Llevaba ya un buen rato caminando desde que saliera de casa y, durante la última media hora, no me había cruzado absolutamente con nadie, excepción hecha de un desaliñado y sucio perro callejero que se había quedado observándome durante unos segundos, como si tratara de adivinar las intenciones que podía albergar tan solitario caminante.

A pesar de no tener muy claro el lugar al que me dirigiría, inconscientemente mis pasos me habían ido guiando hasta allí. Quizá fuera simple casualidad o tal vez que los bonitos recuerdos que tenía asociados a aquel pequeño rincón del mundo habían tirado de algún modo de mí, pero el caso es que, casi sin darme cuenta, mis azuladas zapatillas deportivas ya estaban avanzando por la algo pedregosa arena de aquella playa.

Relajado me acerqué un poco más a la orilla, escuchando el batir acompasado de las olas y el ocasional graznido de alguna de las gaviotas que revoloteaban en busca de algo que llevarse al pico. No pude evitar envidiar un poco la tranquilidad y libertad que transmitían mientras las observaba, pensando que aun siendo la especie «más evolucionada del planeta» el ser humano parecía haber perdido según qué valores, según qué importantes privilegios, que todavía ostentaban con natural orgullo aquellas aves. Pero pronto todo ello dejaría de importar…

Por suerte no duró mucho la preocupación, más bien al contrario, ya que no podía evitar que una sonrisa asomase a mi rostro al sentirme un privilegiado por poder disfrutar de tan bello y desierto entorno mientras, en el caos reinante en la ciudad, la gente a buen seguro estaría arremolinándose en edificios oficiales, iglesias y viviendas presa de un frenesí demencial del que nadie parecía poder escapar.

Me senté a unos metros del rompeolas, desde donde pude deleitarme con ese aroma tan peculiar del mar. Un olor que me había acompañado desde muy pequeño, mientras disfrutaba de esas jornadas familiares de playa con mis padres y hermanos, sorprendiéndome con casi todo lo que iba descubriendo allí, bien fuera un pequeño y despistado cangrejo o los restos de cristal descoloridos y gastados por la acción del sol y las olas que se afanaban en recolectar.

Ahora lo sabía sin ninguna duda, eran sensaciones como esas las que me habían hecho ir a la playa, aquélla que tanto me había asustado de crío cuando aún no sabía nadar, y ya no tan niño al observarla oscura y solitaria durante las frías noches invernales.

Ya en la adolescencia recuerdo las reuniones de amigos, a veces en los rincones más escondidos, donde nadie pudiera sorprendernos cuando tosíamos tras darle nuestras primeras caladas a un cigarrillo sisado a alguno de nuestros padres, o bien con los mofletes colorados por el efecto de la cerveza.

También los torpes besos con aquella chica, pensando que sería la primera y la única. ¡Qué osada es la inocencia! Vinieron bastantes más, y no fueron solo besos lo que compartimos, suerte que los granos de arena y rocas no pueden hablar…

Allí sentado enfrente de la orilla me vinieron a la mente otras muchas vivencias, la mayoría agradables, aunque no todas. Sin saber porqué me acordé de aquella ocasión, a principio de un verano, cuando un señor mayor entró en el agua y, al poco, su esposa reclamaba ayuda ya que el hombre parecía haber tenido alguna clase de problema.

Los socorristas actuaron con celeridad y diligencia, pero, tras practicarle las maniobras de reanimación cardiopulmonar durante largos y tensos minutos, comprobaron que no habían logrado salvar su vida. Antes de que la ambulancia, que acudió poco después, se lo llevara, pude ver la mueca desencajada de aquel hombre, su cara totalmente azul, una imagen que nunca podría olvidar.

Me sorprendí jugando con la fina arena mientras rememoraba el desgraciado suceso. Era un día espectacular, soleado aunque no demasiado caluroso, y el mar estaba en calma debido a que la brisa que soplaba era sumamente leve, incluso agradable a su modo de ver.

Y es que se disfrutaba muchísimo de aquellos días otoñales, cuando el invierno aún parecía un mal sueño que nunca llegaría, y apetecía pasear descalzo por la orilla, perdido en divagaciones sin importancia o simplemente dejando la mente en blanco mientras los pasos se sucedían, plasmando las huellas de los pies que el agua marina se encargaría de borrar poco después.

Aunque que nadie me malentienda porque, muy a pesar de lo que acabo de compartir sobre los días calmados, siempre me he declarado un ferviente admirador de las tormentas y vendavales. Me resulta casi hipnótico contemplar la fuerza de la naturaleza al ir rompiendo aquellas enormes olas, transformando por completo todo lo que alcanza, demostrando lo insignificantes que somos en comparación a lo que nos rodea, muy a pesar de lo que pudiéramos pensar.

Sin duda era un gran lugar, el mejor para pasar aquellos últimos momentos. Me sorprendió bastante encontrarme solo allí, mas no me importaba en absoluto, la verdad es que lo agradecía, hacía que el momento resultara más íntimo y especial. Probablemente el miedo provocaba que la gente buscara alguna clase de «milagro», un refugio en el que poder salvarse de algún modo y, desde ese punto de vista, sí que no parecía un espacio abierto la mejor opción para permanecer con vida tras lo que se aproximaba.

El móvil comenzó a sonar, pero ni me molesté en responder, tampoco en silenciarlo o cortar la llamada: lo apagué directamente. Esos últimos minutos serían solo para aquella playa y para mí, no quería a nadie más, me despediría como era debido, sin compartir el momento, probablemente una manera bastante egoísta pero no era capaz de imaginar ninguna mejor.

Un extraño silbido, que sonaba lejano, me hizo saber que acababa de iniciarse todo. Observé el precioso cielo celeste que había brindado aquel día de octubre y, minutos después, me percaté del movimiento de varios objetos, con trayectorias diversas. Nunca habría pensado que armas tan devastadoras tuvieran un aspecto tan «corriente», probablemente la culpa la tenían esas malditas películas, tan sensacionalistas que le hacen imaginar a uno las cosas de manera demasiado fantasiosa.

Finalmente empezaron a estallar todas las bombas, a lo largo del horizonte se podían ver los hongos nucleares provocados por la colisión de las mismas, y no tuve que esperar demasiado para que, aún sentado tranquilamente en la fina arena, me desintegrara por completo una de aquellas mortales ondas expansivas.