El paso de los años, de las décadas, no parecía hacer mella en los asentados y resistentes cimientos sobre los que los Johnson habían compartido toda una vida repleta de felicidad, comprensión y placidez. Ni siquiera celebraron sus bodas de oro ya que, como ambos solían responder al amparo de sus cómplices sonrisas siempre que se les preguntaba acerca del secreto de tan duradero amor «En realidad cada día se trata de un aniversario, ¿por qué conformarse solo con uno al año?».

A los muchos allegados y conocidos del anciano matrimonio les cogió totalmente por sorpresa el anuncio de la desaparición de Theodore, después de que aquella ventosa mañana de otoño su esposa se percatara de la ausencia injustificada del hombre. No era habitual en él marcharse de aquel modo, y mucho menos sin decir nada o dejar una nota.

– No es propio de Teddy… – el semblante aún incrédulo de la mujer mientras hablaba con el agente Baker reflejaba claramente que aún no parecía asimilar lo ocurrido –. Le ha debido suceder algo, no hay otra explicación…

– Le sorprendería saber la cantidad de estos casos que, finalmente, resultan ser tan solo desafortunados malentendidos señora Johnson – le mintió piadosamente mientras cogía su mano tratando de tranquilizarla.

– Espero que tengas razón pequeño Lewis, ojalá sea así…

Aunque había visto prácticamente de todo desde que ingresó en el cuerpo, en especial durante los primeros años destinado en la ciudad, no pudo evitar un estremecimiento más amargo de lo habitual. Conocía a esa gente desde niño, el bueno del señor Johnson le había devuelto la sonrisa en no pocas ocasiones, reparando los pinchazos en las ruedas de su maltrecha bicicleta y compartiendo las galletas que amablemente les ofrecía la señora Johnson mientras esperaban que el parche aplicado se secara un poco.

Con el transcurrir de las horas quedaba bastante patente que se trataba de algo más que un simple equívoco, y no parecía haber indicio alguno que pudiera ayudar a dar con el paradero del anciano. A pesar de que se empapeló el pueblo y las localidades aledañas con fotografías de Theodore, tratando de recabar alguna información, nadie parecía haberle visto.

– ¿Alguna pista nueva sobre el caso? – aquel tono sarcástico sacaba de quicio a Baker.

– Bien sabes que no Jones – respondió sin dejar de mirar a su desagradable compañero y apurando el último sorbo de café de su taza antes de salir de la comisaría –. A veces no sé qué sacas de esa actitud tuya…

– ¿Sabes lo malo de la ironía? – preguntó aquel destartalado hombre sin esperar respuesta alguna –. Que casi nadie alcanza a entenderla.

– Al parecer no tengo ni conocimiento ni tiempo para tratar contigo.

– ¿Por qué has descartado tajantemente la idea de que ese hombre nunca saliera de casa?

– ¡Venga ya! – le recriminó al instante –. ¿Qué tratas de insinuar?

– No afirmo nada, pero me parece la opción más lógico siendo como es Theodore Johnson un muy conocido miembro de la comunidad.

– ¿Y qué tiene eso que ver? – la duda aparecía, aunque aún de manera leve, en la voz del inspector.

– Pues que me parece extraño que nadie lo haya visto, no se trata de la típica persona que pasa desapercibida. ¡Ese tío es casi tan conocido en la zona como el mismísimo Santa Claus! – rió mientras se retrepaba en su silla.

Durante aquella misma noche Lewis no dejó de darle vueltas al tema. Lo cierto era que, visto de un modo plenamente objetivo, parecía razonable pensar que la hipótesis más probable fuera aquélla que relacionara a la esposa con la desaparición, pero… ¡se trataba de los Johnson! No conocía, ni siquiera en la ficción, historia alguna como la que llevaba protagonizando esta gente incluso desde antes que el naciera.

Además había interrogado a la mujer durante casi media, notando en ella más una aparente incredulidad por lo sucedido que el nerviosismo que sería propio en una persona implicada, de algún modo, en un suceso como aquél. No obstante, quizá su perspectiva del caso sí estuviera en cierto modo influenciada por motivos subjetivos, y fue esta sombra sobrevolando sus pensamientos lo que le impidió conciliar el sueño aquella noche.

– ¡Eh, listo! – se dirigió a Jones la mañana siguiente con ojeras y el cuerpo algo dolorido –. Prepárate, me acompañarás a visitar a la señora Johnson.

Tras llamar al timbre no tuvieron que esperar demasiado para que la puerta de entrada se abriera dejando ver a aquella mujer, de poco más de metro y medio de estatura, regordeta y una sonrisa melancólica en su rostro.

– Buenos días muchachos – saludó a los hombres con el delantal puesto –. ¿Habéis descubierto algo sobre mi Teddy?

– No… em… – comenzó torpemente Lewis.

– Necesitaríamos hacerle un par de preguntas y echar un vistazo a la casa señora – soltó Jones decidido –. Podria negarse, pero conseguiríamos una orden judicial con la que…

– La cortante mirada de su compañero fue suficiente para que no continuara hablando y se limitara a agachar la cabeza en señal de disculpa.

– ¡Nada de eso! – la menuda anciana cogió a ambos de las manos haciendo que entraran con ella a la casa –. Ya le dije al pequeño Lewis lo poco que sabía, pero no tengo problema en hacer lo que sea que pueda ayudar a dar con mi marido.

– Se lo agradecemos muchísimo tanto el pequeño Lewis como yo – Jones ni siquiera se molestó en esconder lo divertido que le resultaba aquel apelativo.

Recorrieron toda la casa en compañía de la mujer sin encontrar nada extraño, y pulverizando el luminol que habían cogido de la comisaría en varias de las estancias de la misma pero sin que éste reaccionara al dejar dichas habitaciones a oscuras. La señora Johnson observaba una y otra vez el proceso con asombro, cuestionándoles repetidamente acerca de como aquel «líquido milagroso» era capaz de detectar restos de sangre.

– No sé para qué coño te hice caso… – mascullaba Baker tras más de una hora de búsqueda infructuosa.

– ¿Acaso tenías otro rastro mejor qué seguir Sherlock?

Sin duda deberían buscar otra línea de investigación ya que, al parecer, no había nada allí que hiciera pensar que hubiera ocurrido algo en el interior de la vivienda.

– Pero, ¿no había más preguntas que debíais hacerme?

– Creo que con esto será suficiente señora – se excusó Jones –. Y creo que debo decirle que soy yo el responsable de todas estas molestias.

– ¿Molestias? ¡Al revés! Agradezco que hayáis venido, me siento muy sola desde que… desde que…

La mujer se llevó la mano a la frente visiblemente afectada, tras lo cual la acompañaron hasta la cocina para que tomará algo de agua y se sentara hasta que se sintiera algo mejor. Mientras aguardaban a que se recuperara, ella insistió en que también ellos tomaran algo.

– ¡Qué menos! – comentó mientras abría la nevera sacando un par de cervezas antes de que pudieran detenerla –. No sé si os gustaran, es la marca que habitualmente bebía Teddy.

– Gracias señora Johnson, pero estamos de servicio y no…

– ¡Tonterías! Coged cortezas, cortezas de cerdo… Las hago yo misma.

A la vez que les acercaba una fuente repleta de ellas, Jones se percató de que en la cocina había bastantes recipientes, una olla preparada para el fuego, carne cortada, verduras picadas y un sinfín de utensilios a lo largo de la encimera.

– Veo que es usted una buena cocinera señora – apunto el policía.

– Desde que mi marido desapareció intento no parar de hacer cosas, para no pensar en todo este desgraciado incidente – la cara de la mujer era todo un poema –. Cocinando lo consigo, al menos durante un rato. Y además reparto la comida por el vecindario, me ayuda a seguir en contacto con la gente ahora que aquí…

– Perdone mi torpeza en los comentarios…

– No te preocupes, se ve a kilómetros que no eres un chico con mal fondo – le contestó –. Debo ir al baño un momento si me lo permitís.

Ambos hombres quedaron sentados en dos sillas altas dándole los últimos tragos a las latas de cerveza. Baker devoraba las cortezas de cerdo pasándole la fuente a su compañero que rechazaba llevárselas a la boca.

– Paso, prometí a mi chica que intentaría dejar de comer carne al menos durante un mes y conseguiré cumplir mi palabra – reconoció a regañadientes.

Ni siquiera sabiendo como una estúpida idea ocupó la mente del hombre mientras miraba la carne cortada a pequeños filetes sobre aquella tabla de madera.

– ¿Queda luminol?

– ¿Co… Cómo? – con la boca llena Baker casi no podía vocalizar.

Sin esperar a que su compañero se lo diera agarró el mismo el recipiente con el producto y fue rociando el suelo y distintas zonas sobre la encimera.

– ¿Se puede saber que cojones haces? ¿No crees que ya hemos fastidiado suficiente a esta pobre mujer después de todo lo que está pasando?

Jones no respondió, tan solo se limitó a apagar las luces y bajar las persianas mientras observaban como una luminosidad azulada emanaba de todos los lugares que habían sido cubiertos por el luminol.

La cara de estupefacción de Baker lo decía todo, pero aún fue peor cuando su compañero, tras observar la nevera, se acercó lentamente a ella para abrirla y descubrir en su interior una cantidad inmensa de tarros y platos, repletos de carne, pero no cualquier carne…

En la segunda vitrina se podía ver claramente como se mantenía fresca una cabeza humana con una mueca de espanto, los ojos lechosos y la lengua fuera, la cabeza del desaparecido señor Johnson junto a lo que, presumiblemente, podían ser otros restos de su cuerpo.

Lewis Baker no pudo evitar vomitarse encima al observar lo que su compañero acababa de dejar al descubierto, tras lo cual ambos hombres, pistola en mano, se dispusieron a detener a aquella atípica asesina… pero no tuvieron manera de dar con ella.

Las pruebas forenses que se realizaron después demostraron que todos los restos de carne conservados en el frigorífico pertenecían a Theodore Johnson y, no solo eso, ya que su esposa se había dedicado a cocinar deliciosos manjares sirviéndose de distintas partes del cuerpo de si marido, muchos de los cuales habían sido consumidos por sus vecinos en los días posteriores a la desaparición.

A pesar de que se organizó un amplio dispositivo de búsqueda coordinando a distintos estamentos policiales y una importante colaboración ciudadana, nada más se supo sobre la dulce señora Johnson, sin que nadie pudiera saber así los motivos que llevaron a tan afable anciana a trocear y cocinar metódicamente el cuerpo del que había sido su compañero durante casi toda una vida.