Tensión, una enorme inquietud que se respiraba en la cada vez más desierta sala del complejo militar y, dentro de ella, entre otras personas, un alto mando del ejército del aire y el que, hasta hace pocos días, había sido subdirector adjunto del servicio de inteligencia, y que ahora se trataba del máximo responsable disponible del departamento tras la supuesta desaparición de todos sus superiores.

– La velocidad del objeto ha descendido sensiblemente y nuestro caza se le está acercando – informaba el técnico de comunicación.

– Muy extraño esto – el directivo no pudo evitar compartir su reflexión con el resto –. Casi diría que está dejando que nos aproximemos.

– Aunque así fuera no cabe duda de una cosa: sus intenciones son hostiles – más que hablar sentenciaba aquel veterano militar de rostro arrugado –. ¿Hace falta alguna cosa más para que se dé usted cuenta de que no han venido a hacer amigos? No estoy dispuesto a que suceda lo mismo que la semana pasada.

– Señor, la aeronave se ha detenido por completo… El piloto se encuentra a la espera de órdenes.

– En cuanto lo tenga a tiro que lance los misiles – indicó el militar ante el afirmativo silencio en el que permanecía el mando institucional.

En el interior del avión, una desagradable mezcla de impaciencia y presión oprimía al joven comandante tras saber que debía derribar aquella cosa, fuera lo que fuera, y sin poder evitar pensar en cómo sería el ser que gobernará tan avanzada maquinaria, si tendría sus mismas dudas, sus mismos miedos…

– Base, tengo al objetivo dentro de la línea de fuego. Cambio.

– ¡Dispare de una maldita vez! – la impulsividad de aquel impaciente hombre hizo que fuera él mismo quien cogiera el comunicador para transmitir su orden –. ¡Acabe con él hijo!

Al completar la secuencia de disparo, un par de proyectiles de corto alcance surcaron velozmente el cielo guiados por infrarrojos hacia su objetivo, haciendo blanco instantes después de su lanzamiento. En el centro de mando la algarabía fue mayoritaria, aunque duró poco al comprobar que aquella especie de disco metálico continuaba allí, flotando en el aire, impasible tras el impacto, un incómodo silencio se apoderó entonces de todo los presentes.

– ¡Sigue ahí! – exclamaba incrédulo –. ¿Me reciben? Eso sigue apareciendo en mi radar, suspendido en el aire. Cambio.

– Recibido comandante, aguarde nuevas instrucciones. Cambio.

– ¿Qué es ese sonido? ¿Lo oyen? ¡La luz me ciega! ¡Estoy per… perdiendo…!

Se interrumpió abruptamente la conexión con el piloto a pesar de que el pulso perteneciente al avión de combate seguía apareciendo en la verdosa pantalla de coordenadas.

– ¿Qué coño sucede? – la ira provocó que el alto mando perdiera las formas, despojándose de la americana tono caqui de su uniforme y arrojándola al suelo de manera violenta –. ¡Conecte de nuevo con él!

– Lo siento señor, pero resulta imposible recuperar la comunicación.

– Parece que no es ésta la mejor hoja de ruta a seguir – con tono acusatorio rompió el responsable administrativo su autoimpuesto silencio, inalterado a lo largo de toda la maniobra.

Escucharon como el encargado de localización informaba de la progresiva pérdida de altura que experimentaba el caza hasta que, minutos después, dejó de aparecer en el instrumental del centro operativo. Debido a los tan escasos efectivos, tardaron un par de días en saber que, una vez localizados los restos del aparato, no fue posible hallar ningún resto del joven entre los mismos; éste parecía haber desaparecido, como tantos otros militares, civiles, funcionarios… y es que «ellos» no parecían discriminar, hasta en eso demostraban ser más avanzados.

Durante los últimos seis meses, y basándose en estimaciones aproximadas, se había calculado en torno al ochenta por ciento la perdida total de población. Pero bastante antes de eso, justo tras el primer informe de la Agencia de Observación Espacial, los gobiernos acordaron correr una cortina de humo basada en el miedo y la desinformación, tal y como se había hecho en infinidad de ocasiones, aunque ahora a una escala global y sin disponer de demasiado tiempo para ello.

Muchos medios personales y materiales se utilizaron para que, por fortuna para aquellos que movían los hilos, se lograra mantener relativamente tranquila a la plebe, convencida de que un patógeno desconocido, de efectos devastadores y alta capacidad de contagio, se estaba expandiendo por el mundo de manera incontrolada. Unos cuantos estudios de los correspondientes organismos sanitarios, claras instrucciones dadas a los medios de comunicación y personajes más influyentes y una versión oficial común que todos los políticos y responsables de seguridad repetían como papagayos fueron suficientes para confinar a casi la totalidad de la ciudadanía en sus casas como «medida extraordinaria para controlar la enfermedad».

Pero la verdad era bien distinta, buscando solo la forma de tener el mayor margen de maniobra posible en relación a lo que se les venía encima. Ya desde la década de los cuarenta se poseía, en ciertas esferas, información relativa a la existencia de determinados fenómenos, avistamientos e incluso contactos con lo que parecía tratarse de cierta inteligencia ajena a nuestro mundo, no obstante siempre se había tratado de casos aislados, que no supusieron a la postre excesivos problemas para gobiernos o poderes económicos.

Tres eran las colosales estructuras esféricas, presuntamente artificiales a la vista de sus simetrías y trayectorias paralelas, que se dirigían hacia el planeta según lo recogido en el primer documento redactado por la A.O.E., cada una de ellas de no menos de siete kilómetros de diámetro. Además, sin saber a ciencia cierta si poseía relación con este hecho, el clima parecía estar cambiando también, oscuros nubarrones cubrieron en tiempo récord los cielos de continentes y océanos dejando a los meteorólogos sin respuesta alguna que pudiera explicar tan extraño proceso.

Observaciones posteriores corrigieron de forma severa las conclusiones originales, y confirmaron que eran en realidad más de doscientos, y no tres, los impresionantes artefactos que, de manera coordinada, iban rodeando por completo el globo, posicionándose justo sobre la capa de nubes y permaneciendo así a lo largo de muchas horas, como si fuera una partida de ajedrez en la que esperaban el próximo movimiento de su rival. Múltiples y diversos intentos de comunicación se lanzaron sin ninguna respuesta en un primer momento y, tan solo transcurridos unos días, un único y sucinto mensaje fue el que llegó, una «recomendación» bastante directa: NO MOSTRÉIS RESISTENCIA.

A partir de ese momento la actividad resultó frenética, una miríada de pequeñas aeronaves metálicas con forma de platillo recorría la superficie del planeta, como si pretendieran reconocer hasta el más mínimo detalle del mismo. La falta de un criterio unificado en relación a lo que parecía una avanzadilla de exploración hizo que, guiados por el miedo, algunos territorios optaran por intentar derribar aquellos pequeños objetos, pero su tecnología resultaba tan condenadamente superior que en ningún caso se consiguió detenerlos.

Incluso los más osados optaron por atacar directamente aquellas kilométricas naves nodrizas que cercaban su amado hogar, sin embargo parecían estar rodeadas de una especie de campo de fuerza que evitaba que proyectiles o vehículos pudieran acercarse a tan colosales megaestructuras. Igualmente, la opción del armamento nuclear quedo descartada, no tanto porque se considerara una respuesta demasiado desproporcionada y que quizá supusiera peligrosos riesgos, sino porque todo el arsenal atómico parecía haber quedado, de algún extraño modo, inutilizado.

No tardaron demasiado en dar por concluido el reconocimiento del «nuevo mundo» y comenzar con la siguiente fase, esa en la que aún se encontraban, ya solo con exploraciones puntuales como la que había intentado interceptar el piloto del caza. Ahora eran esas grandes esferas las que, mientras zumbaba un extraño sonido audible solo por unos pocos, descendían bajo la capa de nubes y, a través de múltiples e intensos haces de luz, conseguían desmaterializar por completo a las personas que, incomprensiblemente, salían de sus hogares, atraídos casi como las ratas lo fueron en Hamelín, sin siquiera escuchar aquel sonido, o al menos no de manera consciente.

– Teniente general… – la voz del mando de inteligencia transmitía tranquilidad ahora.

– No hace falta que diga usted nada, creo que estaremos de acuerdo aunque solo sea por esta vez.

– Es inútil resistirse, tal como nos decían en su mensaje.

– Hay que aceptar con la misma dignidad tanto la victoria como la derrota – su tono solemne y carismático hizo que, tras abandonar decididamente la base operativa, muchos le siguieran fuera del edificio, entregándose y reconociendo así la superioridad de aquel intratable enemigo.

Todos se sentían asustados pero, a la vez, parecía como si todo aquello no fuera del todo verdad, no podría estar ocurriendo en realidad; esperaban que, al final, acabarían abriendo los ojos de manera dificultosa, tumbados sobre su cama, quizá empapados en sudor tras una mala noche, solo para comprobar que se trataba de un mal sueño, una maldita pesadilla, tan horrenda y agobiante como ninguna otra.

El responsable del servicio de inteligencia no fue capaz de reunir el valor para ir por iniciativa propia en busca de aquel destino que, sin duda alguna, sabia inevitable. Pasó unos cuantos días más en aquel búnker subterráneo en el que había permanecido casi desde el primer contacto, allí disponían de comida y agua suficiente como para mantener con vida a varios cientos de personas durante más de un año.

Deambulaba de un lado para otro, cruzándose cada vez más esporádicamente con el resto de personal que aún permanecía allí dentro, sin saludarse siquiera, solo observando los rostros de quienes habían abandonado cualquier esperanza. Intentaba observar la televisión o escuchar la radio para entretenerse, aún sabiendo que nadie emitía ya en directo, tratándose solamente de grabaciones programadas que llevaban meses repitiéndose, la mayoría con mensajes informativos dirigidos a una ciudadanía ya casi inexistente.

Acabó por ocurrir que, tras horas recorriendo los pasillos y amplias estancias del complejo sin encontrarse con nadie más, supo que solo quedaba él allí, pensando que el momento por fin había llegado, sin ganas de prorrogar aquel calvario.

Se sintió enormemente extraño al salir a la calle, casi ni recordaba como era esa sensación de estar al aire libre, a pesar de que el cielo permanecía cubierto. Caminó con pausa y sin escoger una dirección específica, dejándose llevar y tratando de mantener su mente en blanco, en paz con lo que le rodeaba, un intento de evasión que no pudo conseguir.

Comenzó a oír el zumbido cuando se encontraba en mitad de una de las mayores avenidas de la ciudad, de esas que no dormían ni de día ni de noche tiempo atrás, recorrida por miles de vehículos y viandantes cada hora, pero ahora completamente vacía, quién sabe si no un vestigio futuro de una civilización desaparecida.

Al empezar a molestarle aquel sonido levantó su cabeza, observando la indescriptible estructura mientras descendía y como, poco después, una luz cegadora le envolvía, sintiendo como perdía el control de su cuerpo y, paulatinamente, también el de su mente.

– ¿Por qué? – acertó a cuestionar antes de perder el conocimiento –. ¿Por qué nos extermináis?

– No es un exterminio – impresionado, el hombre consiguió «escuchar» aquella voz, tan neutra, en su interior, dentro de su cabeza –. Se trata de un rescate: os estamos salvando de vosotros mismos.