Bien resultaba cierto que el barrio había «degenerado» en los últimos años a raíz del cierre de algunas de las fábricas, y es que fueron éstas el verdadero pulmón económico de la población de la ciudad. Lejos quedaba ya la época de bonanza en la que se podían observar lujosos coches por sus calles, los más reconocidos artistas en sus locales y teatros e incluso disfrutar en el estadio municipal de uno de los equipos punteros de la liga nacional, todo un orgullo para sus habitantes.

Sin embargo las nuevas normativas ecológicas y una evidente avaricia llevó a muchos propietarios a buscar nuevos horizontes en los que implantar sus instalaciones persiguiendo con ello una mayor permisividad en la emisión de residuos a la vez que una mano de obra infinitamente menos costosa.

– ¿Y qué podemos hacer si no hay trabajo? ¿Morirnos? – se lamentaba uno de los muchos trabajadores ahora desempleados en un programa televisivo dedicado a la precaria situación que ahora se vivía allí.

– Pero ¿no le preocupa el elevado índice de criminalidad? – preguntaba la periodista de un modo algo insolente –. ¿Se ha planteado usted mudarse a otro lugar quizá?

– Señorita, lo poco que tengo que es mi casa está aquí, y a la mayoría de gente le sucede lo mismo – la mirada de aquel hombre resultaba verdaderamente desoladora.

– Nunca es tarde para empezar de nuevo dicen… – la poca empatía de la joven reportera no parecía tener fin y tal vez fuera precisamente por ello que no hubo más réplica por parte del entrevistado.

Mientras almorzaba un plato de arroz cocido con habichuelas por tercera vez en lo que iba de semana Blake no podía evitar sentir una mezcla de pena y odio. Como el hombre del reportaje él también había trabajado durante casi toda su vida en las fábricas, con la salvedad de que ya le quedaban pocos años para jubilarse cuando su empresa cerró, lo que le dio derecho a una pequeña pensión que, junto a los pocos ahorros que había conseguido mantener, le permitían al menos tener algo que llevarse a la boca y pagar las facturas, un «lujo» que lamentablemente no muchos de sus vecinos podían permitirse.

– ¡Jodidos sensacionalistas! Solo les importa la audiencia, el espectáculo – farfullaba al televisor –. No queremos la condescendencia de nadie, tan solo una oportunidad de seguir trabajando, de seguir viviendo…

Acababa de entrar en su sexta década de vida y los achaques empezaban a hacerse cada vez más notables por mucho que los negara a los demás y a sí mismo. Tras varias tortuosos intentos de relación en su juventud finalmente escogió la soledad como pareja y así seguía, habitando una pequeña casita con un minúsculo jardín lleno de hierbajos en una de los barrios más deprimidos.

Siempre había sido un idealista, lo que a veces le llevaba a frustrarse más de lo que desearía con según que acontecimientos. Solía salir a caminar cada tarde, antes del atardecer, era su peculiar manera de seguir en contacto con los demás, enterarse de cómo les iba, si necesitaban algo.

En muchas ocasiones había prestado su ayuda desinteresada a quién lo necesitaba, y otras tantas habían sido sus convecinos los que le sorprendían con algún que otro detalle en muestra de agradecimiento por esa predisposición tan propia en él de tender siempre su mano. Pero tampoco era tan estúpido como para no darse cuenta de que cada vez eran menos las personas de las que uno se podía fiar, esas desapariciones que estaban en boca de todos eran un claro ejemplo de ello.

– ¡Hey cascarrabias! – el grito provenía de la casa de los Hartford.

– ¿Qué demonios haces ahí dentro? ¿Lo sabe Harry o debería llamar a la policía? – preguntó a aquel risueño joven encaramado a una escalera y con una brocha en la mano.

– Como si la pasma viniera por aquí a menudo, ya nos gustaría que así fuera – el humor del chico le resultaba un soplo de aire fresco a Blake en medio de la desolación reinante entre el resto de gente –. Además seré yo el que los llame si el señor Hartford no me paga una vez que haya terminado de pintar su casa.

Aquel chico se llamaba Rashaad y tenía mucho mérito, debiendo ganar dinero de un modo u otro para él y sus padres, ambos impedidos. No era un secreto que, en ocasiones, había tenido que valerse de lo ajeno para mantener a su familia pero, a pesar de ello, nunca le había parecido un mal muchacho.

Continuó su paseo decidido a llegar a la zona más alejada del barrio, más concretamente a una destartalada autocaravana que llevaba una eternidad apostada en el aquel mismo lugar. Le preocupaba que algo le hubiera sucedido a Ned, llevaba un par de días sin verlo al pasar por el parque y eso era algo sumamente extraño en aquel grandullón.

– ¡Zeñor Blake! – le recibió esa peculiar voz, tan grave y a la vez inocente, proveniente del terreno frente al inmóvil vehículo –. No zabe lo que me alegro de verle.

– Ya pensaba que habías arreglado ese cacharro y estabas en alguna playa paradisíaca.

– ¡Ja, ja, ja!¡Una playa! ¡Me encanta la playa aunque no zepa nadar! – el hombre envidió por un instante la facilidad para ilusionarse de tan gigantesco personaje –. ¿Qué zignifica paradiziaca?

– Que no se parece en nada a nuestra cuidad diría yo.

Ned era una persona especial, su madre ejerció la prostitución durante toda su vida y nunca supo, o si lo supo no quiso decirlo, quién era el padre del chico. Prescindió de revisiones médicas durante el embarazo, y tampoco quiso que nadie la atendiera en el parto, por lo que lo tuvo ella sola en el interior de aquella misma caravana que ahora tenían enfrente.

Por desgracia el bebé vino con ciertas complicaciones que, a pesar de las atenciones que recibió posteriormente tras la insistencia de los vecinos a la mujer al notar los problemas del neonato, no evitaron los evidentes problemas mentales que ahora hacían que poseyera la mentalidad de un chaval de diez años a pesar de contar con más del triple de esa edad.

– ¿Estás comiendo bien? Recuerda lo que te dije de perder esa estatura y quedarte muy pequeño.

– ¡Ja, ja, ja! ¡! La mujer de loz gatoz me ha dado mucho pan y mantequilla!

– Ya te he dicho mil veces que se llama Sharon, y se preocupa mucho por ti, como todos – le explicaba mientras golpeaba amigablemente aquel descomunal brazo –. De todos modos debes intentar comer cosas distintas, no solo pan con mantequilla o crema de cacahuete.

– ¿Por qué no ze puede? – preguntó extrañado mirando expectante a Blake.

– No es sano para el cuerpo, ¡se te caería a cachos! – le bromeó provocando nuevamente su risa.

Me quedé mucho más tranquilo al comprobar que nada malo le había sucedido a Ned. Como decía el pastor Johnson «Dios es muy sabio y ha dotado a esta criatura de una fortaleza física y un tamaño que compensan su déficit intelectual para que pueda así subsistir en este mundo», pero aún así no parecía probable que sin la ayuda del vecindario hubiera logrado salido adelante por su cuenta, puesto que hacía años ya que la madre se largó en busca de una nueva vida en la que su vástago no estaba invitado.

Zeñor Blake, ¿cómo ze llamaba eze caballo con alaz que me dijo?

– Ese era Pegaso – sonrió el hombre –. ¿Te gustó la historia eh?

– ¡Ja, ja ja! ¡Claro que zí! ¡Pegazo! – se entusiasmó de nuevo Ned –. Ademáz , ¿zabe una coza? ¡Yo lo he vizto!

– ¿Ah sí? ¿Y cuándo fue eso?

– Fue ayer, – respondió después de unos instantes en los que pareció pensativo.

Tras celebrar su gran suerte por haber tenido tan mitológico avistamiento y advertirle varias veces que tuviera cuidado con los desconocidos Blake se despidió de su amigo y emprendió el camino de vuelta a casa.

Sumaban ya siete desapariciones en el barrio, y no podía ser una casualidad. Cierto era que la primera persona en esfumarse fue un chico problemático con fuertes adicciones y una conducta un tanto autodestructiva, lo que llevó a todos a pensar, por muy triste que sea reconocerlo, que tampoco resultaba tan extraño que de repente no se supiera nada de él.

Pero ya eran muchas y muy distintas las personas que parecían haberse evaporado por arte de magia, y tampoco se percibía que las autoridades se tomaran muy en serio la investigación para tratar de esclarecer los hechos.

– Estamos poniendo todo nuestro empeño en la resolución de estos casos – aclaraba finalmente en una rueda de prensa el comisario del distrito tras reiteradas protestas por parte de la asociación vecinal de la que Blake también formaba parte –. Pero sinceramente, pensar que tienen un nexo común entre ellos es más propio de una truculenta novela de suspense que del mundo real. Es una lástima decirlo, pero en zonas con profundos problemas sociales y económicos como ésta que hoy nos ocupa, son bastantes habituales incidencias de este tipo.

Le revolvía las tripas aquel personaje y que denominara «incidencias» a algo que, sin duda alguna, debía ser algo más. Hacía mucho tiempo que había dejado de creer en las casualidades, algo debía haber detrás de todo aquello, pero no podía imaginar qué. ¿Quién coño querría raptar a gente tan humilde? ¿Con qué motivación? Económica indudablemente no, aquellas personas no tenían casi ni donde caerse muertas.

Sumido en estas preocupaciones y con el sol descendiendo por un cielo que había adoptado unos preciosos tonos violáceos el hombre llegó finalmente a casa donde tardó poco tiempo en meterse en la cama esperando que el sueño lo evadiera de tan negro panorama al menos durante unas cuantas horas.

Fue ese desagradable dolor el que lo sacó de su letargo a primera hora de la mañana. Probablemente se debía a una mala postura, pero ya eran muchas ocasiones en las que sufría tan molesta sensación en la pierna derecha que le dificultaba a la hora de caminar o hacer ciertos movimientos.

Tras apurar las últimas gotas de zumo de naranja directamente de la botella se calzó sus zapatos y se dispuso a salir a la calle con la intención de estirarse un poco y comprobar si así remitía en parte ese desagradable pinchazo aunque mientras caminaba fue notando como, al contrario de lo que imaginaba, se hizo si cabe un poco más severo obligándolo a volver a casa donde trató de distraerse echando un vistazo a la «caja tonta» como de costumbre.

Ya bien entrada la tarde notó como su dolencia había remitido parcialmente al iniciar su habitual caminata, aunque aún permanecía allí fastidiándolo en silencio. La gente parecía un tanto alterada, pero quizá se tratara tan solo de una impresión suya, dicen que cuando uno se hace mayor suele verlo todo desde un punto de vista un tanto más pesimista, y en su caso la verdad es que solía ser así, y a pesar de que era algo que intentaba corregir no le resultaba nada sencillo, cayendo casi siempre en ese incómodo fatalismo que tan bien encajaba con aquel ambiente.

Al observar los dos coches de policía ya sí que tuvo la seguridad de que se trataba de algo más que una simple intuición, estaban justo frente a la casa de los Sanders y los agentes hablaban con Stefon, el padre de Rashaad. El hombre parecía abatido y gesticulaba mientras los agentes trataban de tranquilizarlo sin demasiado éxito.

– ¡Si se tratara de un chico blanco seguro que movilizarían a decenas de unidades! – recriminaba el señor Sanders sin poder evitar los sollozos –. ¿Quién diablos nos cuida a nosotros, quién cuida de mi hijo?

– Cálmese caballero, estamos poniendo todo de nuestra parte – el tono calmado con el que le contestaban no parecía surtir ningún efecto –. Además aún ha pasado poco tiempo, quizá sea tan solo una falsa alarma y esté de vuelta pronto. La gente joven…

– ¡Conozco a mi Rashaad! ¡Nunca nos dejaría solos por la noche, algo le ha debido suceder a mi hijo!

Otra desaparición más pero ¿cómo era posible? Solo habían pasado unas horas desde que habló con el chaval y ahora se investigaba su injustificada ausencia. Sabiendo de antemano que sacaría poca o ninguna información de los siempre impermeables agentes prefirió preguntar a un par de críos cargados de papeles que también observaban la escena.

– ¿Sabéis que ha pasado aquí?

– Ayer Rashaad no volvió a casa con sus padres – contestaron al unísono –. Seguro que lo han secuestrado para sacarles los órganos.

– ¿Los órganos? ¿Quién os mete esas ideas en la cabeza?

– Eso dice mi hermano – se justificó uno de ellos –. Raptan a la gente para vender su corazón, sus pulmones su híjado

– Se dice «hígado» y tu hermano ha visto demasiadas películas de terror diría yo – les explicó Blake mientras ellos se encogían de hombros.

– ¿Y esos papeles?

– Son fotos por si alguien le ha visto y puede ayudar a que se le encuentre – argumentó el que parecía mayor.

– ¡Vamos a empapelar todo el barrio! – se vanagloriaba el pequeño mientras sonreía de manera cómplice.

Pocos minutos después ya estaba en el terreno donde Ned parecía afanado en una bicicleta de color amarillo, tanto que ni siquiera se había percatado de la presencia de Blake.

– ¡Hey campeón!

– ¡Ah! ¡Zeñor Blake! – se asustó en un primero momento –. No le había oído llegar. ¡Ja, ja, ja!

– ¿Qué estás haciendo Ned?

– Quiero dezmontar ezta bici.

A pesar de sus intenciones no parecía lograr su objetivo ya que, salvo el timbre y el sillín, el resto de componentes parecían estar aún en su sitio.

– Dicen que es más divertido crear que destruir ¿sabes? – le comentó mientras lo miraba a los ojos –. ¿Por qué te gustaría despiezarla?

– No lo – se limitó a decir –. A vecez me gusta dezcomponer laz cozaz.

Durante unos instantes observó en silencio los vanos esfuerzos de Ned al tratar de separar la rueda trasera y con la mente puesta en la desaparición de aquel chico. Tal vez sería buena idea llevar al grandullón a casa, al menos hasta que toda aquella maldita situación se hubiera calmado.

– Por cierto colega, ¿qué tal si te vinieras a hacerme compañía un tiempo? – dejó caer –. Me vendría bien alguien con quien discutir las mejoras jugadas del partido de los Ravens.

– Eh… – el grandullón no parecía muy convencido.

– No te preocupes, sería solo algo temporal – lo tranquilizó Blake –. Ha desaparecido Rashaad también, ¿lo conoces verdad?

– ¿Ez el chico de loz chiztez?

– En efecto, ese mismo.

– ¡Yo lo he vizto!

– ¿Cuándo? – preguntó visiblemente sorprendido el hombre.

– ¡Puez ayer! ¡Ja, ja ja!

Se sintió un auténtico gilipollas y no pudo evitar imaginar al chico montado sobre el blanco caballo alado que también había «visto» Ned el día anterior. No quiso insistirle más acerca de la idea de que fuera con él ya que sabía que resultaba bastante terco cuando no quería hacer algo siendo contraproducente en esos casos tratar de forzarlo para que cambiara de opinión, sin duda sería mejor tratar el tema al día siguiente de algún otro modo para conseguir que accediera, ya se le ocurriría algo.

Al parecer se le había hecho algo más tarde de lo normal ya que casi había anochecido del todo al pasar de nuevo por la vivienda de los Sanders mientras volvía, ahora estaba todo tranquilo y despejado, como si no hubiera pasado nada, como si hubiera sido tan solo un mal sueño, pero por desgracia era algo más que eso.

Comprobó al pasar al lado de uno de los escuálidos árboles cercanos que los chavales habían cumplido con su promesa al ver clavada al tronco con una chincheta una foto de Rashaad con una amplia sonrisa en el rostro mientras montaba una bicicleta. Al pie de la misma se podía leer en llamativas letras mayúsculas el mensaje «¿ME CONOCES? ¡ENTONCES LLAMA» y un poco más abajo un par de números de teléfono.

Ya emprendía de nuevo el retorno a casa cuando volvió sobre sus pasos y observó con más detenimiento la fotografía, y en especial esa bici de color amarillo que le había parecido extrañamente familiar. O mucho le engañaban sus experimentados ojos o se trataba de la misma que un rato antes aguardaba a ser destrozada por Ned.

Sin dudarlo ni un segundo se puso en marcha lo más velozmente que su dolorida pierna le permitía, debía averiguar dónde la había encontrado aquel buenazo simplón ya que podría ser clave a la hora de saber qué había sucedido con Rashaad, no había tiempo que perder.

Todo estaba realmente oscuro cuando llegó de nuevo. No había rastro de su amigo y tampoco contestó nadie tras golpear reiteradamente la puerta de la autocaravana. Del mejor modo que pudo Blake se encaramó para tratar de observar el interior del vehículo, pero las tupidas cortinas colocadas al otro lado impedían que se pudiera distinguir nada. ¿Dónde coño estaría a aquellas horas? No era nada normal, esperaba que no le hubiera sucedido nada a tan noble e inocentón tipo.

– ¡Zeñor Blake! – tronó una voz a su espalda –. Otra vez me ha dado un zuzto de muerte.

– Te aseguro que en esta caso ha sido mutuo Ned, créeme – contestó con el corazón aún en la boca –. ¿Dónde te habías metido? Me tenías preocupado.

Eztaba ummmm… buzcando amigoz.

– ¿Amigos? Ya te expliqué como está la situación, no es momento para estar fuera ¡y menos a estas horas!

Ez verdad. ¡Ja, ja, ja!

Conocía a aquella mole de casi dos metros de altura desde pequeño, lo había visto crecer año tras año, pero tenía cierta sensación ahora que le hacía sentir como si en realidad no supiera nada de aquel hombre apostado como una estatua frente a él entre las sombras proyectadas por una luna casi llena.

– En realidad he vuelto para preguntarte algo Ned – comenzó ante la mirada un tanto vacía del gigante –. ¿De dónde sacaste esa bicicleta amarilla de ahí fuera? ¿Sabes que pertenecía a Rashaad?

, claro – la sinceridad y naturalidad con la que contestó sorprendió un tanto al hombre –. Él me la dio.

– ¿Él te la dio? ¿Cuándo? No, no me lo digas… ¿Ayer verdad?

– ¡Ja, ja, ja! Uzted lo zabe todo zeñor Blake.

– Verás Ned – prosiguió tratando de que su voz sonara lo más seria posible –. Es muy importante que me digas si sabes algo más sobre su paradero, para poder hablar con él.

– ¿Paradero zignifica el zitio donde eztá una perzona? – preguntó dubitativo.

– Justamente eso significa, sí. ¿Sabes tú eso Neddie?

– ¡Ja, ja ja! ¡Claro que ! ¡Eztá ahí dentro! – gritó señalando directamente a la autocaravana.

Resultaría muy complicado describir el aluvión de sensaciones que se acumularon en aquel momento en la persona de Blake, por supuesto el estupor era una de ellas, también había trazos de esperanza, y otras muchas más, algunas de ellas incluso opuestas por extraño que esto pueda resultar. Se dispuso a seguir los pasos de Ned después de que abriera la puerta de entrada y pasaron así ambos al interior de la autocaravana.

Una escena dantesca se mostró ante la incrédula mirada de Blake. La estancia estaba ocupada por varios cuerpos, sin vida ninguno de ellos, y todos pertenecientes a personas conocidas, gente del barrio, la misma gente que había ido desapareciendo al cabo de las últimas semanas. El hedor resultaba putrefacto, casi insoportable, proveniente de la descomposición de los restos más antiguos sin duda.

En efecto allí estaba Rashaad, atado con cuerdas a la pared frontal y con la lengua fuera en una horripilante mueca, también Anne Barrows, de la que solo se veía un pálido y decrépito rostro al estar su cadáver metido en la cama y tapado hasta el cuello por una sábana ensangrentada. Jeremy Stallon en el sofá, Audrey Jenner tras la barra americana, no faltaba ni uno de ellos. Temía desmayarse y luchaba por no hacerlo, tratando por todos los medios de que aquel monstruo no se percatara de su sorpresa, de su miedo, de su asco. Era clave que actuara con normalidad, pues no tenía otra opción de salir de allí y dar cuenta a las autoridades de lo que estaba sucediendo en realidad.

– ¿Recuerda lo que me dijo del pan con mantequilla? – le espetó sin ser consciente del shock del hombre.

– ¿Qué… qué te dije Ned?

– Que zi lo comemoz ziempre ze noz caerá el cuerpo a cachoz.

– Es cierto, eso dije.

– ¡Jimmy debió zamparze muchízima mantequilla! ¡Ja, ja, ja! – soltaba a carcajadas mientras apuntaba a una esquina con su dedo índice.

Esquina en la cual pudo Blake distinguir distintas partes de cuerpos: brazos, un pie aún con la zapatilla puesta e incluso lo que se parecía ser una cabeza que debía haber sido golpeada brutalmente. Su aguante dijo basta entonces y no pudo evitar vomitar tras contemplar tan macabro espectáculo. Quien sabe si de manera consciente o no, pero aquel tipo había estado asesinando a sus vecinos, a aquellos que le ayudaban, simplemente por diversión.

– ¿Eztá uzted bien? – se preocupó acercándose a él –. ¿Le ha zentado algo mal al eztómago?

– ¡No te acerques más a mí desgraciado! – exclamó Blake saliendo a toda prisa del lugar.

Ese jodido dolor le torturaba intensamente mientras corría, no sabía hasta cuando podría seguir, pero la desesperación por lo que había visto pareció darle un plus de resistencia. Sin embargo aquella mole le perseguía con una enorme roca en sus manos mientras le llamaba, y estaba cada vez más cerca.

– ¡Zeñor Blake! ¡No ze vaya! ¡También hay zitio para uzted con nozotroz!

Comprendió que no podría huir de él y, finalmente, decidió abandonarse a su suerte y esperar el golpe de gracia de su deficiente amigo, que no tardó en dejar caer con fuerza la pesada piedra en la base de su cráneo provocándole la muerte de manera instantánea.