Más parecían delincuentes que otra cosa, deslizándose a esas horas de la noche con suma celeridad y cautela, atentos por si aparecía alguna patrulla policial que les sorprendiera saltándose el toque de queda establecido durante aquella extraña Navidad azotada por una pandemia de la que aún se sabía muy poco y a la espera de la llegada de una solución en forma de vacuna.

– A ver si nos vamos a perder con el frío que hace – protestó Imogen que se sostenía dificultosamente sobre aquellos largos tacones mientras avanzaba por el andén de aquella carretera solitaria.

– Tampoco es tan grande esto ¿no crees? – lo último que quería era parecer inseguro delante de la chica, y menos aún con el capullo de Derek allí –. Además tenemos la localización que enviaron, no tiene perdida.

– A partir de ahora le llamaremos «GPS» ¿verdad que sí bombón? – el intento de abrazo fue casi automáticamente evadido por ella lo que causó la satisfacción de Marko que no pudo disimular una sonrisa de alivio.

Siempre había estado prendado por la joven, era un secreto a voces y tampoco le importaba demasiado que se supiera, pero no reunía nunca el valor suficiente para dar ese paso, para tratar de que fueran algo más que buenos amigos. Aquella noche estaba especialmente bonita, embutida en aquel elegante y ceñido vestido negro y con el pelo suelto mientras se dirigían a aquella fiesta clandestina en la que él tenía planeado «lanzarse».

– ¿Esa camisa la escogiste tú o tu madre? ¡Mi abuelo tiene una idéntica macho! – estaba claro que no dejaría de molestarlo en toda la noche, era el sucio modo de aquel imbécil de impresionar a Imogen y de camino tratar de ridiculizarlo.

Era muy mala suerte haberse topado con semejante personaje a la salida de la ciudad mientras se dirigían a la cabaña abandonada del claro y el camino se les estaba haciendo muy largo con tan desagradable compañía. Aquel maldito lugar estaba realmente retirado, más de lo que hubiera pensado en un primer momento, llevaban ya cerca de media hora caminando y en dos ocasiones habían tenido que esconderse al escuchar como se acercaba un vehículo policial.

Esperaba que al menos mereciera la pena el esfuerzo, a saber lo que habrían montado allí y qué cantidad de gente habría acudido después de recibir aquella invitación que, al parecer, había corrido como la pólvora por redes sociales y aplicaciones de mensajería. Y era lógico, después de tanto tiempo sin salir la gente estaba como loca por una buena juerga, cualquier excusa era buena para tomarse unas copas y dejarse llevar por un rato, olvidándose de toda aquella agobiante situación que vivían.

– ¡La pasma otra vez chicos! – apenas tuvieron tiempo de ocultarse tras la maleza que crecía a pocos metros de la carretera después de que Imogen se percatara de que se acercaba otro coche patrulla.

Mientras aguardaban pacientemente a que el sonido del motor se fuera alejando su mirada se cruzó con la de la chica que le sonrió pasando con dulzura la mano por el pelo de Marko y consiguiendo de camino que un estremecimiento recorriera su cuerpo.

– ¡Joder! Que en serio se toman su trabajo estos tipos – exclamó fastidiado Derek –. ¿No hay otros delincuentes más peligrosos que nosotros a los que buscar?

Por una vez estaba de acuerdo, le agobiaba esa tensión y mirando el móvil pensó en una alternativa que, al menos, les permitiera acabar con aquel trámite lo antes posible.

– Podríamos cruzar el bosque – propuso –. Estoy observando en el mapa del teléfono y nos quitaríamos la mitad del paseo.

– ¡Déjame ver anda!

– Es cierto, esta carretera da un rodeo tremendo, en línea recta no serían más de diez o quince minutos. Además tampoco tendríamos que estar pendientes de la poli.

– El problema serían tus tacones quizá… – medio se disculpó Marko.

– Soy una mujer de recursos ¿sabes? – le vaciló ella –. Puedo descalzarme cual aventurera y volver a transformarme en princesa justo al llegar a la fiesta.

– Una pseudocenicienta del siglo XXI ¿no? – espetó Derek haciéndose el ocurrente.

– Ni mucho menos listillo, yo soy más bien su némesis: es a las doce de la noche cuando empieza lo bueno para mí.

Sin dejar pasar más tiempo activó la localización en su dispositivo y se adentraron en el corazón de aquella extensión de álamos que lucían totalmente pelados, aún a la espera de la llegada de una aún lejana primavera que les hiciera recuperar de nuevo su verdoso esplendor. El sonido del crujir del manto de hojas secas que alfombraba el suelo los acompañaba a cada paso de su improvisada travesía, dejando de divisar la carretera un par de minutos después.

Aunque ninguno lo reconoció los tres sintieron la misma sensación mientras cruzaban aquel inhóspito lugar, la de sentirse observados, vigilados, pero probablemente se tratara tan solo de aquel sitio, de aquellas horas de oscuridad y, sobre todo, de lo poco acostumbrado que se está por lo general hoy en día a estar en contacto directo con la naturaleza.

– ¿Cuánto falta? – Derek no pudo ocultar un creciente nerviosismo –. Prefiero beberme una cerveza a soportar más tiempo vuestros caretos.

– Estamos más o menos a mitad de camino diría yo.

– ¿Diría yo?

– La localización vía satélite no es del todo efectiva aquí, supongo que por estar lejos de caminos y carreteras – sin dejar de mirar su móvil Marko trataba de tranquilizar a sus acompañantes –. De todas formas no debemos estar lejos.

Inconscientemente aceleraron la marcha, ahora todo parecían ruidos extraños y sombras caprichosas que no ayudaban a mejorar el creciente desasosiego que experimentaban conforme se adentraban más en el bosque. Resulta curioso lo que un lugar desconocido y algo de penumbra puede provocar en la mayoría de nosotros.

– ¡Ay!

– ¿Estás bien Imogen?

– Sí, creo que me ha caído algún fruto o algo parecido en la cabeza.

– ¿Fruto? ¿Has visto lo secos que están estos gigantes de madera «cenicienta oscura»? – se burló Derek –. Como no sea una cagada de murciélago…

Antes de que acabara la frase también él recibió un pequeño impacto en su brazo provocando las risas de sus compañeros de viaje y su indignación. El chico se agachó y acertó a recoger del suelo lo que parecía una pequeña piedra.

– ¿Pero qué cojones…? – sus palabras se apagaron de repente cuando comenzó a caer una lluvia de pequeñas piedras.

Todavía sorprendidos por lo que estaban experimentando comenzaron a correr tratando inútilmente de resguardarse bajos sus chaquetas de aquellos proyectiles lanzados desde quién sabe dónde. Resultaba casi imposible vislumbrar algo entre la negrura de las ramas pero Marko creyó distinguir unas pequeñas sombras deslizarse por las más gruesas de ellas con rapidez.

Tan precipitada fue la huida que perdieron a Derek de vista y no parecía la mejor de las ideas llamar a aquel estúpido a gritos y delatar su posición. Además, por si no fuera suficiente, Imogen parecía estar sufriendo un ataque de ansiedad, debiendo detenerse cuando encontraron un árbol con un hueco lo bastante grande como para poder guarecerse mientras se calmaba.

– Esto… Esto es… Esto es una locura – susurró casi sin aire.

– Trataremos de salir del bosque, eso es lo único importante ahora – trató de reconfortarla el joven –. Después ya habrá tiempo de pensar qué está pasando aquí.

Marko trató de escuchar mientras permanecían al amparo de la corteza de aquel árbol y creyó distinguir unos murmullos ininteligibles a cierta distancia, pero por suerte no parecían acercarse lo que les daría más tiempo para que su amiga pudiera recuperar la compostura y retomar la huida.

Por desgracia un grito desgarrador que heló sus corazones urgió de nuevo a la pareja a ponerse en pie y alejarse de aquel peligro que parecía ceñirse sobre ellos. Era difícil decir si era la garganta de Derek la que había proferido tan terrible alarido pero tampoco importaba demasiado, el efecto hubiera sido el mismo fuera quien fuera la persona que emitiera tal lamento.

A duras penas trataba de avanzar tirando como podía de Imogen que no terminaba de salir del estado de shock que conseguía lastrarlos, que ralentizaba su marcha, provocando que, a sus espaldas, el sonido de una multitud de pasos se sintiera cada vez más próximo. Los habían descubierto nuevamente y no quería mirar atrás por temor a quedar medio paralizado también él al contemplar lo que se les venía encima, poniendo todo su empeño en seguir con su desesperada escapada.

Decidió cambiar bruscamente la dirección de su huida, tratando así de despistar a sus perseguidores y, al parecer, lo lograron ya que progresivamente los sonidos parecieron alejarse de ellos. Aún así siguieron avanzando, intentando salir de aquel maldito bosque de una vez por todas y conseguir ayuda.

– Necesito parar un poco Marko, tengo los pies destrozados.

Se valieron de un desnivel en el terreno que les ofrecía un buen asilo para detenerse por un instante. El chico se sintió algo culpable al ver como ella tenía las medias hechas jirones, con los pies completamente ensangrentados después de la precipitada carrera a la que se habían visto obligados.

No pudo evitar pensar que, incluso en una situación tan nefasta como la que estaban viviendo, le resultaba tan increíblemente bonita que le insuflaba fuerza y esperanza para seguir adelante. Aprovechó también para coger el teléfono, en realidad era la mejor manera de tratar de pedir auxilio, pero la velocidad a la que se había desarrollado todo impidió que pensara en esa posibilidad antes. Lamentablemente parecía haber perdido la cobertura, lo que les abocaba a reanudar la marcha pasado un rato si querían salir enteros de todo aquel infierno.

– ¡Hey! – le dijo con tono dulce mientras le cogía la suave mano –. Te aseguro que todo saldrá bien – ella le sonrió mientras una lágrima se desplazaba a toda prisa por su pálida mejilla.

– ¡Buuuuuuuuuuu! – aquella aguda voz rompió el encanto del momento.

Al dirigir sus miradas hacia el frente pudieron ver como una figura encapuchada y extremadamente pequeña empuñaba un rifle que resultaba casi de su mismo tamaño, apuntando hacia Marko y sin que tuvieran oportunidad de ver su rostro.

Notaba claramente como la mano de Imogen temblaba sin parar, y no conseguía apartar su vista del cañón del arma, sin mover un solo músculo, tratando de que ninguno de sus movimientos provocara que aquel loco apretara el gatillo y acabara con su vida. Tras unos instantes empezaron a aparecer más encapuchados, todos anormalmente bajos para ser adultos, que se iban posicionando al lado del portador del fusil.

Algunos portaban cuchillos, también algún arma más pudieron ver, otros tantos arrastraban sacos llenos de piedras, pero en lo que todos coincidían era en esas capuchas negras que ocultaban sus rostros.

– ¿Por qué hacéis…? – comenzaba infructuosamente a decir Marko cuando el disparo le reventó por completo la cara matándolo en el acto y dejando su frase incompleta para siempre.

Imogen no pudo gritar, ni siquiera moverse, parecía privada de toda emoción o sensación después de comprobar lo que acaba de ocurrir. Aún sostenía la mano del chico cuando este se derrumbaba ya carente de vida y algunos de los encapuchados desvelaban sus rostros al ir a felicitar al «afortunado» que había conseguido dar muerte a su presa.

Niños, una multitud de niños y niñas de menos de diez años todos, esos eran los autores de ese asedio, de esa persecución, de esa carnicería, unos simples niños. ¿Cómo era posible que aquello estuviera ocurriendo? No entendía nada, esos críos deberían estar en casa viendo la televisión, jugando, estudiando o haciendo cualquiera de las jodidas cosas que suelen hacer los niños de esas edades, cualquiera menos vaciarle los sesos a una persona de un tiro.

No pudo evitar vomitar al observar el amasijo de carne y hueso en que se había convertido lo que antes había sido la cara de su amigo mientras aquellos pequeños asesinos continuaban celebrando la ejecución. Más por instinto que por voluntad comenzó a alejarse de allí, a duras penas y sin que aquellos demonios la siguieran, quién sabe por qué razón.

Imposible sería decir el tiempo que estuvo arrastrando sus entumecidos y doloridos pies hasta que finalmente llegó a un claro del bosque, en el centro del mismo se erguía una vieja cabaña abandonada, la misma en la que, en un mundo perfecto, deberían haber pasado esa noche bebiendo algo y pasándolo bien al ritmo de las últimas canciones de moda, aquella en la que habían sido citados el día anterior para una fiesta que prometía ser grandiosa.

Fueron varías la razones que, ahora sí, la hicieron llorar y gritar de un modo que nunca había hecho: la desesperación, el miedo, el cansancio y la impotencia eran algunas de ellas, pero si había una que predominara en aquel preciso instante era el odio, un profundo e intenso odio, y no tanto hacia los niños que le habían hecho vivir una verdadera pesadilla aquella noche, si no hacia los graciosos que habían dibujado con spray un enorme graffiti en todo el lateral de aquel edificio de madera.

En el mismo se podía distinguir a un personaje que lloraba desesperado mientras otras muchas personas reían a su alrededor señalándole con el dedo, y debajo de todo ello una inscripción en grandes y llamativas letras doradas:

«¡FIESTA DE LOS PARDILLOS, 28 DE DICIEMBRE… ¡¡¡INOCENTES!!!»

Fue el pavor lo que postergó ese odio cuando a su espalda pudo escuchar multitud de voces infantiles que se acercaban y es que, al parecer, la caza aún no había finalizado.