Aquella magnífica colección de objetos, tan íntimamente relacionados con la historia del séptimo arte, le hacía sentir muy orgulloso cuando celebraba algún encuentro con amigos y, sin pudor alguno, aprovechaba la más mínima ocasión para alardear ante ellos de sus tan preciados «juguetes».

– Esto aún no lo habíais visto ya que lo adquirí el mes pasado – explicaba mientras sostenía un libro algo deteriorado en sus manos –. «¡Atrás, pestilente alma impía! No permitiré…”

– “…que corrompas este tranquilo mundo” – entonaron varios de los presentes casi al unísono.

– ¡No fastidies! Es la de aquella posesión… ¿Cómo se llamaba? – Arnie siempre solía olvidarse del título de las películas, aunque era un as recordando otros detalles de cientos y cientos de filmaciones –. La del director checo, juraría que fue su tercera película y bastante galardonada si no me falla la memoria, del sesenta y dos o sesenta y tres…

– Y menuda interpretación del peculiar sacerdote la que hizo aquel galán francés – añadió Fanny – Belmont…

– ¡Belmont Magné! – concluyó el anfitrión con una sonrisa tan amplia que a duras penas le cabía en la cara –. Y esta biblia es la que llevó en su mano durante muchas escenas de «Nechut’» en lo que fue su única incursión en una película de ese estilo.

Y es que, si no todas las piezas que atesoraba Duncan estaban relacionadas con el género de terror, la mayoría de ellas sí que se encontraban evidentemente ligadas al mismo: un póster original en alemán de la considerada primera producción de horror de la historia, distintos objetos pertenecientes al atrezo de conocidos e importantes títulos, fotografías firmadas junto a fenomenales directores y actores que eran ya veteranos «aterrorizando» a propios y extraños… e incluso, gracias a uno de sus contactos, ¡su aparición fugaz en una filmación un par de años atrás!

Toda la pasión que sentía por esa clase de metrajes lo llevaba a discutir acaloradamente con otros cinéfilos que, a diferencia de él, vilipendiaban injustamente esos trabajos, tratándolos poco menos que de basura y sin considerarlos dignos de atención alguna. A veces, incluso sus amigos, conociendo la vehemencia de sus alegatos, le provocaban un poco para animar los habituales debates cinematográficos.

– Todo esto vale una pasta de cuidado macho.

– No creas Arnie, salvo algunas excepciones no me han costado tanto como pueda parecer.

– Y si lo hubieran hecho tampoco te habrías frenado para conseguirlas – sin ser mal tío, Dan resultaba a veces algo insoportable –. Pero el dinero no todo lo puede ¿eh?

– Con amigos como tú… – inició Duncan.

– ¡No joder! Me refería a lo de la peli maldita, esa con la que nos llevas dando la murga desde el instituto.

No le faltaba razón al joven: aquella había sido la mayor obsesión del tan fiel seguidor del género de terror. Se trataba de una extraña filmación realizada a principio de los años treinta, supuestamente sirviéndose de técnicas no vistas con antelación y con unas interpretaciones magistrales, en especial la de uno de los dos protagonistas, que encarnaba a un extraño vampiro con dotes hipnóticas.

Tras su estreno en Estados Unidos, la producción fue prohibida en infinidad de países en base al tremendo impacto que parecía causar su visionado entre el público, debido al realismo y la violencia que emanaban de cada una de las escenas, hasta se llegó a afirmar que varias personas habían perdido la vida mientras «disfrutaban» de la película.

También se comentó que, fruto de los pequeños espectáculos con fuego y figurantes contratados para que, en los momento anteriores a su proyección en algunas salas, fueran creando cierto ambiente, hubo varios accidentes, varios de ellos moderadamente graves. Los más osados no dudaban incluso en señalar que, en realidad, muchos de los integrantes del reparto no eran actores, sino verdaderos vampiros, pertenecientes a determinada logia de carácter secreto.

Fuera como fuese, y a pesar de que algunos de los hechos en torno a la cinta se encontraban ampliamente contrastados, la mayor parte de los mismos eran de muy difícil o imposible comprobación ya que, por desgracia, no se conservaba en la actualidad ninguna copia del metraje, que fue objeto, en principio, de una caza de brujas por según que sectores sociales entre los que se encontraban diferentes instituciones de carácter religioso y, posteriormente, de un trágico incendio que consumió la que se presumía como última bobina que recogía el trabajo.

– Tengo la impresión de que no moriré sin verla – se decía Duncan más a sí mismo que a sus invitados –. Pero así llevo tantos años y… ¡nada!

– Si lo que se comentó hace un tiempo es cierto, quizá en tres años su disfrute sea de dominio gracias a algún buen samaritano.

– Dudo mucho que la compañía productora comparta tu esperanza Fanny.

Para el joven no merecía demasiada credibilidad esa leyenda urbana que aseguraba que un personaje anónimo poseía un duplicado de la grabación original, aunque estaba aguardando a que llegara la fecha en la que los derechos económicos de la producción expiraran, pudiendo así hacer negocio con su venta. Aún siendo cierta esta rebuscada teoría, él no deseaba esperar tanto para poder cumplir aquel viejo sueño, que se había hecho hueco en su corazón desde que contempló por primera vez esa torpe reconstrucción realizada con los únicos dos fotogramas conservados y una adaptación demasiado libre del guión original, también extraviado.

A lo largo de los años, había tratado de investigar por su cuenta, entrevistándose con personas también apasionadas por dicha búsqueda y ofreciendo incluso una jugosa recompensa al que pudiera brindarle alguna información que le ayudara a dar con la película. Sin embargo ninguno de los resultados había resultado satisfactorio hasta entonces, razón por la cual, poco días después de aquella reunión de amigos, desconfió de manera casi automática de aquella extraña llamada telefónica.

– Déjeme adivinar… – el tono de Duncan era extremadamente irónico –. ¿Pretende que ordene una transferencia a su cuenta antes de proporcionarme esa esclarecedora pista que dice poseer sobre el film?

– Se equivoca usted – replicaba aquella marcada voz con un peculiar acento, quizá ruso, aunque no estaba del todo seguro –. No recibiré dinero alguno hasta usted no sepa si cosa yo digo merece pena.

– Y en caso de aceptar, ¿dónde nos veríamos?

Aterrizaba en Helsinki a las cuatro y medio de la tarde del día siguiente, pero la noche invernal ya había caído sobre la ciudad poco antes de su llegada. Aunque era la primera vez que visitaba Finlandia no estaba interesado en hacer turismo por su capital, al menos no en aquella ocasión, además la cita con el enigmático tipo de la llamada era apenas unas horas después.

Pidió una cerveza en aquel pub, prácticamente vacío, que le indicó su contacto, y apenas le había dado un par de sorbos cuando detectó como, desde la puerta del local, un hombre bastante corpulento y de pronunciados rasgos le hacia un gesto con la cabeza invitándolo a salir fuera.

– Lamento esto, pero mejor nadie escuche yo tengo decirle.

– Me parece algo excesivo quizá – medio protestó Duncan –. Dispara pues, ¿cuánto se pide por la grabación?

– No, no – aclaró rápidamente el otro –. Usted parece no entender: esta gente no interesa en vender, solo interesa en ofrecer usted pueda ver ello por cifra determinada.

– Para que no haya ningún equívoco: hablamos de esa película ¿verdad?

– ¿De qué si no señor? No preocupe, aseguro nadie trata engañar usted – aquel tío debía estar tan poco acostumbrado a sonreír que, al hacerlo como en aquella ocasión, transmitía más miedo que tranquilidad.

– Espero que así sea – contestó el joven tras leer la cantidad escrita en una pequeña hoja de papel que le había pasado el extraño personaje.

– Se trata de objeto de culto, maldito, perdido… ¿Cree usted no merece el esfuerzo?

Obviamente se notaba demasiado su inusitado interés, al haber viajado de manera tan repentina hasta allí por un simple chivatazo sin contrastar, por la ansiedad que había mostrado al conversar con aquel intermediario y a saber por cuántas razones más que ni siquiera era capaz de reconocer en su comportamiento. No obstante tenía claro que la elevada suma de dinero que se había comprometido a abonar tras el selectivo pase de la obra era una nimiedad en comparación a la mágica sensación que parecía dominarle al saber que, en un rato, quizá estaría volviéndose real lo que, en algunas ocasiones, había pensado que debía ser imposible.

Aquel hombre le facilitó los pasos a seguir a continuación y le explicó ciertos detalles generales sobre los propietarios del metraje. Y es que éste no pertenecía a una sola persona, sino a una especie de club social, interesado en aquellos aspectos menos evidente de la ciencia, el arte o la sociedad, soliendo visionar de manera privada la película cada cierto tiempo, casi como si se tratara de un ritual, sin que nadie ajeno a la asociación fuera habitualmente invitado a dicho pase.

Por suerte para Duncan, los fondos de dicha agrupación parecían encontrarse en un momento delicado, habiendo iniciado algunos de sus miembros distintas iniciativas para aliviar dicha situación. Era a causa de esto que, previa aceptación de varias condiciones, se abrían ahora a que un extraño pudiera tener la posibilidad de compartir con ellos tan exclusivo placer.

Sus obligaciones resultaban bastante predecibles: debería renunciar a portar cualquier dispositivo tecnológico durante la sesión, no dirigiría la palabra a ninguno de los demás espectadores, no podría conocer como había llegado la copia a manos de aquella sociedad, no debería compartir con nadie el hecho de haber visto la obra ni tampoco su contenido y algunas otras más de las que seria informado después, pudiendo echarse atrás justo hasta el momento en que comenzara a funcionar el proyector, posibilidad que, de ningún modo, pasaba por su cabeza.

Debía dirigirse a un teatro, cerca del centro de la ciudad, para lo cual tomó un taxi, dentro del cual, durante el rato que duró la carrera y observando el oscuro cielo nórdico, meditó en lo adecuado de aquellas longitudes geográficas, en las cuales apenas se podía observar al astro rey durante cinco o seis horas al día a lo largo de varios meses: el paraíso para los hijos de la noche pensó mientras su rostro mostraba una media sonrisa.

Una vez en el interior de aquel bonito y colorido edificio, esperó a que la función empezara tal como el intermediario le había indicado para, acto seguido, dirigirse a la taquilla, ya cerrada, llamar con los nudillos de la manera más prudente que pudo y, finalmente, cuando una mujer gruesa y de rostro rojizo abrió la pequeña ventanita de nuevo, pronunció las palabras exactas escritas por su contacto.

Ella se apresuró a salir y llegar a su lado, mientras observaba en todas direcciones algo nerviosa, velando porque nadie pudiera verlos y, justo a continuación, lo acompañó por un largo pasillo que acababa en lo que pareció ser una puerta trasera de la edificación, que daba a un callejón poco iluminado en el que se podía observar una limusina negra aparcada.

– Deje ahora celular y ponga esto cara – le decía sosteniendo una especie mascara completamente blanca, con un vocabulario aún más básico si cabe que el otro tipo –. Después conductor lleva.

– Mire, hasta aquí hemos llegado. No pienso dejar aquí mi móvil, y ¿es que se supone que vamos a una fiesta de disfraces para tener que ponerme eso?

– Sí, señor. No llamar, no ver otros caballeros, otros caballeros no ver usted, si cara no tapa debe quedar aquí. Ellos reglas, no mis.

Todo aquel asunto le empezaba a parecer demasiado retorcido, y estaba a punto de dejar pasar aquel tren cuando pensó que, probablemente, no volviera a tener otra oportunidad de montarse, tras lo cual apagó su teléfono antes de entregárselo a la mujer y, de un tirón, cogió aquella inquietantes máscara, con solo dos aberturas destinadas a los ojos.

Perdió levemente la noción del tiempo, pero hubiera jurado que, al menos, estuvo alrededor de hora y media dentro de aquella limusina, con cristales opacos que le impedían ver el exterior o al chófer, y el mecanismo para bajarlos bloqueado. Al notar como el coche se detenía y dejaba de escucharse el ruido del motor supo que, al fin, habían llegado a su destino.

Las arrugas del conductor fue lo primero que vio al abrirle éste la puerta, comunicándole después mediante señas que debía colocarse la máscara, tal como antes le habían advertido en el teatro de Helsinki. Al salir del coche, con su rostro ya cubierto, comprobó que se encontraban en mitad de la nada, solo rodeados por la nieve y enormes pinos que parecían querer tocar el cielo.

Surgieron unas palabras de los labios del viejo que no pudo comprender, pero observó como señalaba a una pequeña cabaña de madera, no detectable a primera vista al estar también parcialmente cubierta por aquella capa blanca y fría.

– ¿Allí? – preguntó incrédulo mientras aquel hombre no paraba de asentir sin que ello le ofreciera seguridad alguna.

Dubitativo, Duncan se dirigió a la única puerta que pudo localizar, accediendo a la humilde construcción y cerrando una vez dentro. No es que notara un aumento demasiado notable de la temperatura, pero al menos ya no tenía que sentir esa gélida ráfaga de viento, lo que le hizo pensar en aquel anciano allí fuera, aunque probablemente ya estuviera dentro del vehículo, seguro que más a gusto que él.

De repente, su cuerpo reaccionó de manera instintiva cuando sintió una fría mano que se posaba suavemente en su hombro y, al girarse en esa dirección, se topo con una blanca máscara y, tras ella, unos ojos que lo observaban de manera calmada. Tardó unos segundos en comprender que debía tratarse de uno de los integrantes de aquella extraña asociación, embargándolo por un momento una vergüenza casi infantil ocasionada por su reciente comportamiento, y pensando que aquel tipo, de pintorescos ropajes, debía estar más acostumbrado que él a ver gente con su rostro cubierto.

Con un gesto de su brazo e inclinando la espalda ligeramente, lo invitó a que descendiera por una maltrecha escalera mientras lo seguía, sin decir ni una palabra, sujetando una pequeña lámpara de gas que iba iluminando el camino. Tardaron muy poco en llegar a una especie de sala, pequeña pero suntuosamente decorada con cuadros, algunos bellos tapices e incluso un par de esculturas; una docena de asientos forrados en terciopelo azul oscuro aparecían orientados hacía una amplia pantalla que ocupaba casi la totalidad de unas de las paredes y, en la contraria, se había habilitado un proyector que parecía ser realmente antiguo, aunque conservado en unas excelentes condiciones.

Poco a poco fueron entrando hombres y mujeres, todos tapando sus facciones con la misma clase de máscara, y también vistiendo de esa extraña manera que había observado en el tipo que le sorprendió en la planta superior. Tras todas sus razonables dudas y las inusuales circunstancias que habían rodeado su camino hasta aquel recóndito lugar, parecía ser que, en breves momentos, podría comprobar si aquello se trataba de un farol o, como deducía, estaba a punto de presenciar la mayor joya perdida de la historia del cine.

Le indicaron cual era su lugar, en una zona centrada y en la segunda fila de las tres existentes, lo que le pareció una buena localidad a priori, y el resto de miembros del club fueron tomando también asiento de forma que, una vez todos en su sitio, las luces se apagaron y el sonido del proyector hizo que el ritmo de su corazón se acelerara por la emoción.

Desde el primer fotograma supo que se trataba de algo auténtico, no había truco alguno, pero el efecto que conseguía en él resultaba mucho mayor del que hubiera imaginado, impresionándolo, sorprendiéndolo e incluso, en cierto modo, asustándolo. A pesar de que estaba totalmente acostumbrado a producciones actuales del género de terror, realizadas con una tecnología mucho más avanzada, había algo en aquellas escenas que nunca había creído notar antes, casi se sentía como el niño que ve su primera película de miedo.

Progresivamente, y conforme avanzaba el visionado, Duncan fue experimentando como aquella sensación de intranquilidad que le provocaba aquella cinta iba en aumento, hecho que se vio potenciado al comprobar como, de una manera sutil, aquellas personas parecían estar más pendientes de él que de la pantalla. Asimismo, cayó en la cuenta de que las anticuadas ropas de aquella gente eran idénticas a las de los personajes del film, como si imitando su modo de vestir veneraran la grabación y a sus protagonistas.

Ese agobio empezaba a resultar inaguantable, la historia en torno a la cual giraba la trama se volvía cada vez más tenebrosa y bizarra, ¡y tan realista! Aún así aguantó estoicamente en su asiento cuando, ya cerca de lo que parecía ser el final de aquella maldición hecha película, comprobó como todos los presentes se iban despojando de sus máscaras.

Las últimas imágenes mostraban como el grupo de vampiros avanzaban hacia el último superviviente que, sabiendo cual sería su destino inmediato, no paraba de temblar. Sin embargo, era el líder de esos seres el que más pavor conseguía causarle a Duncan, su sombrero de copa, esos hipnóticos y hundidos ojos rojos y, en especial, esa espantosa boca babeando, repleta de una infinidad de largos y afilados colmillos.

Al mirar a su alrededor, el joven comprobó como no se trataba solo de sus trajes y vestidos, sino también de sus rostros, los mismos que había estado observando desde hace rato, los mismos que llevaban casi un siglo sin cambio alguno, se encontraban a este lado de la pantalla, y avanzando hacia él.

Giró entonces la cabeza hacia su derecha al escuchar un gruñido muy cercano y, justo a su lado, en el asiento contiguo, acertó a vislumbrar esos rojos ojos fijos en los suyos y la afilada línea de colmillos cerniéndose sobre su yugular… Ni siquiera fue capaz de gritar.