– ¿Es que no somos lo suficientemente buenos para sentarte a nuestro lado?

Como de costumbre no prestó, o para ser más exactos, no demostró prestar ninguna atención a las palabras del grupo que habitualmente se reunía en aquel rincón algo escondido de la plaza a última hora de la tarde, cuando ya casi el sol tocaba a retirada y los locales del pueblo iban echando el cierre.

– Quizá su señoría gusta más de un buen champán francés que de este humilde vino de mesa que a nosotros nos hace olvidar – se burlaba uno de esos indeseables mientras el resto reía como auténticas hienas –. ¡Mis disculpas «monsieur»!

– ¡Eso, eso! ¡Perdónanos! – graznaba una y otra vez el más palurdo de aquellos desdichados.

No eran sin embargo las chanzas de aquella gente el mayor de sus problemas, notaba el pecho helado y oprimido al respirar profundo y las articulaciones le dolían cada vez más, de modo que caminar se tornaba un auténtico martirio. Estaba claro que su salud llevaba muchos años sin ser sobresaliente, pero aquel condenado tiempo de perros que venían sufriendo durante la última semana había logrado que empeorara de manera importante, y además no parecía que las lluvias fueran a cesar por el momento.

Alrededor de un mes llevaba en aquella tranquila localidad después de decidir abandonar las calles de la ciudad tras recibir golpes e insultos en varias ocasiones por parte de unos cuantos niñatos cobardes que parecían haberla tomado con él mientras pasaba la noche en un cajero automático o bajo uno de los muchos puentes que allí se alzaban. Sin duda estuvo contento con el cambio durante las primeras semanas, la decisión se antojaba acertada ya que, a pesar de que había menos lugares en los que resguardarse durante las horas nocturnas, el municipio no era nada bullicioso y la gente resultaba por lo general caritativa, obteniendo casi siempre algo que llevarse a la boca.

Tampoco tenía mala relación con los demás sintecho, excepción hecha de «la cofradía del tetrabrik» como ellos mismos se hacían llamar. Trataba de no intimar demasiado con nadie, prefería la soledad a decir verdad, sin estar muy seguro de si esto se debía a la costumbre que arrastraba durante tantos años de deambular sin compañía alguna o por su extraña y algo huraña personalidad; aun así solía ser siempre cortés, saludando a aquellos con los que compartía tan tristes circunstancias, pero poco más que eso, salvo con Tea…

– «Cuán fuerte ríe el estúpido» – espetó la mujer refiriéndose al grupo que seguía alborotando.

– «A palabras necias…» – respondió él tirando también de refranero.

– ¿Qué tal todo Harper? Te noto cansado.

– No dejas de asombrarme amiga mía, tu falta de visión no evita que seas más consciente que el resto de todo lo que nos rodea. A saber de qué serías capaz si no fuera por esa dichosa ceguera tuya – esta última frase consiguió arrancar una sonrisa de la arrugada cara de la anciana.

Se sentó en el bordillo junto a ella y pasaron un buen rato de charla en el que debatieron sobre diversos temas. Mientras compartía un pequeño trozo de bizcocho que había rescatado del interior de un contenedor días atrás le confesó sus preocupaciones respecto a aquellas dolencias que venía sintiendo últimamente.

– Quizá deberías plantearte buscar un sitio nuevo para dormir, ese banco que ocupas podía resultar adecuado antes, pero no te resguarda de la lluvia. Mírate, aún estás calado de anoche – dijo señalando sus gastados y húmedos ropajes –. Debe ser un milagro que no hayas cogido una gripe, ¡o algo peor aún!

– Conoces el pueblo mejor que yo, ya sabes que no hay muchos lugares que resulten seguros donde pueda acoplarme.

– Esos imbéciles pueden llegar a ser insoportables, pero bien es cierto que no tienen mal corazón. Apuesto a que te harían un hueco en la puerta trasera del mercado, está techada y el agua allí no te…

Pero Harper negó con la cabeza de manera casi automática, absolutamente decidido a no compartir noche con esa gentuza recordando la mala experiencia que vivió al hacerlo a su llegada a la localidad, cuando los sorprendió tratando de robarle la poca comida que tenía y varios recuerdos familiares de incalculable valor sentimental para él mientras dormía.

– Al final creo que probaré en el antiguo apeadero, tampoco es que sea demasiado supersticioso – ahora fue la vagabunda la que movió la cabeza de lado a lado y se santiguaba cogiéndolo de la manga de su chaqueta de pana.

– Para ninguna cosa es buen lugar aquel, está tocado por el mal fario. ¿Y si tratamos de pedir a los vecinos que te dejen usar algún almacén o garaje al menos durante los días de tormenta?

– Te lo agradezco Tea, de verdad, pero no me gusta deber nada a nadie – aunque las palabras del hombre resultaban sinceras, era demasiado orgulloso como para pedir un favor o que lo pidieran para él, y mucho menos a desconocidos.

Su amiga no se dio por vencida, intentando convencerlo de mil modos distintos mas sin parecer conseguirlo. Harper no tardó en despedirse de ella abrazándola con afecto y, viendo que estaba realmente preocupada, mintiéndole al decir que buscaría otro lugar diferente que le sirviera de refugio en las horas de oscuridad.

– ¿Sabes qué vieja amiga? – acertó a decirle volviéndose cuando ya había empezado a alejarse de la mujer –. No recuerdo la última ocasión en la que alguien se preocupara de ese modo por mí, sin duda serías la persona a la que daría lo poco que tengo si me sucediera algo.

– ¿Te refieres a esos agujereados pantalones tuyos? No creo que sean de mi talla – bromeó algo más relajada al saber que, supuestamente, había abandonado la idea de pasar la noche en aquel sitio.

De camino a la fuente, donde habitualmente se aseaba un poco antes de ir a dormir, no pudo evitar recordar la desafortunada historia que aconteció en aquel apeadero, ahora en desuso, y que motivaba todas las leyendas que tanto asustaban a Tea y, al parecer, a la gran mayoría de habitantes de la localidad.

Y es que el pueblo, a pesar de su reducido tamaño, se encontraba en el trazado de una importante ruta comercial que comunicaba la costa con la ciudad a través de vías ferroviarias teniendo su propio apeadero que, si bien no solía albergar demasiada afluencia de pasajeros, sí era utilizado para maniobras de cambio de turno de maquinistas, sustitución de vagones de mercancías y demás actividades relacionadas con el transporte de materiales, ya que era principalmente madera y mineral lo que se solía trasladar.

Al parecer, aquel tramo en concreto había resultado un tanto polémico desde su creación debido a las quejas de algunos maquinistas, que argumentaban que la mala calidad de los compuestos con los que se fabricaron las vías y la peculiar orografía del terreno habían provocado que en diversas ocasiones estuvieran a punto de descarrilar, especialmente cuando las condiciones meteorológicas se tornaban más adversas.

Como suele suceder en estos casos no se tomó ninguna medida pese a las reiteradas advertencias de los trabajadores debido a que los responsables no lo veían necesario ni tampoco estaban interesados en que se incrementara el gasto en infraestructuras mermando así el jugoso beneficio que venían percibiendo por una actividad que parecía ir viento en popa. Lamentablemente, en una lluviosa noche de diciembre, uno de los trenes, cargado hasta los topes de material y pasajeros, descarrilló en la curva que precedía al apeadero de la localidad dando lugar a un espantoso accidente con trágicas consecuencias.

Las autoridades pusieron todo su empeño en suavizar las informaciones que se fueran facilitando a la prensa sobre el terrible suceso para que la línea no fuera paralizada. Había demasiados intereses en juego y se debía controlar el impacto de la noticia, de modo que la cifra oficial de fallecidos que se fijó fue de tan solo diez personas, aunque en realidad todo el mundo por los alrededores sabía que el número de muertos como poco cuadruplicaba la decena que recogían los periódicos.

Con el paso del tiempo todo parecía irse olvidando como si de un mal sueño se hubiera tratado, el trazado de la línea fue modificado construyendo un nuevo tramo que dejó al pueblo sin tránsito ferroviario alguno y al apeadero como un solitario edificio abandonado a las afueras. Fue poco después cuando comenzaron las habladurías, los rumores y los miedos de los vecinos.

Al principio todos eran reticentes a compartir aquello que parecían haber visto, nadie quería ganarse la fama de loco en un lugar tan pequeño y estar señalado de por vida, pero desde que un pastor relató aún claramente impactado en una concurrida taberna lo que acababa de presenciar minutos antes fueron innumerables los testimonios de quienes aseguraban haberse topado con el mismo fenómeno.

Con lágrimas en los ojos, el hombre indicó que aquel día se había demorado un tanto en su labor y le sorprendió la noche al volver a su casa tras encerrar el rebaño. Ya cerca de la entrada del pueblo le llamó la atención algo en la lejanía, en dirección al valle que bajaba de las montañas y, al mirar en aquella dirección pudo distinguir lo que parecía una sucesión de pequeñas luces titilantes, todas ellas en fila, que parecían avanzar en dirección al antiguo apeadero.

Reconoció que en un primer momento le pudo el temor pero, tras dar un generoso trago a la petaca de aguardiente que siempre solía llevar sujeta al cinturón, se decidió por acercarse un poco más a ver qué tramaban los miembros de tan peculiar comitiva. Se metió en el espeso cañaveral que lo separaba del lugar y avanzó con celeridad pero tratando de no hacer ruido alguno que pudiera desvelar su presencia a aquella gente de tan extraños hábitos nocturnos.

Un par de minutos después, al asomarse entre las cañas, pudo comprobar horrorizado que no eran personas las que portaban esos cirios que no parecían apagarse a pesar de la incesante lluvia que descargaba sobre el lugar, se trataba de unas horripilantes sombras, decenas de ellas, profiriendo lamentos y avanzando al unísono mientras el pastor observaba el tétrico espectáculo estupefacto. En un momento dado todas se detuvieron a la vez, volviéndose hacia el punto donde el hombre estaba oculto, fue entonces cuando pudo ver sus rostros, si es que se les podía llamar así, entrando en un estado de pánico total cuando se volvieron a poner en movimiento, pero esta vez dirigiéndose hacia él.

Corrió como nunca antes lo había hecho, sin valor siquiera para girar la cabeza y comprobar si le seguían muy de cerca, notando como su corazón estaba a punto de salirse por la boca, pero prefiriendo morir extenuado a que lo alcanzaran aquellas cosas. Tan solo se detuvo cuando entró a la taberna gritando fuera de sí y empapado en un sudor tan frío como el hielo.

Nunca lo reconocería a nadie pero, después de que Tea le relatara la historia, Harper quedó un tanto asombrado con el relato. Quizá fuera por su contenido, o tal vez fue la apasionada manera en la que su amiga se lo había ido contando, pero el caso es que despertó cierta sensación de incertidumbre en su interior aquel día y rehusó su idea original de instalarse en el apeadero durante las noches.

Pero la verdad es que el malestar físico que le provocaba aquella lluvia interminable había conseguido que se replanteara esa decisión. Él había vivido casi siempre en la ciudad, y era bien sabido que la gente de los pueblos solía ser extremadamente supersticiosa, incluso asustadiza se atrevería a decir, no le extrañaría nada que aquellas historias no fueran sino un modo de mantener alejada a la gente del apeadero que, a pesar de no estar en uso, seguía siendo un edificio público que debía mantenerse en buen estado.

Sumido en estos pensamientos fue saliendo el vagabundo del pueblo, en dirección al temido lugar y con la esperanza de que le valiera de refugio contra la tormenta. No pudo evitar acordarse también del comentario que le oyó soltar a un joven sobre el tema mientras fumaba un cigarro con sus amigos cerca de la iglesia del pueblo: «Quieren vengarse por haber ocultado sus muertes, quieren dejar de ser nadie».

– Dejar de ser nadie… Con lo a gusto que estoy yo siendo nadie – sonrió un tanto melancólicamente Harper.

Pocos minutos después estaba llegando a su destino. El apeadero no era especialmente grande y estaba compuesto tan solo por dos viejas edificaciones, obviamente cerradas a cal y canto, y el andén, protegido por una visera que hacía que el agua no llegara al empedrado que formaba su superficie.

– Esto es perfecto, todo lo que necesito, un sitio seco en el que descansar – extendió varios cartones en el suelo, puso encima la vieja toalla y se tumbó allí mismo, pegado a la fachada de la construcción más pequeña, tapándose con la gruesa manta hasta la cabeza.

Breves momentos después el hombre ya estaba dormido aunque sumido en un sueño un tanto desagradable e intranquilizante que se prolongó durante unas horas hasta que un extraño sonido consiguió que despertara de manera repentina. Mirando alrededor no fue capaz de detectar el origen de ese ruido, llegando a dudar si sería algo real o tan solo una parte de aquel desasosegante pesadilla que había estado sufriendo.

La lluvia seguía arreciando de una manera tan violenta que parecía que el mismo cielo fuera a caer, pero salvo el repiquetear continuo de las gotas al golpear el suelo, los tejados de las edificaciones o ese saliente bajo el cual se resguardaba, Harper no pudo percibir nada más.

Sin saber porqué exactamente decidió incorporarse, quizá fuera una corazonada lo que le llevó a encaminarse hacia al borde del andén, quién sabe, pero el caso es que al echar un vistazo pudo observar en las cercanías del apeadero, justo al lado de las vías, algo que le obligó a restregar sus ojos con su sucia mano, seguro de que aquello que ahora estaba a no muchos metros de él no podía ser más que una alucinación.

Al volver a mirar sin embargo comprobó como seguía allí aquella serie de sombras aterradoras, amenazantes y de aspecto escalofriante que se iban acercando al apeadero portando lo que parecían ser unas velas, una tétrica fila de luces que estaba cada vez más próxima, compuesta por hombres, mujeres e incluso niños, con una palidez espectral que hacían que al bueno de Harper se le helara la sangre.

Aún sin ser capaz de digerir aquel lóbrego espectáculo que se desarrollaba frente a él volvió a escuchar aquel sonido que le arrancó del sueño, ahora de un modo bastante más nítido y cada vez más fuerte. No tardó en comprobar que era lo que lo producía al ser testigo de lo imposible.

Tras la fantasmagórica comitiva, justo a continuación de la fatídica curva en la que mucho tiempo atrás se produjo la terrible catástrofe, empezó a aparecer la enorme silueta humeante y blanquecina de un tren, uno que nunca llegó a su destino al igual que muchos de sus pasajeros, pero ahora tanto uno como los otros parecían querer llegar al andén en el que un solitario vagabundo temblaba y se lamentaba por no haber hecho caso a los sabios consejos de una amiga.

A duras penas pudo apartar la vista de las vías y empezar a desplazarse lo más rápido que pudo hacia el otro extremo del andén, intentando con todas sus fueras alejarse de tan terrorífica escena. La mezcla del chirriante sonido que provocaba aquella enorme máquina venida de otro mundo, de otro tiempo, y los gritos y lamentos de las sombras clamando una justicia que nunca encontraron en vida parecía cada vez más pegada a Harper, lo que aumentaba su estado de ansiedad mientras huía, llegando incluso a caer al suelo lastimando severamente sus rodillas y manos.

Con todo aquel dolor en articulaciones, pecho, y casi cada rincón de su cuerpo, se incorporó retomando su fuga desesperada y pudiendo divisar segundos después a una persona en la parte más alejada del apeadero, justo en la dirección que estaba siguiendo.

– ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Ayúdeme, se lo suplico! – gritó desesperado mientras trataba de acercarse a toda prisa.

Y cuando finalmente llegó allí, cuando pudo observar con más detenimiento aquella figura, que parecía vestir una especie de uniforme antiguo, descolorido, putrefacto, que el hombre creyó que bien podía haberse tratado de un trabajador ferroviario, se percató de que no había vida en su interior, de que quizá hace mucho la hubo, pero ahora tan solo encerraba un sobrenatural sentimiento de odio, venganza y maldad.

Su cuerpo dijo basta cuando sintió como todas aquellas sombras lo rodeaban, lo acosaban y trataban de enloquecerlo mientras una terrorífica bocina de tren atronaba como si celebrara la victoria de aquellas presencias que una vez fueron personas, aquellos ecos oscuros de un pasado cruel eternamente condenadas a odiar todo lo que implicara vida.

A la mañana siguiente dejó de llover repentinamente. La noticia de la muerte de Harper no tardó en conocerse en el pueblo, ni siquiera el habitual grupo del vino tenía ganas de bromas aquel día, ya que a pesar de que se dijera que había fallecido debido a un fallo cardíaco, todos sabían en cierto modo que se trataba de algo más.

También Tea lloró impotente la pérdida de su amigo, lamentándose por no haber sido más convincente a la hora de persuadirlo de no ir a ese nefasto apeadero.

El buen tiempo duró mucho, tanto que casi parecía haberse olvidado la lluvia del pequeño pueblo, pero unos meses después el cielo comenzó a cubrirse de negras nubes nuevamente que no tardaron en descargar, regando las polvorientas calles y los sucios edificios.

Tea trataba de conciliar el sueño sin demasiado éxito en la pequeña entrada cubierta de la ferretería donde el dueño le permitía pasar las noches cuando escuchó unos pasos acercándose a ella, unos pasos que le resultaban vagamente familiares, pero que no lograba a asociar con nadie de momento.

– ¿Quién anda ahí? – preguntó temerosa, pero no hubo respuesta alguna –. ¿Har… Harper? – preguntó intuyendo de algún modo la imposible presencia de su viejo amigo.

Pero aquellos pasos desaparecieron pocos segundos más tarde, aunque la mujer comprobó como, junto a la bolsa que usaba a modo de almohada, aquel extraño había dejado algo, una especie de papel o cartulina, juraría que se trataba de una fotografía por el tacto de su superficie.

Tuvo que esperar en vela hasta la mañana siguiente, y cuando el dueño del negocio llegaba dispuesto a abrir sus puertas la vagabunda le preguntaba con voz temblorosa que era aquello que alguien había depositado junto a su lecho la pasada noche.

– Se trata de una fotografía, en efecto – le confirmó –. Y juraría que en ella aparece ese tipo que murió en el apeadero hace meses, pero bastante más joven y junto a una mujer y dos niños pequeños.

– ¿Hay algo más? – balbuceó la ciega.

– Pues… ¡sí! En la parte trasera de la foto aparece algo escrito: «Tenías razón, nunca vayas al apeadero».