A toda su familia le resultaba llamativo el hecho de que, a pesar de haber cumplido ocho años apenas unas semanas atrás, demostrara esa pasión desmedida por la lectura, esa forma de ir devorando con avidez libro tras libro, como si no hubiera un mañana.

Pronto dejó atrás los textos más propios de niños de su edad, dando paso a historias un tanto más serías, enrevesadas, incluso desarrollo un especial gusto por relatos oscuros y tenebrosos a pesar del tremendo miedo que éstos le provocaban posteriormente.

– Solo un poco más abuelo, hasta que acabe el capítulo al menos – suplicaba en voz baja para que solo el sonriente anciano, sentado en un lado de la cama, pudiera escucharlo.

– Como se enteren tus padres nos vamos a meter ambos en un buen lío… pero supongo que el capítulo no será muy largo ¿no?

– ¡Gracias! – abrazando a su abuelo no perdió ni un segundo más en volver a zambullirse en la terrorífica historia escrita sobre aquellas amarillentas páginas.

– Te dejo la puerta un poco abierta como siempre ¿vale? – añadió el hombre justo antes de irse –. Y recuerda jovencito: solamente un capítulo más.

Su comportamiento era muy correcto siempre: ni un grito, ni siquiera un mal gesto hacia sus padres, abuelos o hermanos nunca. Todo esto, unido al hecho de que era el menor de la familia y, como suele suceder a casi todos los benjamines, un poco mimado, hacía que se le permitieran ciertos «caprichos», y entre ellos el que más disfrutaba, sin duda, era el de quedarse leyendo hasta bien tarde.

Pero aunque a la postre todos resultaban indulgentes cuando lo cazaban de madrugada aún despierto, su abuelo era quien le permitía siempre un poco más de tiempo para su tan preciada afición. Sea como fuere, siempre había algo más importante para el pequeño Ryan que la lectura durante aquellas horas nocturnas: la luz.

Y es que, por mucho que le fastidiara, podía renunciar, aunque fuera a regañadientes, a sus preciados libros hasta el día siguiente, pero quedarse allí, metido bajo la gruesa manta, solo en aquella habitación que tan enorme a él le parecía, rodeado de una oscuridad que una mente aún tierna e imaginativa notaba tan amenazante, tan espeluznante, resultaba un hecho tremendamente traumático para el crío. De este modo, sus padres permitían que la lámpara de su mesita de noche quedara encendida hasta que el sueño vencía a aquellos grandes ojos color avellana.

Aquella noche, además, era más especial si cabe. Le entusiasmaban todas las aventuras de aquel hábil e intuitivo detective privado británico cuyos trucos y técnicas parecían inagotables, se alegraba tanto de que su tío le hubiera regalado aquellos viejos volúmenes repletos de los más variados casos con los que su admirado personaje tenía que lidiar. Pero aquella historia en particular tenía algo que hacía que se sintiera más profundamente atrapado, quizá fuera su oscura trama, un tanto agobiante, que se desarrollaba en el interior de un viejo castillo, o quién sabe si el excéntrico noble propietario del mismo y que ponía a prueba los conocimientos del investigador.

De cualquier modo, no tardó demasiado en acabar el capítulo y, sin poder evitarlo, comenzó otro más que también consumió casi en un abrir y cerrar de ojos. La trama se encontraba en su momento álgido, haciendo que deseara continuar con la lectura pero sabiendo también que ya había sobrepasado con creces el límite que había pactado con el abuelo, además sus parpados parecían cada vez más pesados, decidiendo así dejar el desenlace para el día siguiente.

Colocó su gastado marcapáginas y dejó el libro sobre la mesita de noche, alargando después el pequeño brazo para beber algo de agua antes de ir a dormir, pero al parecer su madre había olvidado dejarle su taza aquella noche.

Por mucho que repitiera a todos que sus tan amados libros de terror y aventuras no le provocaban ningún miedo la realidad resultaba bien distinta. No quería que sus temores acabaran por privarle de tan inquietantes obras, y por ello no decía ni palabra a sus padres acerca de eso, pero la realidad era que el temor arraigaba firmemente en su mente cuando llegaba la hora de dormir y ciertas ideas, a veces evocadas por pasajes de aquellas negras tramas y otras tantas cosecha de su temerosa imaginación, no paraban de rondarle la cabeza hasta que lograba conciliar el sueño.

No obstante conseguía mantener la situación «bajo control» al amparo de la protección que para él representaba la cálida luz que desprendía su lámpara. Sin embargo, bastaba solo con echar un mínimo vistazo a la oscuridad proveniente del pasillo, filtrándose por la abertura de la puerta de su cuarto, para que se le erizara casi al unísono todo el vello de su cuerpo e incluso notara escalofríos recorriéndolo de arriba a abajo.

– Nunca he oído de nadie que muriera por pasar una noche sin beber agua – se dijo a sí mismo convencido de que prefería mil veces la sed a tener que abandonar la seguridad que le brindaba su habitación.

Además no se trataba tan solo de salir al pasillo ya que la cocina se encontraba en la planta de abajo, por lo que debería descender la escalera, ¡y a oscuras! La instalación eléctrica era antigua y tan solo había un interruptor que controlaba la iluminación entre plantas, y éste estaba justo al pie de la escalera, lo que le obligaría a bajarla entre sombras.

Con la boca muy seca y felizmente resignado con tal de no tener que salir del cuarto se disponía a embutirse entre las sábanas cuando un sonido llamó su atención. Aunque en un principio no logró detectar su origen exacto llegó a la conclusión de que aquel leve e intermitente tintineo parecía provenir de dentro de la casa, incluso, aguzando un poco el oído, hubiera afirmado que bien podría proceder de la planta baja.

Diferentes ideas, a cada cual más escalofriante, surcaban su mente a toda velocidad mientras trataba de averiguar qué era ese ruido y, todavía más importante, quién diablos lo estaba produciendo.

– Seguro que tiene una explicación, solo tengo que encontrarla – aún metido en la cama intentaba armarse de valor mientras el miedo evitaba que hallase esa razonable hipótesis que le aportara una necesaria dosis de tranquilidad.

Una sonrisa asomó a su menudo rostro cuando, repentinamente, asoció aquel sonido al ruido que se producía cuando se brindaba, o bien cuando chocaban platos o cubiertos entre sí. Eso, unido a la costumbre de su abuela de quedarse hasta tarde disfrutando de alguna película que dieran por televisión, le hizo pensar que seguramente fuera ella en la cocina, fregando los platos y, de camino, aterrorizando sin saberlo a su nieto en la planta de arriba.

Mientras caminaba hacia la escalera aún bastante dubitativo recordó como, menos de una semana antes, su abuelo había bromeado con ella a cuenta de su «nocturna afición».

– Por todos los santos Greta, no hay noche en la que te quedes a ver algo en la tele sin que acabes dormida en el sillón hasta las tantas de la mañana – la acusaba mientras guiñaba un ojo a su nieto –. ¿Tan aburridos son los guiones?

– Hasta el más aburrido de ellos es preferible a tus grotescos ronquidos querido – una graciosa risa escapaba de la boca de Ryan mientras escuchaba la socarrona respuesta de su abuela.

Rememorar el episodio casi lo había hecho reír de nuevo a la vez que descendía el primer tramo de escaleras iluminado muy tenuemente por la luz que se filtraba desde su habitación. Ya no era ningún pequeñajo como para temer lo que no era más que un poco de oscuridad pero, a decir verdad, si no hubiera sabido que había alguien más despierto a aquellas horas en la planta inferior probablemente se hubiera conformado con permanecer sediento hasta la mañana.

Seguía escuchando ese tintineo cuando torció a mitad de camino, dispuesto a encarar la segunda mitad del mismo rodeado por una oscuridad bastante más sofocante. Allí no llegaba casi la luz de su cuarto por lo que tuvo que ir bajando muy poco a poco cada peldaño, primero tanteando con la suela de su zapatilla de casa hasta que notaba la fría superficie de mármol y después apoyando el otro pie para repetir la operación a continuación.

Así, sucesivamente, iba bajando paso a paso, sintiendo como las sombras se tornaban más constrictoras y, con ellas, también su miedo parecía retornar del destierro al que él mismo lo había confinado instantes antes. Y es que estaba ya casi al pie de la escalera, pero no parecía haber ninguna luz encendida allí abajo y, a pesar de que su mente intentaba convencerse de que debía existir una explicación para ello, empezaba a sospechar que quizá él era el único en aquella parte de la casa ahora… ¿o quizá no?

Su respiración se aceleraba por segundos; allí, a poco más de un metro del interruptor, pudiendo observar aquella negrura dentro de la cocina, aquel vacío inquietante del que seguía surgiendo ese sonido que conseguía que notara helada la piel de la nuca, ese entrechocar de platos en la oscuridad, sintiéndose demasiado temeroso como para gritar a causa de la reacción que pudieran tener sus padres.

Terminó de bajar con valentía el último escalón y con un rápido manotazo pulsó el interruptor iluminado así el vestíbulo de manera instantánea.

– ¿Ho… hola? – sus piernas temblaban ostensiblemente, incluso ahora que aquel sonido parecía hacer desaparecido.

Tratando de recuperar el aliento y cegado por aquella luz aguardó a que ocurriera algo que diera sentido a lo ocurrido: que apareciera su abuela que estaba a oscuras para no despertar a nadie, o quizá su abuelo gastándole una broma por quedarse hasta tan tarde leyendo… pero nada sucedió durante los minutos que estuvo esperando, con los ojos bien abiertos, sin mover ni tan siquiera una pestaña.

Algo más calmado caminó lentamente, evitando todo ruido que pudieran provocar las suelas de sus zapatillas, y entrando en la cocina después de encender también el potente fluorescente instalado en su techo. No paraba de mirar a todos lados, de intentar escuchar algo, pero tan solo el silencio parecía acompañarle allí abajo, pero no uno cualquiera, era esa clase de silencio extraño que parece indicar de manera sutil que algo no va del todo bien, la calma tensa que suele preceder a toda tempestad.

El crío, en un tremendo ejercicio de entereza, tomó su taza de plástico decorada con una bandera pirata y la llenó de agua, volviendo tras sus pasos y apagando la luz de la cocina con aparente decisión, apresurándose tras ello a llegar de nuevo al pie de la escalera sin mirar atrás ni un solo instante, como si estuviera huyendo de la mismísima Sodoma.

Recorría su cuerpo una sensación nueva para Ryan, mezcla de emoción y terror, mientras observaba de nuevo la cocina en la que había estado segundos atrás y reflexionaba sobre todo lo ocurrido o, más bien, todo que el creía que había ocurrido ya que todo aquello resultaba tan sumamente chocante que cabía la posibilidad de que fuera su propia mente la que trataba de jugarle una mala pasada.

– Demasiadas historias de terror, papá tenía razón – mascullaba preparándose para volver a su habitación.

No las tenía todas consigo cuando volvió a pulsar el interruptor y se lanzó a toda velocidad a subir las escaleras hostigado de nuevo por la agobiante penumbra. Y es que, justo tras el «clic» que hizo que la luz se desvaneciera, volvió a escuchar como entrechocaban los platos en la cocina, pero esta vez de un modo mucho más violento y continuo, como si, fuera lo que fuera aquello que provocaba tan horripilante fenómeno, tratara de decirle algo, una especie de mensaje:

– Hice que bajaras, te estuve observando en la cocina y sigo estando aquí, contigo, bajo el mismo techo, esperando el momento idóneo para atraparte, sin que nadie te pueda ayudar…

Tan aprisa intentó subir los escalones que tropezó golpeándose en la boca y provocando que se le rompiera un diente, pero ni siquiera aquel tremendo dolor hizo que se detuviera, incorporándose casi automáticamente y no parando hasta estar metido en su cama, cubierto totalmente por la manta mientras temblaba y sollozaba, tan asustado que incluso se había orinado encima.

De esta guisa lo encontró su madre a la mañana siguiente, preocupándose en un primer momento al percatarse de su accidente y después, tras explicarle su versión de lo ocurrido, enojándose enormemente y culpando a sus lecturas de esos estúpidos miedos que habían terminado con un diente roto y un pijama empapado.

Todo terminó con la prohibición de leer cierta clase de libros hasta que no fuera más mayor, prohibición que, por otro lado, quedó olvidada meses después pudiendo continuar disfrutando de aquellas oscuras obras que tanto le atraían. Pero sin embargo aprendió la lección y nunca volvió a hablarle a nadie de aquella noche, de lo sucedido, a pesar de que eran muchas las ocasiones en las que, mientras leía de madrugada en su cuarto, volvía a escuchar aquel repiqueteo, aquel sonido que creía que le perseguiría durante el resto de sus días, provocándole, burlándose, como si le llamara diciéndole:

– Aunque nadie te cree yo sigo aquí esperándote…

Comprendió que debía vivir con ello por difícil que fuera, y esa pesadilla recurrente que empezó a tener tras aquel desgraciado incidente lo hacía más duro si cabe, potenciando todos los terribles recuerdos que aún le atormentaban. En ella él bajaba las escaleras, tal como lo había hecho entonces, y al llegar al final de las mismas quedaba paralizado, incapaz de moverse, sin capacidad alguna para gritar, tan solo pudiendo observar como algo, quizá una criatura, presencia o ente que era incapaz de describir pero que le aterraba sobremanera, se acercaba a él, lentamente, paso a paso, jactándose, disfrutando el momento, como si se alimentara de su desesperado miedo hasta que despertaba y conseguía liberarse de aquel onírico sufrimiento.

A partir de entonces él mismo se encargó de preparar metódicamente su taza de agua antes de ir a la habitación cada noche y logró convencer a sus padres para que le permitieran cerrar la puerta de su habitación por completo, incluso en verano a pesar de las elevadas temperaturas, argumentando que los ruidos del resto de la familia le resultaban un tanto molestos pero tratando en realidad de amortiguar aquel maldito tintineo que congelaba su sangre noche tras noche.

Si bien en un principio nada parecía dar resultado, el pequeño de armó de valor y paciencia logrando que, poco a poco, tanto aquel ruido como las pesadillas fueran siendo menos habituales, hasta el punto de llegar a desaparecer tiempo después, como si nunca hubieran existido. En realidad llegó a dudar si en realidad aconteció de aquel modo o tan solo había vivido una ilusión creada por su infantil mente, tan sobreestimulada y sugestionada por cientos de relatos de terror.

Aquel niño, el pequeño Ryan, se hizo abogado muchos años después, formando parte de uno de los gabinetes más afamados del país y conocido ahora como «Señor Artwood» entre sus colegas y clientes. Todos destacaban la seguridad y entereza con la que encaraba los casos, como si no temiera a nada ni nadie, siempre con un argumento lógico y convincente que le ayudaba, por lo general, a decantar la opinión de juez y jurado a su favor.

Pero esta noche el Señor Artwood, el mismo que está escribiendo esto recordando aquel maldito trauma de la niñez que ya creía superado, vuelve a ser el asustadizo niño de hace décadas, el miedoso Ryan sintiendo que nada ni nadie le puede ayudar.

Y es que solo dentro de mi lujoso apartamento de los suburbios, metido en la cama y tapado hasta las cejas, estoy escuchando como los platos en la cocina chocan fuertemente los unos contra los otros haciéndose añicos y las puertas de los muebles se abren y cierran a toda velocidad con golpes secos que están consiguiendo hacerme enloquecer.

Lo peor de todo es que ya no imagino o intuyo el posible mensaje que toda esta locura encierra, ahora lo puedo oír nítidamente dentro de mi cabeza, como una especie de reproche o amenaza que ha estado mucho tiempo esperándome:

– ¿Pensabas que no te encontraría? ¿Acaso te habías olvidado de mí, pedazo de mierda?