Nunca, desde su más tierna infancia, el joven había faltado a sus habituales citas. Dos fechas que aparecían señaladas en rojo en su calendario, y en las que poco o nada le importaban las obligaciones o dificultades con las que pudiera encontrarse ya que, fuera como fuese, siempre acababa en el cementerio, justo en lo más alto de la colina a las afueras del pueblo, frente a la tumba de piedra bajo la que reposaban los restos de su padre.

Y no se trataban de dos días escogidos al azar ni mucho menos, sino los correspondiente al cumpleaños del chico, ya bien entrada la primavera, y a la festividad de Todos los Santos, a principios del otoño, en la que, de acuerdo a las creencias cristianas, se rendía homenaje a todos aquellos que habían abandonado ya el mundo terrenal.

No se trataban las suyas de visitas fugaces ni mucho menos, permaneciendo horas en silencio frente a la sepultura, con los ojos cerrados y una aparente calma que incluso podía llegar a extrañar a aquel que contemplaba tan curiosa escena. Pasaba su costumbre más desapercibida durante el día de su cumpleaños, en el que, salvo excepciones, solía encontrarse con poca gente dentro del recinto; mas durante las visitas otoñales, era mucha la afluencia de familiares y amigos que, al verle en pleno «ritual», murmuraban y cuchicheaban entre ellos, incluso llegaban a mofarse del chico aquellos con menos escrúpulos.

– Pobre chico, no debe estar muy bien de la cabeza – comentaban unos.

– Yo he oído que el padre tampoco fue nunca muy normal.

– ¿Y si nos acercamos un poco? Tal vez así también escuchemos algo – reían otros cuantos.

Pero los comentarios y burlas no le importaban ni mucho ni poco, prestando nula atención a lo que le rodeaba, tan solo preocupado por su encuentro, tras el cual depositaba siempre una rosa roja y un puñado de arena sobre la fría piedra que guardaba a su progenitor.

Fue durante un Día de Todos los Santos que, el joven, ascendía por el camino de tierra que discurría entre el pueblo y la colina donde se erigía el cementerio. A pesar de que las jornadas anteriores habían sido soleadas y nada hacía presagiar que el clima cambiara, aquella mañana el cielo amaneció completamente cubierto de negros nubarrones, con rayos iluminando cada cierto tiempo el horizonte y unos truenos que retumbaban por todo el valle cercano.

Una fuerte lluvia empapaba el pelo y la ropa del muchacho mientras avanzaba cuando, en un anchurón de la senda, creyó oír un ruido, justo detrás de unos matojos altos y frondosos que impedían que pudiera observar lo que producía dicho sonido. Restando importancia al suceso prosiguió su marcha casi sin detenerse cuando, repentinamente, le salió al paso un chico, quizá algo menor que él mismo, unos tres o cuatro años a lo sumo, aunque, en cualquier caso, lejos ya de ser un niño, apestando a coñac y con lo que le parecieron aviesas intenciones.

– Verás compañero – se dirigió a él –. Ando corto de moneda y, viendo como está el día, me preguntaba si podrías ayudarme y que pudiera así conseguir algún licor que calme este frío instalado en mis huesos.

– Tampoco es que boyante me encuentre yo la verdad… – el miedo era evidente en su voz por mucho que tratará de esconderlo.

– Pareces no entender paisano que, de una forma u otra, debo sobrevivir a esta dichosa tormenta.

– No quiero problemas pues. Te daré lo que tengo y marcharemos ambos en paz.

Sacó de un pequeño bolsillo de cuero cosido el poco dinero que llevaba y se lo entregó al desagradable ratero que, tras echarle un rápido vistazo, torció el gesto malhumorado al comprobar que sus expectativas no habían sido satisfechas ni por asomo.

– Es poco efectivo para alguien de tu clase social – sugirió pensativo –. Pero, como soy buen tipo, lo olvidaré si lo acompañas con esa bella flor que escondes tras tu espalda; a buen seguro que me serviría como presente para alguna bella moza del pueblo.

– De ningún modo puedo dártela, eso sí que no – se resistió firmemente el muchacho aun viendo que el maleante cogía una pesada piedra del suelo, comprobaba que nadie más pudiera verlos, y se le acercaba con el ceño fruncido.

Al saberse en serio peligro, el muchacho retrocedió unos metros, saliendo del camino y viéndose pronto cercado por varios abetos y rodeado por la espesa vegetación que casi le llegaba al hombro. Su «amigo» le siguió hasta allí, viendo la oportunidad perfecta para hacerse con la deseada rosa roja que aquel estúpido aún sostenía en la mano, para lo que, ya muy próximo a su objetivo, levantó primero su brazo, dejándolo caer después súbitamente e impactando con la roca que asía con fuerza en la sien del muchacho, cuyo cuerpo, de manera automática, cayó al mojado suelo, ausente ya de vida alguna.

Ni siquiera pensó el canalla que podría haberlo matado, poco le importaba en realidad, una vez que ya tenía la flor en la mano y dinero suficiente en el bolsillo para procurarse algo de alcohol con el que prorrogar su etílica felicidad. El cadáver del chico, por su parte, quedó a tal distancia del paso de caminantes y con una lluvia tan densa y constante, que tardaron horas en localizarlo, gracias a un chiquillo que no paraba de molestar a su madre diciéndole que «habían dejado a un muerto a medio enterrar».

– ¡Dios mio! – se santiguaba una beata –. Que mal día para morir uno…

– Mal día para partir es cualquiera señora – le corregía un hombre de poblado bigote y voz ronca –. Es el modo en el que ha debido hacerlo este muchacho lo realmente cruel.

Se practicaron pesquisas por las autoridades correspondientes, mas no se pudo demostrar nada a pesar de que varias personas, que solían tomar a menudo el camino, sospechaban del indeseable al que por allí se solía ver bebiendo y silbando. Incluso se le tomó declaración jurada pero, el muy condenado, tenía preparada una coartada por si alguna vez la necesitaba que corroboró uno de sus habituales compinches de fechorías, por lo que quedó libre de cualquier pena o castigo, incluso jactándose de ello mientras bromeaba en la cantina visiblemente bebido.

Era la voluntad del joven, una vez llegado el momento, que sus restos descansaran en el mismo camposanto donde lo hacían los de su padre, quien sabe si para, de algún modo que nadie conocía, poder mantener a diario ese contacto que les unía. Y allí se les dio sepultura ante la mirada de muy pocos, la mayoría curiosos tan solo, a escasas decenas de metros del lugar de reposo de su progenitor.

La historia, como tantas otras que se van dando, fue olvidándose con el paso de los días, de las semanas… pero tomó un inesperado giro justo al llegar la primavera, aparentemente tras el día del cumpleaños del malogrado chico.

– ¿Qué te place sepulturero? – preguntó con hastío el tabernero al delgado y visiblemente nervioso hombre que se acomodaba con dificultad en una de las mesas del local.

– Algo fuerte… Lo más fuerte que tengas prefiero en realidad.

Tras unas primeras chanzas de los presentes, estos terminaron por cuestionarle acerca de su intranquilidad, él que siempre había presumido de ser templado como el acero, aunque no parecía nada sosegado al relatarles lo que había visto mientras, como era habitual desde que trabajaba en tan solemne lugar, vigilaba por la noche el cementerio.

Al parecer, aseguraba que nadie había visto entrar allí pero, cuando a mitad de la madrugada comenzó a caminar entre los nichos haciendo su ronda, se percató de que, justo sobre la lápida del muchacho que cerca de medio año atrás había perdido la vida precisamente cuando se dirigía allí, se podía observar una rosa roja y un puñado de tierra.

– Diría yo, mi alarmado amigo, que eso fuerte que demandas al tabernero te hace más llevaderas también tus «noches con los muertos» – le molestaba uno de los parroquianos mientras apoyaba su mano condescendientemente en su hombro.

– ¡Guarda silencio perro! – respondió airado librándose del contacto del bromista –. Conozco mis obligaciones y mis debilidades, al igual que confío en lo que mis ojos me muestran.

– Tal vez una cosa de críos y no más… – se sugirió desde otra mesa.

– No, no lo creo. Me fijé tras mi primer descubrimiento en que, desembocando en la tumba, había una especie de… ¿cómo llamarlo? ¿surco quizá? El caso es que seguí aquel rastro de barro, tierra removida, casi hubiera podido hacerlo tan solo guiándome por el característico olor que despedía y no me llevó a otro lugar sino a la mísmisima sepultura del padre de aquel desgraciado.

Nadie osó romper entonces el silencio que se había creado tras lo compartido por el enterrador, incluso, sin decir palabra alguna, el tabernero le sirvió una medida doble de lo que tomaba como humilde recompensa por haber aguantado los desacertados comentarios anteriores a la historia que acababa de transmitir a los allí presentes.

Aquella parte de la historia duró más, el boca a boca hizo su labor, pero también, como todas, se fue apagando con el paso de los días, de las semanas… hasta que en otoño, justo en la festividad de Todos los Santos, nuevos acontecimientos la hicieron más extraña aún si cabe.

Durante la noche de tan señalado día, pudo el sepulturero comprobar como, lo observado hace meses volvía a materializarse frente a sus ojos, pero aún más inquietante si es que eso era todavía posible. No era una, sino cuatro las rosas de vivo carmesí las que halló sobre diversas tumbas, al igual que surcos que conectaban unas con otras, como caminos para aquellos que ya no caminan… ¿o acaso sí?

Se trataba de nuevo de la tumba del hijo, aunque también tuvo su regalo la del padre, otra que posteriormente identificó con la del abuelo del presunto asesino y, por último, la de un antiguo juez de paz del pueblo, justo y benévolo cuando debió serlo, pero implacable y certero en las ocasiones que así lo requirieron, como bien se podía comprobar aún al contemplar su eterna y penetrante mirada plasmada en un ya amarillento retrato junto a su nicho.

Y así, sucesivamente, el fenómeno se fue repitiendo, dos veces cada año, justo en los días señalados, extendiéndose con el transcurrir de los meses, pasando de cuatro a más de veinte, sesenta, e incluso sobrepasando la centena de tumbas sobre las que aparecía la rosa, las de los fallecidos que parecían querer seguir en contacto durante esas escalofriantes horas de oscuridad, compartiendo confidencias, secretos… quién sabe si venganzas incluso.

Era el día después del cumpleaños del muchacho fenecido, y habían pasado más de tres años y medio ya desde el trágico suceso. Tras la negativa del sepulturero a permanecer durante las madrugadas en el interior del camposanto, incluso rechazando un sustancial aumento de su salario, el alcalde se vio obligado a contratar a un responsable que pudiera hacerse cargo de la vigilancia del lugar, función que, finalmente, fue asignada a un muchacho de una ciudad cercana, de mente científica y poco propenso a amilanarse por «cuentos de vieja» como él mismo dijo orgulloso mientras firmaba su contrato.

Sin embargo, poco de aquella valentía y decisión quedaba cuando, a primera hora de la mañana, entraba apresuradamente a la cantina, mirando hacia todos lados, buscando sin saber muy bien qué, como si no se fiara ni de su propia sombra.

– Sírvame usted un trago, por lo que valga, que traigo una historia que…

– Beber beberás hoy, y más te digo: todo lo que te plazca, sin tener que gastar ni tan siquiera una mísera moneda – le cortó el tabernero –. Pero a pocos aquí les interesa tu historia niño ya que, si alguien debe temer, que sea por su conciencia y no por lo que cuenten unos y otros.

Tenían sin duda una retorcida intención esas últimas palabras, intención que al vuelo cazaron muchos de los presentes en el lugar, algunos de los cuales dirigieron sus miradas hacía una mesa al fondo del establecimiento, justo en la esquina más sombría del mismo, allí donde, el homicida no juzgado, se abandonaba a los placeres del vino, probablemente con dinero sacado de alguno de sus golpes.

– Al parecer… soy el único cuya conciencia no es blanca y pura… como el vestido de una virgen – comenzó con ironía a decir mientras se levantaba torpemente y algo mareado por los efectos del exceso de bebida –. Poco o nada me importa, de todos modos, ya que… ¡ni a vivos ni a muertos temo yo!

Terminó su improvisada y burda bravata a la vez que clavaba una navaja de muelles, de hoja larga y delgada y empuñadura nacarada, en la mesa de madera, a modo de reto lanzado a cualquiera que quisiera aceptarlo. Pero todos volvieron a sus asuntos, poco o nada interesados en buscarse un altercado con ser de tan baja condición moral.

A saber cuantas serían ya las almas de los muertos que, desde aquel horripilante crimen, pululaban intercambiando presentes y a saber cuantas cosas más. De nuevo llegaba el misterioso Día de Todos los Santos, cuatro años habían transcurrido y, se daba la peculiaridad de que, aquel que tan fatídica noche agarraba la piedra, tenía ahora la misma edad de quien recibió su terrible impacto.

Por si fuera poco, y tras varias semanas de una climatología benigna, propia de un verano que aquel año parecía querer alargarse más de lo normal, el día había comenzado pasado por agua, bajo el poderoso influjo de una virulenta tormenta que rugía sin pausa, recordando lo insignificante que resulta cualquier individuo en comparación a tan imponente espectáculo.

Con el transcurso de las horas no parecía bajar la intensidad del temporal y, llegada la noche, incluso daba la sensación de que se había recrudecido, descargando con violencia su húmeda carga mientras los rayos iluminaban casi fantasmagóricamente todas las inmediaciones. Pero nada de todo aquello parecía ir con aquel insensible que, teniendo algo de comida y bastante bebida, se daba por satisfecho, sin plantearse lo más mínimo ninguna otra cosa, ni tan siquiera era consciente de que, cuatro años atrás, había terminado con la vida de un inocente por mero capricho.

Tras un último trago a una botella ya casi terminada de orujo, se disponía a meterse en la cama cuando pudo escuchar como alguien llamaba pausada y firmemente a la deteriorada puerta de su casa.

– ¿Quién demonios osa molestarme a estas horas y con semejante aguacero? – preguntó manteniéndose a cierta distancia, tanto por precaución como por el terror que comenzaba a sentir recorriendo su cuerpo, desde la cabeza a los pies.

Ninguna voz, ningún sonido, fuera el que fuera, hubiera logrado estremecerlo tal como conseguía hacerlo aquel profundo silencio, tan solo acompañado por el lejano rugido de un trueno y el ruido de miles de gotas golpeando la tierra. Se acerco tan lentamente como pudo, mientras un fuerte olor a arena mojada, a hierba, y también como a madera vieja y carcomida, se introducía por sus fosas nasales, pero ante todo, el que dominaba a todos los anteriores era el de la podredumbre, aquel repulsivo y nauseabundo hedor que despedía la muerte, un hedor de otro mundo.

Al estar ya al lado, pego silenciosamente su ojo a una de las rendijas que separaban los tablones que formaban la puerta, acertando a observar, de pie a menos de un metro de distancia, lo que solo un demente hubiera creído posible. Se trataba de un cuerpo, casi consumido por los años pasados bajo tierra, cubierto con una especie de túnica oscura que le cubría todo el cuerpo y parte de la cabeza, pero dejando ver lo que, en otro tiempo debió ser un rostro humano.

Con una expresión propia del más puro horror imaginable plasmada en su ahora pálido rostro, retrocedió varios pasos, tambaleándose de manera ostensible, solo para comprobar que su movimiento se veía detenido por algo que no debería estar allí, algo tan físico como lo era la botella que minutos atrás sostenía en su mano. Aquella otra criatura, ya que se negaba por el momento a llamarlo de otro modo, no emitió sonido alguno, pero extendió aquellos descompuestos brazos en su dirección, como si intentará tocarlo, retenerlo.

– ¡Aléjate de mi demonio!

Fue solo su instinto de supervivencia más básico el que lo sacó de tan paranoica situación, ya que el impacto sufrido estaba siendo tan grande que hasta le dificultaba pensar de un modo mínimamente racional. Abandonó la casa por la puerta trasera, con la intención de dirigirse al pueblo, ya que ésta se encontraba a las afueras del mismo, construida sobre la falda de la misma colina en la que se erigía el cementerio, pero a relativa distancia del mismo, de ahí que siempre se le pudiera ver rondando aquellos lugares.

Aceleró su torpe carrera todo lo que pudo, pero no tardó en comprobar que varias de aquellas presencias tapaban el paso que pretendía tomar, observándolo fijamente, podía notar el odio en sus cráneos, medio vacíos, en sus manos pálidas y de largas y gruesas uñas. Algo tenía claro: bajo ningún concepto se dirigiría al camposanto, tan solo un completo ignorante se metería por voluntad propia en la boca del lobo.

Sus lágrimas se mezclaban con las gotas de lluvia mientras corría en dirección al triste camino, aquél en el que había dado muerte al muchacho, ahora sí que lo recordaba… ¡y cómo se arrepentía de todo! Estaba pagando su cobardía, su falta de humanidad, aquella extrema vileza, pero los muertos aún querían más de él, aún no parecía haber saldado su deuda.

Cada vez aparecían más y más encapuchados, por todos lados, dirigiéndolo de cierta manera hasta donde ellos deseaban. A muchos era ya imposible reconocerlos por los terribles estragos que la parca había provocado en sus enjutos y repugnantes cuerpos mas, otros sin embargo, eran en parte reconocibles para él, gentes del pasado, habitantes del pueblo, presencias que no deberían estar allí ahora mismo pero que, sin embargo, lo acosaban ferozmente.

Casi por inercia, intentando evitar el contacto con aquellas criaturas del otro lado, pudo notar como salía del camino, acercándose a un lugar, rodeado de abetos, con una vegetación bastante alta, que casi le llegaba por los hombros. Era tan mullida y resbaladiza la hierba que pisaba que, tras colocar mal uno de sus pies al intentar girar, acabó tendido en el suelo, justo en medio de un enorme charco, impotente y tan asustado como ni siquiera de niño lo había estado.

Frente a él, se fueron acumulando entonces las decenas y decenas de almas que esperaban ansiosas la llegada de aquel momento, observando incluso a familiares y amigos ya fallecidos entre ellas. Dos de ellas se adelantaron un poco, una pertenecía al chico que había asesinado en aquel mismo lugar cuatro años atrás, otra a un hombre de edad adulta, probablemente su padre, que le tendió una rosa de color rojo al espectro del joven, que caminó solemnemente hacia su posición.

– Si la posesión de una rosa cambiaste por una muerte, se te agasajará ahora con tantas que te impidan volver la vida a arrancar.

Al terminar de decir la frase, arrojó sobre su cuerpo la flor y un puñado de lodo, imitándolo cada una de aquellas apariciones fantasmales, notando como se hundía poco a poco en el barro, y empezaba a alojarse dentro de su boca, bajando por su garganta, tapando su nariz y evitando que pudiera respirar. Como si de un horrendo carrusel se tratara, fueron desfilando sucesivamente aquellos terroríficos rostros mientras la vida le abandonaba poco a poco, mientras temblaba impotente por la tétrica función que se representaba frente a sus ojos .

Aunque hasta el más torpe lo imaginaba, nadie se atrevió a comprobar si, bajo el extraño montículo de arena surgido cerca del camino de la colina, justo a los pies de aquellos altos abetos, no muy separado de la infinidad de rosas rojas con las que alguien había cubierto el lugar, se hallaría el cuerpo sin vida de aquel pobre diablo, mientras su alma era torturada eternamente, en un vano intento de purgar el tan terrible pecado cometido.

Cuentan que, incluso ahora, durante dos días muy precisos, uno de ellos en mitad de la primavera y otro a comienzos del otoño, nunca ha faltado quien deposite flores sobre las tumbas del chico y su padre, hay quien dice que en conmemoración del despreciable crimen ocurrido, otros aseguran que, en realidad, es por el miedo a que las gélidas ánimas de los muertos vuelvan a clamar otra oscura venganza contra los vivos.