– Aprisa… No te demores…

Aquel eco lejano le parecía tan extrañamente familiar… No era la primera vez que escuchaba esa voz, pero a pesar de todo no sabría decir a quién pertenecía; aunque sin duda había logrado que abriera sus ojos y, tras un rápido vistazo a su alrededor, comprobó que se encontraba en una especie de callejón, oscuro y solitario, incluso algo amenazante.

A pesar de no llegar a observar a nadie allí, la sensación de que era continuamente observado desde los muchos rincones que aquellas sombras albergaban se había instalado en su cabeza, haciéndole sentir bastante incómodo, temeroso de algo que quizá solo estuviera en su imaginación.

El lugar no le resultaba nada familiar, juraría no haberlo visto en su vida, además le llamó la atención aquel color apagado de todo a su alrededor: edificios, bocas de riego, verjas, contenedores de basura… todo parecía hacer perdido su tonalidad, y no creía que fuera tan solo debido a la oscuridad reinante, era más bien como si aquellas cosas resultaran diferentes en según qué aspecto.

Observándose a sí mismo pudo comprobar sin embargo que él sí parecía poseer cierta especie de «brillo», que lo diferenciaba del entorno que lo rodeaba, haciendo que sintiera que no pertenecía a aquel lúgubre lugar, a aquel mundo.

Fue entonces cuando, por pura casualidad, vio por primera vez aquel fino hilo plateado que parecía brotar de su zona abdominal hacia adelante y se perdía en la negrura, justo al fondo de aquel siniestro callejón. Con bastante miedo acercó la palma de su temblorosa mano con la intención de tocarlo, pero temiendo romper aquella especie de hebra por culpa de tanta curiosidad.

– ¿A qué esperas? – lo presionaba aquella voz de nuevo –. Ella se acerca, no te quedes parado…

Más por instinto que por otra cosa, se incorporó y fue siguiendo el recorrido marcado por el extraño filamento mientras comprobaba que éste parecía acortarse a su paso. Palpándose la barriga comprobó que salía de su propio ombligo, o tal vez fuera allí donde llegaba, pero algo le decía que las respuestas a todas sus preguntas las encontraría al final de aquel improvisado camino que había comenzado a recorrer.

El callejón lo llevó a una calle, y ésta a otra algo más ancha, pero ambas igual de desiertas y desprovistas de todo color, como si se tratara de esas antiguas fotos en blanco y negro cuya tinta se había ido difuminando con el paso de los años haciéndolas parecer aún más viejas y apagadas. Todo resultaba tan inquietante y perturbador que decidió acelerar aún más sus piernas a fin de llegar lo antes posible al final del hilo.

No le había abandonado la sensación de sentirse acechado, en realidad comenzó a sentirla de un modo más claro y diáfano, aunque por mucho que mirara a su alrededor no lograba localizar a nadie hasta que, repentinamente, pudo observar a una señora a cierta distancia. Al principio dudó sobre si llamar su atención o intentar pasar desapercibido, ya que la mujer no parecía haberse percatado de su presencia y, visto lo inusual que parecía todo aquello desde que se había despertado, no estaba del todo seguro acerca de la mejor manera de actuar.

Algo que fijó su atención era que ella parecía tremendamente pálida, pero no de un modo natural, era como si le hubieran arrancado a la fuerza su chispa, incluso la ropa que vestía daba la impresión de haber perdido todo volumen o profundidad, no pudo evitar pensar que el lugar se estaba apropiando de ella, haciendo que se tornara parte de aquel inerte decorado.

– ¡Aún no! – gritaba ella mientras palpaba el aire con sus manos –. Déjame seguir el camino por favor…

Aquella súplica hacía que la observara sin acertar a adivinar del todo lo que le sucedía a tan extraña dama, incapaz de apartar su vista de la lastimera escena hasta que, tras unos segundos, la mujer giró de repente la cabeza en su dirección.

– ¡Es un guiño del destino! – la reciente tristeza parecía hacer dado lugar a una excitación casi mística en aquella señora –. Podré seguir tu camino, que será ahora el mío, tu luz…

El hombre dirigió su mirada hacia el hilo de plata que había estado siguiendo y, al volver de nuevo la cabeza, comprobó como poco o nada quedaba de aquella desesperada persona que había escuchado solo un instante antes. Su cara parecía haberse fundido, como si de cera se tratase, y sus brazos se habían tornado delgados y alargados, extendidos hacia él mientras se acercaba ansiosa y cada vez más rápido.

– ¡Aléjate demonio! ¡No hay camino que puedas compartir conmigo!

Notó como su corazón latía a un ritmo endiablado mientras avanzaba con celeridad, guiado por el tenue resplandor del delgado filamento. Las presencias que antes suponía ahora se transformaban en absolutas realidades que lo observaban, lo envidiaban, lo odiaban, a él que tenía algo que ellos ansiaban, ahora lo veía indudablemente claro: una escapatoria, un medio de salir de aquel maldito lugar.

Aquellas entidades descarnadas surgían de todos lados, intentando alcanzarlo con sus heladas uñas y arrebatarle la esperanza de alejarse de ellos, de su mundo, no quería formar parte de aquello. Sin detenerse ni por un instante, se fue percatando de que el entorno por el que se desplazaba parecía mutar ahora; los edificios, coches y árboles se iban hundiendo en el suelo, engullidos uno tras otro de forma que, en pocos minutos, se hallaba corriendo a través de un oscuro desierto en el que tan solo se distinguían las umbrías siluetas de aquellos fantasmagóricos perseguidores, cuyo número era cada vez mayor.

– Olemos tu miedo desde aquí… – gruñía una de esas cosas –. Pronto lo saborearemos, pronto tendremos tu luz…

Sentía como estaba a punto de desfallecer y, por si fuera poco, observó como sus brazos, sus piernas, toda su ropa, parecía ir apagándose progresivamente, se le estaba acabando el tiempo, aquella oscura realidad se estaba apropiando de él.

– Tan solo un último esfuerzo… – le indicaba aquella misteriosa voz de nuevo –. No te detengas ahora…

Empleó las últimas energías que le quedaban en acelerar aún más el ritmo, con la esperanza de dejar atrás a aquellos entes, intentado alcanzar un objetivo que sentía cada vez más cercano como había dicho esa voz, y supo casi instantáneamente que se trataba de aquel edificio que empezaba a vislumbrar entre la negrura.

Al acercarse más comprobó que se trataba de un hospital. Cuando cruzó la entrada del mismo echó un vistazo sobre su hombro para comprobar con sorpresa que aquellas cosas se detenían, mas mirándolo todavía con un profundo odio.

– ¡Aún conservo mi luz! – chillaba encorajinado –. ¡Nada tengo que ver con este lugar, con vuestra oscuridad!

Subió las escaleras siguiendo el recorrido de la hebra y tratando de recuperar el aliento tras tan tremendo esfuerzo, mientras reflexionaba sobre la extrañeza de todo aquello, de esos seres… ¿acaso se trataría del mismísimo infierno?

A nadie encontró en todo su trayecto por el edificio y, ya en la tercera planta, el hilo lo llevó a un pasillo con habitaciones a ambos lados que iba dejando atrás al caminar en dirección a su destino final: la última puerta a la izquierda.

Una mezcla de miedo y excitación encogió su estómago justo antes de entrar a aquella estancia dominada por la penumbra, la misma penumbra que casi se había apoderado ya de él por completo. Sin embargo, a un lado de la sala, resplandeciendo claramente, observó una cama alrededor de la cual había un grupo de personas en pie: sus padres, su pareja, sus amigos… pero ninguno de ellos parecía poder verlo, como si fueran un reflejo de otra realidad.

Pero lo que más logró sorprenderle fue la persona recostada sobre la cama, aquella que lo había instado a llegar hasta allí y cuya voz no acababa de reconocer, el tipo en el que acaba el hilo plateado que surgía de su propio cuerpo… ¡él mismo!

– Ya casi lo hemos conseguido… Acércate a mí para poder despertar por fin de esta terrorífica pesadilla… – decía mientras levantaba el brazo en su dirección.

Con una sonrisa de alivio en su rostro se encaminó al feliz encuentro con su otro yo, al final de aquella locura, y fue entonces cuando todas las figuras alrededor de la cama empezaron a disiparse, tornándose humo negro y espeso, y un fuerte viento venido quién sabe de dónde le imposibilitaba alcanzar la mano extendida, evitando que pudiera «completarse».

Luchó con todas sus fuerzas, comprendiendo que quizá no tendría otra oportunidad de salir de allí. El filamento resplandeciente seguía allí, uniéndolos con fuerza, pero también apareció una figura tenebrosa y espeluznante, completamente cubierta por una especie de túnica negra y portando lo que a él le pareció una guadaña.

– ¡No, por favor! ¡No quiero morir!

– No es la muerte lo que vengo a traerte hoy – respondió la aparición con voz siseante.

Dicho esto bajó violentamente sus huesudos brazos cortando con la afilada hoja el fino filamento, sintiendo el hombre como aquellas huracanadas ráfagas lo iban alejando más y más de allí, acercándolo a las sombras, a los oscuros entes… a aquel mundo que ahora sí creía sentir como suyo.

El médico observó atentamente a los preocupados padres y a la pareja del paciente antes de empezar a explicarles la situación.

– ¿Entonces hay posibilidad de que se despierte en breve doctor? – le preguntó la madre.

– Como les dije, hay ocasiones en las que los pacientes en esta situación presentan signos que pueden ser indicativos de un cercano cambio en su estado… pero tampoco es algo que suceda siempre por desgracia.

– ¿Nos está diciendo que mi hijo nunca más despertará? – el padre guardaba a duras penas la compostura.

– Es muy difícil de saber.

– Pero… ¿dónde está su mente ahora? – las lágrimas corrían por las mejillas de la novia del chico –. ¿Está soñando? ¿Es eso lo que siente estando en coma?

– Sueño, pesadilla… Solo él mismo podría responderle con certeza esa pregunta, o quizá ni siquiera eso…