siquiera intentó resistirse cuando notó como sus propias manos, que quizá en realidad ya no le pertenecieran al fin y al cabo, se cerraban poderosamente sobre su cuello, mientras la vida iba abandonándolo poco a poco, y el corazón de Seb bombeaba apasionadamente su sangre, celebrando la tan cercana muerte, aquélla que cerraba el círculo.