Resultaba del todo evidente que no llevaba nada bien aquel confinamiento, y no era la única, ya que a todos les estaba costando adaptarse a aquella situación tan novedosa, debiendo prescindir de la mayoría de cosas que, hasta entonces, solían formar parte del día a día de la población, incluso algunas en las que, por regla general, ni siquiera se pensaba habitualmente, tan solo ahora que estaban prohibidas era cuando se lamentaba su ausencia.

Al principio se trató de las grandes aglomeraciones de personas, después los locales de ocio y los centros deportivos, ahora incluso un simple paseo por el parque o ir a hacer la compra estaba terminantemente prohibido hasta nueva orden, y ya habían transcurrido casi cuatro meses sin que nada hubiera cambiado por el momento… al menos no aparentemente.

– Se me acabó el arroz, ¿te importaría que cogiera algo del tuyo? – como siempre Rachel andaba justa de comida, y eso que aún quedaban casi dos semanas para el siguiente reparto de víveres.

– Puedes coger un poco – contestó algo fríamente Claire –. Pero debes dosificarte algo mejor, quién sabe si se atrasará el próximo avituallamiento, o quizá se anulará…

– ¡Joder chica! Tú siempre tan positiva, deja de asustarme por favor.

Sabía que ese «miedo» le duraría tan solo hasta que su estómago volviera a rugir, pero hacía tiempo que no se quedaba con las ganas de decir lo que pensaba, mucho mejor soltarlo en el momento que guardárselo y que se fuera tornando en rencor.

Se especulaba mucho sobre el origen de todo aquello: génesis natural derivada de las nuevas condiciones ambientales a causa del cambio climático, sabotaje de algún malintencionado experimento genético, incluso había quien creía que el tan temido apocalipsis, tantas veces vaticinado de mil y una maneras, por fin había llegado para castigar el pecado de una humanidad cada vez más desnaturalizada, cada vez más violenta, cada vez menos «humana».

– ¿Oíste lo que dijeron ayer en las noticias de la noche?

– Ya no creo nada de lo que dicen esos farsantes, prefiero dibujar los paisajes que se abren en mi mente – esa era la mejor forma de evasión que conocía Claire, su manera de sentirse libre.

– Dicen que los trabajos sobre una nueva vacuna están casi finalizados, y quizá ésta sí que funcione y lleguemos a…

No acabó de escuchar lo que le decía su compañera de piso, simplemente la oía, como un sonido de fondo, pero sin prestar la menor atención al contenido de sus palabras. En realidad imaginaba que se trataría de lo mismo de siempre, pensando como lo hacía la mayoría desde que comenzó aquella crisis sanitaria mundial, dejándose manipular por los medios de comunicación e intentando creer en cualquier hipótesis que resultara mínimamente esperanzadora y ayudara a seguir adelante.

– ¡No caigáis en la trampa compañeros! – Claire se había suscrito al canal de aquel extravagante tipo que afirmaba tener información privilegiada que los gobiernos pretendían ocultar –. No se trata de nada fortuito, que no os traten como idiotas: ha sido un ataque, ¡estamos en guerra! Todo esto no es más que la represalia por el bloqueo comercial instaurado hace menos de un año para mantener el control económico del mercado energético.

En realidad todo lo que decía tan nervioso personaje, a la vez que se iba enfureciendo más y más conforme el vídeo avanzaba, encajaba perfectamente con la mayoría de hechos que acontecían, pero también la versión oficial que daban las instituciones públicas lo hacían. Probablemente hubiera parte de verdad en cada una de las distintas explicaciones que se daban, aunque una parte mínima juraría ella; fuera como fuera, llegado a aquel punto, a la chica ya le importaba poco o nada aquello, las consecuencias eran las que captaban su atención la mayor parte del tiempo, así como las dudas derivadas de según que extraños acontecimientos de los que casi no se hablaba, camuflados en medio de aquel caos.

Aquel agente biológico había logrado cambiar el mundo en solo un par de semanas, nadie podía salir de casa, habiéndose aplicado la ley marcial por una nueva autoridad instaurada a nivel internacional. Los militares y cuerpos de seguridad eran los encargados de garantizar la observancia de las normas especiales mientras perdurase la situación, así como de asegurar que los trabajadores pertenecientes a los servicios básicos de la comunidad realizaran su labor de forma eficiente, todos ellos siempre enfundados en los trajes de seguridad y usando los sistemas de protección adecuados.

Parecía ser que aquel maldito virus tenía una alta tasa de mortalidad y, por si eso no resultara suficiente, también se trataba de un patógeno sumamente contagioso. Nunca antes se había tenido conocimiento de nada parecido según las noticias, pero toda la información que se daba resultaba muy sesgada, la fuerte impresión de que era mucho lo que no se contaba resultaba evidente.

– A nosotras no nos van a engañar, ¿verdad Chelsea? – su fiel pastora alemana se acercó a la joven para mostrarle su incondicional apoyo mientras se frotaba contra su pierna.

Claire tenía una extraña teoría que había tratado de compartir con algunas personas de su círculo a través de mensajes y llamadas, aunque no parecía que la gente se tomara demasiado en serio sus sospechas respecto al tema.

– Piénsalo Gary, ¿acaso conoces a alguien que haya muerto? – preguntaba alterada –. Al salir a la calle debemos llevar esos trajes pero los políticos y altos cargos militares no lo hacen cuando aparecen en televisión. Y si alguien sale a su azotea a fumar un cigarro: ¿debe enfundarse el «traje espacial»? ¿se lo confecciona él mismo o se lo envían contra reembolso? Ya sabes que se supone que «el bichito» está en el aire y es resistente, así que…

– A ver… No lo tomes a mal ¿vale? Pero creo que tanto tiempo de aislamiento te está haciendo pensar en cosas un tanto alejadas de la realidad.

– ¡Joder! No me estoy volviendo loca, hay muchas cosas que no encajan: cada vez hay menos gente pero nadie sabe de alguien cercano con alguno de los síntomas comunes a la enfermedad, que lleve el cielo cubierto de nubes desde poco después de que esto empezara… y, sobre todo, ese puto ruido.

– Reconozco que estos hijos de puta no nos lo dicen todo, pero de ahí a pensar que el virus es solo una invención con una finalidad retorcida me parece demasiado Claire.

– Es cierto… Quizá tengas razón tío – se rindió la chica, aunque sin abandonar su convencimiento de que todo era una excusa que escondía algo mucho mayor.

– ¿Estarás bien no? – preguntó su amigo algo preocupado.

– Descuida, simplemente debe ser que echo un huevo de menos tomarme una cerveza mientras noto el viento de la montaña en mi cara – trataba de quitar hierro al asunto.

Y es que ninguna explicación le resultaba verosímil con respecto a sucesos tan poco habituales. Trataban de hacer creer a la gente que aquellos nubarrones que los acompañaban día a día desde que empezó la cuarentena eran el producto de una reacción regenerativa espontánea que, de manera natural, intentaba compensar la nociva y prolongada influencia que nuestra industria había tenido en el medio ambiente durante décadas, una manera del planeta de «autosanarse» ahora que las emisiones se encontraban a un nivel mínimo, no visto desde hace más de setenta años.

Sonaba tan idílico que la gente pensaba que, hasta en aquel pésimo escenario, uno se podía encontrar cosas positivas como aquella; el pueblo quería creer pero a ella se le atragantaba la idea de que todos los días y en todos los lugares, el cielo estuviera continuamente cubierto.

Lo del tema de las desapariciones resultaba aún más increíble si cabe ya que, si era aquel virus el que estaba provocando el fallecimiento masivo de la población, ¿por qué no había nunca imágenes de esos cadáveres o de enfermos? También existía una respuesta oficial para aquello y es que, al parecer, intentaban no mostrarlos para evitar un estado de alarma social, tratando de «mantener la tan necesaria calma que nos llevará a superar esta lamentable situación». De nuevo bonitas palabras, pero tan vacías como el resto de argumentos que escuchaba de unos y otros.

Sin embargo lo más extraño de todo, lo que ni siquiera se mencionaba para no tener que darle una explicación racional, era aquel zumbido. Al principio, cuando comenzaba, parecía similar al aleteo de una abeja, pero mucho más potente, incrementando su volumen de manera progresiva hasta convertirse en un horrendo pitido que se introducía en tu mente hasta casi hacerte sentir dolor.

Tras escuchar ese ruido la gente caía en un repentino sueño y, la mayoría, ni siquiera era capaz de recordar este fenómeno o el haber estado dormidos, de forma que, los pocos que como Claire eran conscientes de ello, eran tomados por personas en cierto modo trastornadas debido al prolongado encierro que podían experimentar distintas alucinaciones de tipo sensorial.

También eso había aprendido a silenciarlo, incluso cuando hablaba con sus padres y hermano, ya que no tenía esperanza alguna en que la creyeran. Solo otra amiga cercana había vivido el suceso de un modo similar al suyo, y suponía un verdadero alivio compartir sus impresiones, la prueba de que no se estaba volviendo loca, desafortunadamente ella desapareció poco después de que sonara uno de los dichosos zumbidos.

– Debes comer de manera adecuada, especialmente durante estos días hija – le reprendía su madre –. Y deja de darle vuelta a esa inquieta cabecita tuya.

– Lo intento, pero no puedo dejar de pensar en la gente que desaparece y nadie…

– Que no respondan tus llamadas no significa que se los haya tragado la tierra, quizá se trate de un problema tecnológico nada más.

Lo último que quería era preocupar a sus padres pero, intentando ser metódica, elaboró una lista que incluía todas las personas con las que solía contactar, bien fuera a través de mensajes de texto, llamada de audio o incluso videoconferencia. Pudo comprobar con el paso de los días que, del mismo modo que aconteció con su amiga, todas las desapariciones parecían ocurrir justo después de esos sonidos, que además aparecían cada vez más frecuentemente.

Primero dejaban de contestar los mensajes y llamadas y, un par de días después aproximadamente, sus dispositivos empezaban a aparecer como apagados o fuera de cobertura al intentar contactarles. Casi había perdido ya a tres cuartas partes de sus conocidos y, a pesar de intentar dar una explicación más optimista a lo ocurrido, el miedo la atenazaba cada vez más, pensando que quizá le tocara pronto a su familia, los pocos amigos que le quedaban ya, incluso a ella.

Tras el último zumbido había intentado localizar a sus padres sin éxito alguno, escribiéndole a su hermano obsesivamente y pulsando el botón de rellamada al número de su madre sin pausa alguna. Las lágrimas nublaban su vista y dificultando que pudiera ver la pantalla mientras insistía, y una desagradable sensación de indefensión inundaba su alma, ahogándola con amargura.

– Tranquila Claire – trataba su compañera de calmarla –. Tampoco yo puedo localizar a mi familia pero algo en mi interior me dice que se encuentran bien.

– Rachel, eres una maldita estúpida que nunca se da cuenta de nada – explotaba con una palpable rabia envenenando sus palabras –. No quiero que vuelvas a dirigirte a mí, ¿lo entiendes?

Se encerró en su habitación, sintiéndose afligida, impotente y, sobre todo, desamparada sin el que consideraba su mayor apoyo, tumbándose en la cama y notando como, a su lado, Chelsea intentaba insuflarle algunos ánimos a base de lametones. Al rato, y ya algo más tranquila, reflexionó sobre la última charla con su despistada compañera, sintiéndose en parte culpable por lo que le había dicho, sin que ese carrusel de preocupaciones que fijaban su atención fuera excusa para tal comportamiento.

Decidida, se encaminó al cuarto de Rachel con la intención de disculparse cuando, aún en el rellano de entrada al piso que ambas compartían, aquel estremecedor sonido hizo acto de presencia nuevamente. Se llevó las manos a los oídos en un inútil acto reflejo con el que protegerse de aquello, y en pocos segundos acabó tumbada en aquel duro suelo, sumida en un penetrante sueño.

Los ladridos de la perra lograron sacarla de su sopor y, al observar su reloj de pulsera, se percató de que había permanecido allí tendida durante más de tres horas. Se incorporó aún algo entumecida pero dispuesta a hablar con su compañera, aunque no logró encontrarla en su habitación.

– ¿Rachel? ¿Dónde estás? – preguntaba mientras trataba de dar con ella, sin embargo la joven también parecía haber desaparecido, al igual que sus padres, como muchos de sus amigos, lo mismo que tanta gente.

Saber que la única persona que había tenido cerca durante las últimas semanas se había esfumado le impactó casi más que la falta de respuesta por parte de su familia, y es que allí no cabía ninguna otra posibilidad: algo le había sucedido a Rachel durante aquellas horas. No pudo evitar que la idea de encontrarse absolutamente sola anidase en su conciencia, de manera firme, subyugándola y tornando aquel desasosegante miedo que sentía durante los días anteriores en auténtico pavor.

Fue esa sensación la que favoreció que, en un impulso desesperado, abriese la puerta del piso, bajando las escaleras con Chelsea a su lado, descendiendo planta a planta, prefiriendo que acabara todo en el momento en que saliera del edificio antes que la agonía de estar temiendo que cada minuto pudiera ser el último pero, al poner el pie fuera de la supuesta seguridad que suponía su bloque de apartamentos, no sucedió absolutamente nada.

No sintió ninguno de los rápidos síntomas que debería haber padecido, no pudo observar los cadáveres que se supone que poblaban las calles ya que aún no era del todo seguro retirarlos ni siquiera con protección, ni tampoco se topó con militares o policías mientras caminaba. En realidad no se cruzó con nadie ya que, en la oscura tarde provocada por aquel cielo encapotado, la ciudad parecía desierta, incluso le fue imposible divisar alguna ventana por la que se pudiera ver la más mínima rendija de luz.

Estaba en lo cierto, ahora lo sabía: aquel virus no existía o, si lo hacía, era algo tan diferente y peligroso a lo que habían estado repitiendo a la ciudadanía que prefería no imaginarlo. Su perra no se separaba lo más mínimo de ella, compartiendo ambas esa inseguridad; se sentía tan pequeña entonces, como cuando era niña y se alejaba un poco de sus padres, pero nadie la acompañaba ahora, solo la sombra de una soledad que se agigantaba conforme su improvisada exploración avanzaba. De repente Chelsea comenzó a ladrar enérgicamente.

– ¿Qué… qué notas pequeña? – pensó en ese sexto sentido de los animales, esa capacidad que les permitía anticiparse a según qué sucesos.

Ese sonido, ese odioso zumbido, ese endemoniado ruido que tanto temía empezó entonces de nuevo a sonar, parecía vibrar desde todas las direcciones y, en esta ocasión, ni siquiera hizo amago de llevarse las manos a las orejas. Sus piernas temblaban de un modo exagerado y el animal parecía haber perdido todo ímpetu y se había acurrucado lastimosamente bajo uno de los bancos del parque en el cual los había sorprendido el extraño fenómeno sonoro, que ahora venía acompañado por una luminosidad desbordante que parecía proceder de arriba, traspasando incluso la negra barrera que suponían las nubes.

Caer dormida era la única esperanza que le restaba a Claire, cuyo estado era casi catatónico, más aún cuando, al mirar al cielo, pudo ver como una estructura gigantesca, de tales dimensiones que le resultaba imposible contemplarla en toda su extensión, con una tonalidad oscura y aspecto indudablemente artificial, iba descendiendo paulatinamente mientras la enfocaba con aquel potente haz de luz que parecía atraerla, reclamarla, casi como si flotara hacia la nave…

Horas después, al despertar sin la compañía de su dueña, la pastora alemana aulló al viento durante un buen rato, quién sabe si reclamando la vuelta de su amiga o asumiendo y llorando su pérdida. Tras eso se dedicó a buscar algo que llevarse a la boca o, con suerte, un nuevo dueño en aquel desierto mundo.