– Sonríe – me espetaba mi padre –. Vinimos al mundo por momentos como éste, por noches como ésta.

A pesar de los extraños sonidos provocados por aquel viento incesante y los oscuros pensamientos que me embargaban cuando acudía de nuevo a mi mente la inminente tarea que nos aguardaba a todos nosotros, había una sensación que destacaba entre todas las demás, que parecía presidir esa vorágine de emociones en mi interior, y era la calma, tan profunda e intensa, y quién sabe si provocada por la certeza de conocer exactamente lo que debía hacer y, sobre todo, por qué razón debía hacerlo.

Llegamos un rato antes de que el sol se pusiera por aquella extensa y árida llanura que nos separaba ahora de nuestro hogar, de nuestro poblado, de lo que conocíamos y amábamos. El jefe de la aldea creyó más conveniente acampar cerca del destino de aquel viaje y todavía con la claridad del día, para poder en la medida de lo posible adaptarnos un poco más a lo desconocido, empaparnos de aquella atmósfera enrarecida y que no nos resultara demasiado opresiva o intimidante más tarde, tratar de «fundirnos» en parte con aquello que habíamos venido a destruir.

– Arrancaría gustoso mi propio brazo con tal de silenciarlo, aunque fuera por un solo instante – Zhum era con diferencia el más fornido de los miembros de aquel grupo, pero eso no impedía que aquel viento, que aquella especie de aullidos y sobre todo que aquella sensación de sentirse observados y amenazados le afectara en su por lo general inmutable ánimo.

– La batalla ya ha empezado aunque no lo sepamos aún – dijo el chamán más para sí mismo que para el resto –. No somos bienvenidos a pesar de que nuestra llegada era conocida desde que emprendimos esta campaña.

– No nos quedaremos mucho tiempo, solo el necesario para cumplir lo que las estrellas dictaron – la frase del jefe trataba de subir la moral de todos aunque con no demasiado éxito.

Siete hombres contra algo que no parecía ser de este mundo, contra una pesadilla terrenal que iba reduciendo a cenizas y cadáveres asentamiento tras asentamiento, tanto de tribus amigas como enemigas, consiguiendo que ocurriera lo que hacía innumerables ciclos no ocurría: que las guerras por el territorio entre unos y otros cesaran por miedo a quedar expuestos y vulnerables a aquella oscura y terrorífica amenaza.

Empezó como una leyenda, como un cuento sin mucho fundamento para asustar a los pequeños y que no anduvieran por lugares peligrosos tras la caída del sol, pero poco a poco se tornó en algo irremediablemente real.

Fueron los pueblos de la vertiente oriental del Bosque Eterno los primeros en caer, o eso se decía, pero se trataba de gentes que se relacionaban poco con las demás tribus, ni para comerciar ni para disputarse tierras o riquezas. Vivían tan imbuidos en sí mismos que su desaparición bien podría significar simplemente un traslado de su asentamiento a otro lugar más propicio para ellos.

Pero los rumores se multiplicaban, cada vez con más detalles… Exploradores propios y también de otros grupos relataban las atrocidades que encontraban en sus viajes y temían desplazarse de noche especialmente, ya que durante las horas nocturnas era cuando acontecía lo que se comenzó a llamar «la visita de la bruja».

Las aldeas iban cayendo una tras otra, y la mezcla de estúpido orgullo, antiguas rencillas y miedo a llamar demasiado la atención como para ser el siguiente objetivo, evitó que se pudiera organizar una ofensiva unificada para tratar de repeler primero y aniquilar después aquellos demoníacos ataques. En su lugar solo algunos jefes osaron mandar pequeñas partidas de hombres, todas inútiles a pesar de su indiscutible valía que no evitaba sin embargo que fueran gravemente mermadas o directamente erradicadas sin siquiera llegar a dañar mínimamente a tan oscuros adversarios.

De los supervivientes de esas misiones suicidas y de los pueblos masacrados eran de quienes se había obtenido la poca información que se tenía sobre aquella putrefacta y espantosa figura y las huestes que mandaba. Los ataques eran predominantemente aéreos, perpetrados por una especie de murciélagos, pero con una envergadura de casi un hombre con las alas abiertas, y una boca con solo tres grandes colmillos que formaban una especie de espiral, de trompa, por la que vaciaban a sus víctimas en pocos segundos.

También se hablaba de unos seres inmensos, como grandes masas un tanto informes, sin que se pudiera distinguir ojos algunos en parte alguna de sus enormes cuerpos mayores que la choza más grande del asentamiento. Simplemente se dedicaban a embestir indiscriminadamente, fueran personas, edificaciones o incluso chocando violentamente entre ellos, de cualquier caso arrasaban en poco tiempo todo sembrando el caos y pareciendo imposible detener tan colosal fuerza de choque.

Mientras todo esto ocurría, desde las alturas esa maldita emisaria del infierno observaba el pandemonio con detenimiento, con esa piel gris como la roca, y los ojos de un amarillo fuerte, intenso, sostenida en el aire casi como una deidad sombría que se deleita con el sufrimiento, con el terror y con la desesperación, ordenando no solo a sus espeluznantes tropas, sino también al fuego, al rayo, al viento que parecían obedecer la voluntad de la repugnante bruja.

Por la dirección que tomaban una vez borrado el asentamiento de turno, se localizó la procedencia de esas aberraciones en las Cimas Prohibidas, exactamente en una abertura de la negra roca que formaba la montaña más alta de la cordillera esa que en nuestro pueblo llamábamos «La Muerte Atroz», la misma abertura que teníamos a escasa media hora de ascensión desde el lugar en el que nos encontrábamos apostados.

Ya no quedaba rastro alguno de los rayos solares, y el chamán había comenzado a dibujar con la tinta ritual las runas de protección en nuestros rostros y pechos mientras entonaba lúgubres cantos en una lengua arcaica. Mi mirada permanecía fija en las llamas, tratando de abstraerme de la influencia que aquella maldita pretendía insertar en nuestro corazones a través de todos los medios a su alcance, manipulándonos para que el miedo nos venciera incluso antes de iniciar la batalla.

Zhum y Kantro se colocaron a la vanguardia, ambos habían consumido hongos rayados para que su parte más animal tomara el control y que los espíritus de los antiguos entraran también en ellos guiándolos hacia la victoria con su superior sabiduría. En el medio irían el chamán, el jefe y el capitán de su guardia, y mi padre y yo cerrando la comitiva.

– La luna llena ya contempla nuestro intento, la luna del cazador, tal como está escrito en el firmamento que debe ser, tal como será – aseguró el experimentado sacerdote con una seguridad que parecía total.

– Esta noche nosotros seremos sus demonios – la fiera expresión en la pintada cara del jefe era la señal que esperaban todos para ponerse en movimiento.

Un sentimiento mezcla de horror y ansiedad nos hacía ascender a toda velocidad por el tramo final que nos separaba de la entrada a esa cueva infernal; ya los sonidos, el frío y la sensación de estar vigilados nos importaban poco o nada, simplemente avanzábamos sin más, deseosos de alcanzar aquello, fuera lo que fuera, que el destino nos tenía reservados. Tan solo hubo una pequeña parada más, justo frente a la enorme entrada al abismo que habíamos venido a buscar, un momento especial, de comunión entre nosotros en un momento tan delicado.

– Recordad – trató de recordarnos una última vez el viejo curandero –. Es destruyendo el corazón de ella como rasgaremos la oscuridad con un haz de luz, lo demás son meras distracciones, trucos de esa arpía para someter nuestros cuerpos y nuestras almas, para condenarnos a una eternidad de sufrimiento.

– ¡Aaaaarrrggghhhh! – los enloquecidos gritos de los dos guerreros al frente del grupo nos guiaron con fuerza al interior de la cueva.

Las sombras provocadas por la luz de las dos antorchas que habíamos encendido nada más entrar resultaban escalofriantes, pero no era aquello suficiente como para minar nuestro empeño de seguir avanzando por aquella amplia galería que nos introducía poco a poco en las entrañas de aquella temible montaña.

Todo parecía en calma, demasiado en calma, y eso me ponía muy nervioso, era un poco como los momentos de sosiego que preceden a la tempestad. Esa asquerosa aberración venida del submundo estaba ganando la batalla mental, no cabía duda, pero la guerra no había hecho más que empezar.

Tras unos minutos se percataron de que algo iluminaba más potentemente que el fuego de las antorchas, una especie de fulgor intermitente, rojizo, que se hacía más pronunciado conforme seguían andando, al igual que un zumbido grave que parecía resonar en todos los rincones al compás de la luminosidad impactando bastante al sorprendido grupo.

Sus pasos, cada vez más vacilantes, terminaron de recorrer el pasaje que dio paso a una abertura mucho mayor, una especie de estancia en parte natural, pero también con un componente distinto, maligno, que subyacía en aquel lecho rocoso. La superficie de piedra de las paredes, del techo, parecía de una textura diferente allí, de un color más oscuro, más repugnante, parecía como si la roca «respirara». Mi padre pensó lo mismo, e intentó palpar aquel raro componente.

– ¡No, padre! – pero mi aviso llegó demasiado tarde.

A la vez que su mano rozó esa asquerosa superficie, todos pudimos escuchar una risa que nos congelo la sangre al instante, una risa proveniente de un enorme trono que extrañamente nos había pasado desapercibido hasta el momento. Se erguía más o menos en el centro de la estancia, alto, casi inalcanzable o esa impresión daba, formado por la macabra aglomeración de miles y miles de cráneos y huesos de los desgraciados que habían acabado sus días en tan lúgubre lugar, y sentada sobre ellos la temible silueta de aquella criatura, causante de tanto mal.

– Bienvenidos al infierno…

Aquella luz carmesí y entrecortada que parecía salir del interior de la montaña se hizo entonces mucho más fuerte aún, casi cegadora, y lo que creíamos que eran paredes de piedra empezaron a moverse claramente liberando por todos lados a cientos de esos voraces vampiros, ávidos de secarles, de saciar su sed.

Todos tratamos de protegernos, clavando nuestras espadas en los repulsivos cuerpos de tan abyectas criaturas, solo para comprobar que al acabar con uno de ellos parecían aparecer tres más, sabiendo que no podríamos resistir demasiado tiempo antes de que acabaran con nuestra resistencia.

Sin embargo el jefe y mi padre parecieron pensar lo mismo al unísono, focalizando toda su energía en ascender por el cúmulo de restos y tener la oportunidad de traspasar el corazón vacío de sentimientos de aquel ser. Mientras lo hacían no pude evitar fijarme en la sonrisa maliciosa de aquel demonio con apariencia de mujer, como si supiera de antemano cada movimiento que realizábamos.

Cuando finalmente llegaron a su altura, habiendo dejado a varios de esos seres por el camino, y con brazos y piernas gravemente marcados por sus mordiscos, ella se limitó a coger al jefe por el cuello, irguiéndolo con una sola mano en el aire antes de que ninguno de los dos pudiera reaccionar, y posteriormente, ante su indiferente mirada, ver como comenzaba a arder, a consumirse en unas llamas que parecían nacer de su interior, gritando al sentir un dolor inimaginable para cualquier persona.

Entre risas se dirigió a mi padre mientras las cenizas del jefe caían al suelo, cogiendo su brazo, su espada, y posándola a la altura del corazón, retándole para que acabará con la maldición… pero no podía hacerlo. Temblaba de un modo terrible, imposibilitado de algún modo para atravesar el pecho de aquella bruja, a pesar de que solo tenía que empujar su arma, obligado mediante las desconocidas artes oscuras a empuñar sin embargo la hoja contra su cuello y cortárselo mientras me miraba con una expresión de incredulidad.

Inundado por la ira me dejé llevar por la sed de venganza, redoblando mis esfuerzos por acabar con aquellos seres, queriendo llegar yo también a ella, sin embargo un golpe de uno de los vampiros me arrojó a un rincón de aquel lugar, donde pude comprobar que tenían atados con gruesas cadenas a los enormes seres informes, casi totalmente inmovilizados para que no embistieran allí dentro. Entonces lo vi claro, y comencé a hundir el afilado acero de mi arma en aquellos voluminosos y grasientos cuerpos, una y otra vez, tratando de que reaccionaran.

Tardaron muy poco en comenzar a sacudirse, casi compulsivamente, tratando de liberarse de ese daño que les provocaba, poniendo a prueba la resistencia de los grandes eslabones que les retenían, hasta que finalmente quebraron sus ataduras liberando toda su ciega furia en embestidas contra las paredes de la cueva, creando la confusión que yo necesitaba para quizá tener una oportunidad de saciar mi odio hacia aquella sacerdotisa de la oscuridad.

Lo que me sorprendió, es que en una de aquellas poderosas cargas fracturaron la roca dejando al descubierto lo que, sin duda, era el origen de la luminosidad palpitante del interior de la cueva, de ese sonido sistemático y repetitivo: un gigantesco y fulgurante corazón de un tono escarlata muy intenso, que bombeaba una y otra vez manteniendo vivo todo aquel horror.

En mitad de tan tremendo caos, quién sabe si por casualidad o instinto, mi mirada se cruzó con la del chamán, que trataba de defenderse de un par de aquellos seres que no tenían arrinconado y agotado, y sobraron las palabras para comprenderlo todo.

– ¡Detenedlo! – clamó furiosa aquella bruja a sus numerosas huestes, tan desesperada y sorprendida como probablemente muy pocas veces a lo largo de su maldita existencia se había sentido.

Una miríada de vampiros se dirigieron a toda prisa hacia mí cuando ya me había lanzado a la desesperada introduciendo mi espada con toda la energía que me quedaba en aquel órgano, aquel corazón que compartían la montaña y la bruja, «La Muerte Atroz» en sus diferentes formas.

Cuando todo empezó a temblar derrumbando rápidamente la montaña, y sentí ese estruendoso sonido que parecía salir del mismo centro de la tierra, solo pude sonreír y dirigir mi mirada hacía una fractura en el techo de la cueva a través de la cual podía contemplar la luna llena, sabía que ese era mi destino, terminar allí mi existencia al igual que mi padre, al igual que la bruja, al igual que la montaña, en presencia de la Luna, tal como estaba escrito en los astros…